* VENERADO DIOS (por Tyndalos)

o es frecuente que un cliente me pida una obra de Rodericus von Höffen. Se trata de un autor casi desconocido, de difícil lectura y mala fama acumulada a lo largo de los siglos. Pero un hombrecillo de gafas de concha y cristales oscuros apareció por la puerta, junto con el tintín de las campanillas que me avisaban de la llegada de los clientes. El tipo en sí era de aspecto insignificante. Un don nadie, diría yo. Todo enlutado y con americana raída, gastada por el tiempo. Debía tratarse de un cura, o de un seminarista “salido”, ya sabes, en el doble sentido del término. Alguien con conocimientos de latín, alguien capaz de tragarse un tostón incomprensible. Aunque existen ejemplares del libro de von Höffen en alto alemán, la versión latina impresa en Gotinga en 1597 es la más conocida. La Inquisición, ya la protestante, ya la romana, casi hizo desaparecer la de por sí escasa tirada de la obra. Pero en secreto algunos ejemplares quedaron enterrados en lo más hondo de los sótanos de castillos de nobles, en las tenduchas de judíos, en fin, en los más insospechados rincones inaccesibles al celo destructor del clero.

Uno de esos libros llegó a mi comercio. Soy librero, y debo confesar que no gusto de obras de alquimia, brujería y ciencias esotéricas. Ese tipo de libros atrae la mala suerte. Ya lo decía mi padre, cuando abrió el negocio y yo era solo un crío. Pero he podido comprobar que, además de la desgracia, acuden a la tienda toda suerte de locos como moscas atraídas por la miel. Mi primera respuesta al hombrecillo fue un no, un no rotundo, un no como una casa. Pero el tipo no me quitó los ojos de encima, tras sus gafas negras. Y acercó peligrosamente su cara a la mía. Qué asco de individuo. Tan poca cosa y tan agresivo, tan…

- Le pagaré bien. Muy bien.

Y entonces sacó su fajo. No sé cuántos billetes de los grandes. Qué se yo. Una barbaridad. Por quitármelo de encima, se lo hubiera regalado. La verdad es que el von Höffen me molestaba entre mis pertenencias. Me causaba inquietud. Miré al fondo. Estábamos solos en la tienda. Aquel montón de dinero…no era oportuno tenerlo a la vista.

- Acompáñeme- le dije.

Y fuimos a la trastienda. Allí, en una caja de caudales guardaba yo mis viejos incunables, las obras raras, todos los libros difíciles de conseguir.

Con un cinismo desacostumbrado en mí, le espeté al hombrecillo:

- Ya lo había olvidado, pero el dinero me hizo recordar…

El polvoriento libro se alzó como volando en mis manos, y en un momento pasó a las de mi enigmático cliente. Parecía encuadernado en piel, con letras grabadas en oro, y un cosido de lo más peculiar. Las hebras parecían retorcidas, como entrañas que hubieran sido extraídas de algún animal momificado. En eso pensaba yo, cuando mi cliente arrojó de golpe su fajo de billetes de quinientos y salió casi corriendo de la trastienda. Pero fue al salir y asomarme al escaparate cuando pude comprobar lo más extraño de todo. El hombrecillo se reunió en un auto con un individuo de raza oriental, un indio o un paquistaní. Este último tipo clavó sus ojos en mí durante un instante, un instante infinito y horrendo. En el fondo de sus negros ojos creí ver la sombra misma del diablo.

El coche arrancó y se hundió en el tráfico denso del Barrio Viejo.

Al regresar a mi casa apenas pude dormir. Más cuando el sueño se había apoderado de mí, unos ojos negros, endiablados, como la negrura eterna que nos aguarda tras la muerte, volvieron a clavarse en mí. El hindú, el extraño compañero de mi cliente me susurraba no sé que maldades al oído.

-Nthlembé, Nthlembé, Niajgr- Cathulhuh-nethlembé.

Desconocía el significado de aquel conjuro, pero de una cosa estaba seguro. El tipo oriental debía ser sacerdote de algún culto extraño y maligno. Y usaba de los sueños para comunicarme algo. Me estaba mostrando, quizá, la puerta de acceso a alguna región desconocida de la experiencia.

Al despertarme, traté de hacer memoria. ¿Dónde había adquirido el libro de von Höffen? En ningún lado. Un paquete postal anónimo, con un remite de la ciudad de Gotinga… ese había sido el motivo de que yo tuviera un ejemplar así en mi tienda. Jamás hubiera empleado un centavo en una obra de brujería, por más valiosa y antigua que fuera su edición.

Sin pensármelo dos veces, tomé una ducha, y un taxi me condujo al aeropuerto. Allí cogí el primer vuelo a Alemania. Tras una escala, llegué a Gotinga por la noche. Rápidamente, me dirigí a las señas indicadas en el envío. Se trataba de un almacén industrial abandonado. Llamé con energía a la puerta. No tenía ni idea de lo que pensaba decirles. Vivía dentro de una obsesión, como enloquecido por la idea de que alguien me hubiera contagiado con sus conjuros. Quizás el hombre oriental con sus palabras enigmáticas lo había logrado. Sí ¡en sueños!

Me abrió la puerta un mayordomo, vestido con riguroso frac. Era un tipo también de piel morena y unos profundos ojos negros: del mismo país, sin duda, que el hombre que me había hablado en sueños. Contrastaban la elegancia de su vestido y sus modales victorianos, con el lugar aquel. Lleno de basura en los rincones, desconchados, telas de araña, cañerías rotas. Pero, extrañamente, en la nave colgaba una lámpara de pedrería, como sacada de un palacio real. Otros mayordomos, de distintas razas, servían champaña en bandejas de plata. Pero era desconcertante ver a los invitados en aquella fiesta. Una chusma semidesnuda, una auténtica hez de la humanidad. Algunos llevaban nada más que unos taparrabos y unas antorchas, como si se prepararan para una ceremonia de salvajes. Otros fornicaban en los rincones o se inyectaban alguna porquería en el brazo. Era insoportable aquella visión. Pero lo más extraño fue observar al anfitrión. Un gordo e inmenso patán, vestido a la manera de Luis XIV, bajó la escalinata seguido de media docena de enanos que tocaban clarines, anunciando a su amo como si fuera un verdadero rey. El personaje me miró con gesto estúpido, y al punto fue flanqueado por el hombrecillo de las gafas negras y el oriental que me hablara en sueños durante la noche. Éstos me reconocieron al instante, y sonrieron.

El gordo, bajo su enorme pelucón rizado, habló con su voz andrógina, aflautada, lasciva y repelente:

- ¡Nthelembé! Cathulu-cathuluooooh. Niajr-Thelembéee…

Y todos se pusieron a reír como hienas y mirarme como si fuera su próximo plato, listo para ser devorado. El anfitrión, el rey grotesco de aquella secta de lunáticos, sacó de su casaca el ejemplar de von Höffen que había guardado yo en mi tienda apenas unas horas atrás. Y recitó con minuciosa exactitud el conjuro, pero con la energía acumulada de muchos otros recitantes.

Y entonces eso apareció. La epifanía de un ser horrible, una especie de molusco ventrudo, un estómago regurgitante con ojos y miles de palpos. Todos se postraron. Yo me postré. Besábamos el suelo humectado por donde él pasaba. Nos entregamos por completo. La magia del dios se hizo presente en nosotros. Dios: él era nuestro más venerado dios.

Yo no he cambiado mucho mi vida. Regresé a mi tienda, donde sigo comerciando con libros viejos.

Pero hay una diferencia.

He visto lo que significa la divinidad.


Tyndalos

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