* VIAJES AL ULTRA-MUNDO (por Tyndalos)

os muertos se limitaban a pasear por las amplias estancias, sin hacer nada, absolutamente nada. No quiero decir que la conversación, el juego, incluso unas raras y estúpidas danzas, no tuvieran lugar entre ellos, pero en cualquier caso yo creo que no sabían nada de lo que ellos mismos estaban haciendo. Lo más terrible era salir a los pasillos: enormes laberintos, estrechos y oscuros, corredores sórdidos que ponían en contacto las enormes estancias de aquella Mansión. Yo procuraba no salir nunca, no cambiar jamás de un sala a otra a no ser que las cosas se pusieran feas y uno de los difuntos sintiera repentinamente…hambre. Bueno, no voy a hablar del hambre de los muertos. El suyo es un instinto imposible de definir. Yo lo denominaría instinto de permanencia. Un difunto ya ha perdido toda conexión con la vida ¿no? La suya es una existencia más apagada, un simulacro de vida. Pero hay que dejar atrás toda vida y toda esperanza en esta Mansión.

Me tumbé en el suelo. Los muertos pasaban por encima de mi cabeza, de mi vientre. Como si yo fuera uno de ellos. ¿Lo era? Pero uno en concreto, uno de rostro desencajado y con una imagen corporal muy desdibujada se clavó frente a mí y, por medio de puntapiés, me obligó a incorporarme. ¿Qué desea? ¿Le molesto? Pero aquel muerto se encontraba sumido en un estado de letargo, dentro de una fase de embrutecimiento muy profunda. Quería algo que yo guardaba a raudales: sangre. Entonces era cierto. Yo no estaba muerto todavía. Simplemente había realizado un viaje, me encontraba en la Mansión en calidad de invitado. Simplemente eso, un invitado que aún desconoce el día en que le permitirán retornar. El difunto hizo una llamada a sus colegas. Una masa, una verdadera barahúnda de muertos enloquecidos me rodearon, con aullidos propios de ménades y bacantes, de bestias hambrientas. Eso fue lo que se formó: un conato de banquete. Y todos se arremolinaron en torno a mi cuerpo. No sé como lo logré, pero me escabullí entre sus piernas y emprendí la carrera hacia los pasillos. Pronto me hallé en los pasillos que siempre había procurado evitar. Allí había más difuntos, apenas unos espectros desdibujados, vagabundos de la Muerte que van de estancia en estancia tratando de recuperar su Forma. Pero había por allí cosas mucho más horribles. Luces espectrales, embriones anímicos, monstruos del Más Allá, parásitos de la Mansión, y entidades mucho peores que no quiero, bajo ningún concepto, evocar, pues solo traerlas al recuerdo y a la palabra supone un pecado nefando, un crimen para lo que siempre hemos considerado sagrado: la Vida.

Fragmento del diario del Doctor Andreas J. Polkinner: Viajes al Ultra-Mundo.

Tyndalos

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