* Vinieron (por Tyndalos)

inieron de madrugada. Estaba oscuro, pero ya se intuía la presencia del nuevo día. Las corrientes de aire, algún ruido animal, la presencia casi real de los últimos sueños… Todo lo anunciaba.

 

Me levanté y eché la ojeada acostumbrada por el balcón. El jardín permanecía en su silencio ultraterreno. Los árboles semejaban ser garras de gigante dispuestas a aplastar con energía la casa entera. Y la casa, en efecto, crujía. Sí. De sus muros procedía un sordo quejido y unos profundos latidos de inquietud, de angustia.

 

Bebí del vaso de la mesita. La sed y el agrio sabor de boca me dieron noticia de la mala noche. Una noche que ya era historia. Dudé. No sabía si regresar a la cama o iniciar el nuevo día. Pero en ese entonces fue cuando ellos vinieron.


 

Sus sombras alargadas, el silencio con que acompañaron extrañas y alocadas corrientes de aire, bastaron para indicarme que no eran vivos. Eran espíritus macilentos, mezclas de formas cogidas de aquí y de allá, en modo alguno se trataba de seres definidos. No estaban investidos de naturaleza alguna. Eran voces, eran lamentos y olores. Ya no eran nadie en realidad. Pero efectivamente habían adquirido presencia y entidad suficiente como para entrar en la casa. No a la alcoba, no. Pero sí empezaron a recorrer pasillos y escaleras.

 

Hubo ruidos en la cocina. Cayeron sillas y cacharros. También la puerta del saloncito que da al jardín se abrió de golpe, con violencia.

 

Risas. Pero también lloros de almas concentradas por millares en una sola forma. Hube de cerrar la puerta. Me sentí acosado. Unos nudillos la golpearon. Primero con suavidad. Luego con fuerza y descaro.

 

Tras de todo esto, vi las luces por el jardín. Se iban. El enjambre de luces y formas confusas me dejaba en paz. ¿Qué es lo que querían? ¿A qué su visita? Nunca podré saberlo. Ya no creo en nada ni tengo por seguro un solo dato de mi existencia. Quizá pronto me una a ellos.

 

Tyndalos

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