* YO LES LLAMÉ (por Tyndalos)

uando Meg me dijo que estaban ya ahí, no quise creerla. Yo pensaba que ellos nos iban a dar alguna clase de tregua. Ni soñarlo. Apenas habíamos recogido las sobras de la cena, volvieron a llamar a la puerta. Al principio, con suavidad. Dulcemente: pim-pim-pim. A medida que el tiempo fue transcurriendo, la insistencia se hacía mayor. Afianzamos todas las puertas y ventanas. Seguro: ninguno se podría colar. Meg se encargó de la planta de arriba. Todo estaba en orden, de momento. Yo me quedé con la escopeta de caza entre las piernas, en mi viejo sillón, releyendo el tratado de van Höffen. Pero no se trataba de la clase de lectura más indicada para la ocasión. Ellos arañaban la puerta, lanzaban pequeños gemidos. Nunca cesaban de rondar la casa.

Hacía tres días que se habían llevado al niño. Tres días angustiosos, con el teléfono cortado, lejos del mundo. Todo había sido culpa mía, y ya debería haberme pegado un tiro. Pero debía proteger a la pobre Meg. Curiosamente, ella tampoco se volvió loca cuando descubrió que habían penetrado por la buhardilla de la casa y… descubrió que se lo habían llevado. De repente, el niño no estaba. Unos gritos, unos golpes a la pared. Pero Meg conservaba la entereza como una mujer de hierro. En ningún momento me dijo: “¡Has sido el culpable, tú y tu afición a la Magia Negra!”. Nada de eso. Quizás la falta de recriminaciones tenga que ver con que mi esposa también sabía algo del asunto. Alguna vez la había sorprendido leyendo a hurtadillas el maldito libro. Un texto apolillado que un día compré a un hombrecillo de gafas de aro.

Los encantamientos eran sencillos de aprender, siempre que el lector conociera el latín, y ambos éramos profesores de Lenguas Clásicas. Una vez pronunciados los versos en voz alta y solemne, las entidades, ellos, hacían acto de presencia. Maldita sea. Una vez los hube convocado, pude verlos frente a frente. No resultaban fáciles de describir…

Pensando en ellos, me acordé de la impresión que me daría verlos asomar por la ventana del salón. ¡El salón! ¿Por qué entraba esa claridad? ¡Dios mío! La persiana se levantaba… una mano, una extraña mano de seis dedos alzaba poco a poco la persiana. Y allí estaban ellos otra vez. Con su horrible y único ojo. Aplastaban la nariz, o lo que quiera que fuera aquella terminación en forma de trompa, contra el vidrio. El ojo verdeazulado me miraba…casi con gula, con fruición. Corrí hacia la cinta de la persiana con el objeto de hacerla caer y tapar aquella visión. Inútil. Mientras tanto, Meg gritaba como loca en el piso de arriba. No, Meg no. Estaban asaltándola. Subí las escaleras de dos en dos, casi como volando hacia arriba. Y eso que ya podía percibir los fuertes golpes en la puerta principal: a punto estaban de derribarla.

¡Meg, Meg!

En el umbral del cuarto del niño, no apareció mi mujer. Lo que pude ver fue a esa cosa. Una de ellas: una cabeza ovoide, una especie de trompa rodeada de asquerosos palpos. Y el ojo, siempre el ojo verdeazulado y escrutador.

Aunque carecía de boca visible, creí advertir en el ser una especie de risa burlona. No me lo pensé: dos tiros, con cartucho de caza. Su cabezota ovoide estalló por los aires. Cientos de gusanos amarillentos salieron revoloteando por el espacio. Alguno de los bichos impactó contra mí. Y seguí hacia delante. En el cuarto había muchos más. Estaban devorando a Meg. Y copulando con ella. Ya no me daba tiempo a cargar más cartuchos. Arremetí contra ellos agarrando la escopeta con fuerza, dándoles con la culata en sus blandas cabezotas. Ellos me escupían los gusanos amarillos sin cesar. En realidad creo que su vaga forma humanoide era un simple vehículo para estos pequeños y untuosos nematodos. Ellos vivían como en una colonia dentro de estas entidades. Pero los gusanos era cada vez más. Llenaban todo el suelo de la habitación y, por medio de una acción concertada, iban empujando a Meg hacia la ventana. Querían llevársela también. Traté de impedirlo, pero los gusanos amarillentos se reproducían a una velocidad de vértigo. Y mi pobre esposa ya se encontraba prácticamente descuartizada.

Irrumpieron en la ventana. El vidrio se hizo añicos. Más seres del abismo del espacio y del tiempo llegaron a mi casa. Venían a por mí. Solamente yo quedaba vivo, a su disposición. Arrojé el arma. Caí de rodillas. Me entregué sin más resistencia.

Ahora mi alma se reparte entre los muchos gusanos que, poco a poco, van invadiendo el mundo. Un mundo que ya no es el mío.

Tyndalos

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