* SU NUEVA PIEZA (por Tyndalos)

ue una gran calamidad que me quedara encerrado en el trastero, con la llave puesta por fuera. Al principio di muchos golpes, pero no tardé en darme cuenta de lo inútil que era hacerlo. La urbanización era nueva, y nosotros habíamos sido los primeros en mudarnos. Sally había ido a pasar unos días con su familia. Yo, solo en casa, había decidido bajar a por la caja de cervezas. Y entonces, quizás debido a una corriente de aire, la puerta se cerró. Tres metros por uno y medio. La verdad es que no podía haber un lugar más agobiante para pasar la noche. ¿Cuánto tiempo iba a transcurrir hasta que alguien, un operario, un nuevo vecino, se acercara por aquí? Bien, me dije. En el trastero había cerveza, garrafas de agua. Tampoco faltaban provisiones: cajas de galletas, cereales, botes de comida precocinada. No me iba a morir. Tampoco faltaba el aire. Unas rejillas y dos tubos de respiración garantizaban el recambio del oxígeno. Sí, la verdad es que no debía preocuparme en exceso. Mi mayor riesgo era enloquecer de aburrimiento. Incluso disponía de fluido eléctrico, lámparas de recambio, cajas con libros que aún no habíamos desempaquetado… pues de todo eso se guarda en los trasteros. Al final, Sally acabaría llamándome y no tardaría en volver a casa con el fin de averiguar qué diablos me había pasado.
Así pasaron las horas y yo me armé de paciencia estoica. No se estaba tan mal aquí abajo, después de todo. Hacía frío pero la vieja cazadora de la nieve, por fortuna, también había sido dejada en el trastero, a la espera de una mejor ubicación en los roperos de la casa.
El reloj me mantenía al tanto del paso del tiempo. Era muy tarde ya, y yo procuraba enfrascarme en la lectura, pero ya habían pasado unos minutos en los que un extraño murmullo del exterior me mantenía bastante inquieto. Los trasteros se hallaban en un sótano bajo los bloques de vivienda. A cada vecino le correspondía un cuarto sin ventanas, justamente situado al fondo de cada plaza de garaje. Por lo tanto todos los trasteros se situaban en el garaje de la urbanización. Allí no había otros coches aparcados salvo el mío. El “mini” se lo había llevado Sally. Todo lo demás era un laberinto de calles subterráneas, vacías, en donde las rayas blancas todavía no servían para delimitar los espacios de cada plaza. Nada más había allí abajo. Nadie podía venir a aquellas horas. Pero entonces ¿los murmullos?
Aguzando el oído, creí adivinar que venían de la otra calle paralela a la mía. Pero con el transcurso de la noche se iban acercando. Una especie de cuerpo debió rozar la puerta metálica de mi prisión. Grité. Mas no hubo respuesta. Solamente unos furtivos pasos, un ruidillo como el que unos niños gamberros harían en su inocente afán de hacer una travesura. Di golpes, pero nada. Entonces pensé que quizá no eran personas sino animales los que debían haberse colado por allí. Perros, gatos, qué sabía yo. Pero una cosa era muy evidente: los animales no murmuran. Yo juraba que se trataba de palabras articuladas, pero desde luego no eran de un idioma conocido. Rasgaron de nuevo la pared metálica. Percibí también cómo se las daban de golpes contra mi “mercedes” allí, al otro lado de la puerta, aparcado. Procuré respirar hondo. Debía tranquilizarme. Pero cuando piensa en hacerlo, peor se pone uno. Y eso es justamente lo que me ocurría. Sabía de forma sobrada que las intenciones de aquellos seres no podían ser buenas. De lo contrario hubieran llamado a la puerta, hubieran respondido a mis llamadas. En lugar de eso, comenzaban a hurgar en la cerradura. Unas inquietantes sombras bajo la puerta indicaban que por allí, por la ranura, trataban de insertar sus dedos y explorar el interior, justo como si en vez de dedos humanos tuviesen larguísimas cuerdas exploratorias que cabín por entre las rendijas de la puerta. ¡Y las tenían! Eran azuladas, tirando a verdes. Una de ellas casi llegó a rozar mi muñeca. Qué asco: esos hilillos verdes, de aspecto flagelado, expulsaban una substancia sucia y húmeda, semejante a la que los limacos enfermos dejan en el suelo a su paso. Pedí socorro absurdamente, sabiendo que sólo ellos, precisamente mis enemigos, eran los que podían acudir en mi auxilio. Cuanto más gritaba, más violentamente hurgaban ellos en la puerta y la empujaban con redoblada violencia. Busqué armas en el trastero con las que poder defenderme de un ataque intrusivo. Unas grandes tijeras de podar fue lo más efectivo que pude hallar.
Cuando abrieron por fin la puerta, y dos o tres de ellos entraron abalanzándose sobre mí en su caída, pude comprobar la textura gelatinosa de sus cuerpos. En uno de ellos hundí las tijeras sin provocar en él ningún trastorno apreciable. Unos organismos grandes, invertebrados, dotados de un abdomen proteico y una disposición en cierto modo semejante a la de los cefalópodos. En seguida me metieron en un saco, como haría un entomólogo al cazar una rara mariposa. Era una bolsa de contextura orgánica y con efectos paralizantes sobre el sistema nervioso. Desde entonces fui su presa.

Me llevaron a su mundo. Me exhiben en un museo repleto de cabinas individuales cada una conteniendo ejemplares de lo más diverso traídos por estos mis captores desde los más apartados rincones de todo el universo. Así pasaré el resto de mis días.

Tyndalos

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