* SEIS COLORES (por Manheor)

n color.

—No.

—Démelo.

—No.

—Vamos. ¿A qué ha venido aquí? Sabe que tiene que hacerlo.

—No, no puedo. Pensé que sí pero... Es... Es inútil, no puedo.

—Vamos. Déme el primer color.

—No. No. Es... Azul.

—Precise.

—Una toalla azul con el olor de sus manos, tirada sobre los azulejos de la bañera. Medio doblada en su borde, húmeda... No, no la había comprado conmigo. La tenía desde los dieciséis. Nunca se separaba de ella, en todas partes, la llevaba a todas partes... Se la había regalado alguien.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Algún antiguo novio?

—No. ¡Sí! No lo sé.

—Vamos, es por su bien.

—¡Estaba harto de oír hablar de él sabe! Daniel, se llamaba Daniel. A todas horas. Fue el primero en besarla. Yo... Siempre me contaba ese instante, mirándome a los ojos pero sin verme. Lo, lo odiaba. Lo odiaba. Conocía el rostro y los labios de ese hombre, cómo se habían abierto, lentamente, cuantas líneas había en ellos, a que olía su aliento, las arrugas que se doblaban en su frente al cerrar los ojos ¡Todo! Todo. Siempre, siempre cambie su cara por la mía. Siempre.

—¿Por qué?

—Fue su momento y yo no... Yo no estaba.

—Bien.

—¿Qué?

—Déme otro color.

—¿Por qué? ¿Por... Rojo.

—Rojo.

—Sí. Rojo. Su sangre en un dedo. La primera vez que discutimos. No fue gran cosa, apenas... No quería salir aquella tarde, me encontraba cansado y ¡sí! era cierto, quería... quería fastidiarla ese día, joderle la tarde del sábado porque no me sentía a gusto conmigo mismo ese día.

—¿Por qué?

—Por algún motivo, no lo sé ¿Qué más da? Me había estancado en el trabajo. A ella siempre le fue bien. Era médico, no de consulta. Cirujano. Toda una planta del hospital, la responsable, jefe de cirugía, esas cosas. No sé, yo, yo sólo era un administrativo más. Trabajo en publicidad, pero... Nada creativo. Números de cuenta, balances y beneficios. Después de seis años pierde todo el sentido que tuvo, si alguna vez lo tuvo. Pero ella... Todos los días ¿sabe? Salvando vidas, eso siempre es algo.

—¿Cómo se cortó?

—¿Qué?

—La sangre en su dedo. ¿Cómo se cortó?

—Nada especial... Estaba en la cocina, los nervios y...

—Es importante.

—Bueno a ver... Fue con una lata, una lata de atún creo.

—Es suficiente. Continúe.

—Gris. En el aire, flotando. Cuando fue de voluntaria por un año a Senegal, el médico local Benguele entró una mañana en la sala infantil. Ella estaba operando a una niña muy, muy bonita. Sé que suena a postal, pero... lo era. Preciosa. Había perdido las dos piernas, una mina enterrada en la maleza. Yo... Lloré. Pude aguantar y ayudarla, ya sabes de enfermero, haciendo lo que ella decía, menudas vacaciones de verano. Pero ella, ella era tan fuerte. La puerta se abrió con un golpe. La herida había parado de sangrar, aunque la cara de la niña era aún muy pálida y mis manos estaban rojas y calientes. Seguimos a Benguele y nos perdimos en la llanura con el Jeep. Quería que lo viéramos. Fue. No, no. Fue, terrible, pero es una palabra tan estúpida, tan estúpida para lo que vi. Puse un pie sobre el suelo y cerré la puerta del Land Rover. Avancé detrás de Marta acercándome a las llamas. Las chozas hacía tiempo que se habían apagado, sólo quedaban rescoldos y humo. Pero a la entrada del poblado aún ardían las hogueras. Sin madera. Sin madera, sin...

—Si quiere puede dejarlo ya, pasaremos al siguien...

—Había tres grandes, enormes hogueras. Lo primero que sentí al acercarme al fuego, fue la ceniza en los ojos y en la nariz, ahogándome, las manos se me quedaron blancas. Entonces lo vi, el cráneo pelado de un hombre, negro, tan negro. Las fuerzas del gobierno y los grupos paramilitares se nutrían de estos niños, los obligaban a matar a sus padres y a violar a sus hermanas, después ya eran una pistola más, ya no eran niños. Habían arrasado todo el pueblo, no necesitaban matarlos a todos pero... Es así. Miré a Marta desde el suelo, me había desmayado y vomitado, ella no se movió, pero esos ojos, esos ojos... Café.

—¿Es el cuarto color?

—Sí. El día que nos conocimos. Recuerdo que mucho después aún bromeaba sobre... Estoy seguro que no ha visto nunca coger una cucharilla como la cogía ella, era, era demasiado delicada y elegante. Sólo la tocaba con dos dedos, el índice y el pulgar, por la parte de arriba, la giraba tres veces a la derecha y dos a la izquierda ¡y volvía a empezar! Siempre igual. ¿Se lo puede creer? Era, era muy gracioso. Estábamos bastante tensos los dos, yo llevaba unos meses sin verme con nadie y ella más de un año desde que había dejado a su novio. Sólo habíamos cambiado un par de frases una noche, nos había presentado un amigo, un día en el cine. No recuerdo muy bien la película, no paraba de mirarla de reojo y ella. Ella era muy educada y conseguía aparentar que no se daba cuenta, pero era imposible, me la comía con los ojos. Me sonrío un par de veces. Un cine de barrio, ese fue el día que nos vimos por primera vez, pero no fue hasta después que nos conocimos. Tardamos media hora en ser amigos y una noche en acostarnos juntos, conectamos de verdad, parecía que iba a durar siempre. No siempre lo parece. De verdad lo parecía. Lo parecía... La bufanda. No puedo creerlo. La bufanda. Se la compré el día que cumplimos seis meses juntos. Era horrible, violeta chillón, no, no pude encontrarla más hortera. Recuerdo le caían las lágrimas de la risa. Me la quito de las manos y se acercó al espejo. Es... no sé como conseguía hacerlo pero, solamente moviendo las manos y envolviendo su cuello con la bufanda. Nos desnudamos, pero no se la quitó, hicimos el amor toda la noche. Reímos. Luego recuerdo que tuve un sueño. Estaba en un lago, sólo, al pie de una montaña, en la oscuridad, el sol amaneció por el oeste y las ondas del Lago iban hacia atrás. Vi el reflejo de una silueta en él. Creo que era ella. Luego una nube bajaba del cielo y me envolvía en bruma y el sueño acababa. Recuerdo que desperte con la piel... Aterrado, la agarre con tanta fuerza que se despertó. Me miró a los ojos y no dijo nada pero su mano me acariciaba la espalda. Yo me tumbé sobre su cara, apoyándome en su mejilla y me quedé dormido. No recuerdo que soñé después. No lo recuerdo.

—Ya sólo queda el último.

—El más difícil.

—Pero es el último.

—Blanco, el blanco lacado de la puerta cuando se fue. Me quedé mirándola en silencio no sé, una hora, un año, un minuto. La quería, la quería de verdad y ojalá pudiera odiarla u olvidarla, pero no fue culpa suya, tampoco creo que fuera mía. Son las cosas, sólo las cosas que nos pasan todos los días, hay una mañana en que te levantes y ya no la miras de la misma manera. Pensé que el tiempo sería distinto para nosotros y los dos sabíamos que podíamos seguir así para toda la vida. Pero ella no lo quiso. Fue muy valiente porque yo no sería capaz de marcharme. Fue lo mejor que pudo hacer y no dejo de culparla por hacerlo. No puedo olvidar.

—Ahora podrá.

—¿Pero quiero? ¿De verdad quiero hacerlo?

—Escúcheme, nuestro servicio ofrece sólo resultados totales. Totales. No podrá volver a pensar en ella, no recordará ni su olor, ni su voz, ni siquiera su rostro. Borraremos cualquier registro suyo en su memoria. Pero debe estar completamente seguro. El proceso es irreversible, no hay vuelta atrás. La única pregunta que importa es ¿Desea usted hacerlo?

—........Sí.

—Pues entonces, empecemos.

***

—¡SU ROSTRO!

—¡Paren el proceso!

—¡SU ROSTRO!

—¡Deténgalo ya! ¿Díganos que le ocurre?

—Su rostro, ya no recuerdo su rostro.

 

En el octavo volumen de su monumental saga, “Vidas Breves”, protagonizada por “Sueño” o, en su nombre más popular, The Sandman, uno de los mejores personajes de la misma, su hermana “Delirio” preguntaba cual sería la palabra para expresar lo que sientes el día que olvidas el rostro de la persona a la que amaste. Cuando mis ojos vieron “Olvídate de Mí”, el bello poema sobre el amor y la memoria de Michael Gondry y Charlie Kauffman, me di cuenta de que Neil Gaiman, o su espíritu literario, estaban dictándole a mi oído esta historia. Cuando he llegado a su última palabra, escuché un susurro en mis oídos, Obliviamare. Duró solo un instante. Cuando me di la vuelta no había nadie. Le doy las gracias por haberla encontrado.

 

Manheor

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