* UN ROBO (por Tyndalos)

írate a los ojos, delante del espejo. Quizás pienses que siempre te has pertenecido, acaso desde que la naturaleza puso luz en ellos para gozar del don de la vista, desde que puso en tu cerebro dones como la memoria, donde atesoras todos los recuerdos.

 

Ingenuo, crees que siempre has sido el mismo desde que fuiste aquella célula, aquel embrión que, apenas siendo un vegetal, te abrías camino entre los males de la existencia, atrapado por mil redes de las que no obstante formas parte, porque ellas te determinan.

 

Mira en tu interior ¿qué ves sino oscuridad? No hay nada, créeme. No haces sino recorrer alternativas cuando recuerdas tu infancia, o, en general, el tiempo pasado. ¿Hubo un ayer? ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? El pasado no existe. Todos tus puntos de referencia son relativos.

 

Sitúate, si te place. La imaginación es libre. Pero la verdad es que no haces otra cosa que vagar por un océano en el que no hay norte ni sur, y no existe el antes ni el después. Todas ellas son categorías humanas, o sea, baratijas.

 

El mago Rabdomir Badouin lo sabe y por eso se ha vuelto loco. Pero goza de un privilegio. El ha robado las máquinas. Tú ya no las posees. Has perdido la memoria, y sin las máquinas mentales ya no existe la memoria. Hoy ya no es hoy y ese hoy te ha sido alienado. Cada uno de los seres ¿qué es? No es sino la encrucijada de infinitos caminos, como torrentes provisionales que se pierden en mares provisionales. Todo es un trasiego de espejismos. Allá a lo lejos, en el desierto veo a Badouin.

 

Y te veo a ti, y a muchos otros.

No somos nada.

Nos han robado el ser.

 

Tyndalos.

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