* VISIÓN (por Tyndalos)

réanme, caballeros: el país de lo Asombroso es este mismo mundo. Perdido entre los detalles de la vulgaridad, ahí mismo se encuentra.

- ¡Bah! Pamplinas y nada más que pamplinas- repuso el coronel Seward.

Pero Francis hablaba en serio, muy en serio. Y no había bebido un solo trago. Apenas el té y las pastas enviadas por la Srta. Howards flotaban en su estómago. Y no parecían contar con sustancias alucinógenas. No, a juzgar por la sobriedad de los demás comensales.

-Veo en todos Vds. unas caras de manifiesto escepticismo - Francis Beacham perseveraba. Desde luego, se trataba de un joven obstinado.

-Mi querido Beacham - volvió a intervenir el anciano coronel- estoy completamente persuadido de lo siguiente: si Vd. se asomara al balcón que mira al jardín de nuestro amable anfitrión, el Sr. Howards, solamente podría contemplar su césped bien cortado, sus matas de hortensias enormes, el bueno de “Paco”, su perro pachón y…

- ¡Y la Maravilla! - gritó entonces el joven Francis Beacham, casi como un poseso.

El coronel Seward se levantó entonces trabajosamente y, apoyado en su bastón, dio unas cuantas zancadas increíbles en dirección al mencionado balcón.

-Como pueden todos Vds. comprobar, aunque el jardín de nuestro amigo Howards es bonito y bien cuidado, no pasa de ser… - Pero en cuanto Seward miró hacia el exterior su rostro demudó hasta el punto de palidecer como palidece un cadáver, y desencajarse, como lo hacen los rostros de los locos cuando sufren una visión.

 

Seward, Seward!, ¿le ocurre algo? - Era Neemiah Howards, el mismo propietario de aquella casa y de aquel jardín quien hacía la pregunta, verdaderamente alarmado.

 

- ¡Dios, Dios, Dios, Dios Santo…!

Seward no alcanzaba a decir otra cosa.

Y Francis Beacham corrió a su lado, frente al balcón para comprobar si su “teoría” era cierta. O si el coronel había enloquecido. O si él mismo y todos los demás eran unos locos que no querían conocer nada del “país de lo Asombroso”.

Y lo vio.

Vio gente diminuta correr entre los setos y los arriates. Vio figurillas carnosas y burlonas que le saludaban desde el otro lado del cristal. Vio seres cornúpetos no tan risueños, y unas como hadas de mirada terrible y belleza espectral.

 

Vio todo eso y quiso morir.

 

Quiso morir porque siempre había guardado sospechas acerca de todas las bellezas y horrores que se escapan a la mirada convencional, a la percepción prisionera de las rutinas y del “realismo”. Ahora esas sospechas quedaban confirmadas. Él, y Seward y Howards y todos los demás iban a conocer –si quiera por unos instantes- la existencia de un Más Allá de locura, de belleza y de horror. Todo mezclado. Ya nada iba ser igual a partir de entonces. Ya había que ponerse a buscar un sentido a la vida y al cosmos. Un sentido para todo. Como dijo un poeta, en una rosa cabe un mundo, y…

 

Tyndalos

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