* REVELACIÓN (por Tyndalos)

e ninguna manera creo en los fantasmas.

El profesor Langley se mostraba terminante. Toda una vida dedicada a los microbios, quiero decir al estudio de los microbios, no iba a ser perturbada por esas paparruchas de la parapsicología.

- Debe Vd. creerme, profesor. El universo contiene muchas más cosas que las que se pueden ver a través del microscopio.

La Srta. Atwood era “romántica y soñadora”, y por ello había intervenido a favor de aquel joven periodista, Fleeman, que osadamente había defendido la existencia del más allá delante del más puntilloso de los científicos positivistas. “Debe estar enamorada de él”, pensó Langley, siempre buscando explicaciones para todo.

La tarde se fue haciendo fría, húmeda y gris. Una bruma espesa y nada halagüeña subía de los acantilados. El césped se perlaba de las infinitas gotas de agua que la niebla marina traía. Pero la señal inequívoca de que había que buscar refugio vino dada por un fastidioso trueno que sonó en la lejanía. Una vez que los perros respondieron a la Madre Naturaleza con un sonoro coro de ladridos, la anciana condesa dio la palmada correspondiente. Se levantaba el campamento, quiero decir el picnic, y todos huimos a la carrera hacia el torreón. Dije bien “todos”, pues la condesa era aún una dama de ágiles pies pese a su edad provecta.

El torreón. En tiempos se había alzado como defensa costera, como puesto de vigía comunicado por un muro y por un subterráneo con el mismo castillo condal, alzado dos millas tierra adentro. Había sido construido en tiempos de la conquista normanda, aunque la condesa decía que databa de mucho antes, “de los tiempos de las brujas”. Qué eran esos tiempos de las brujas, nadie podía saberlo. La dueña de toda la isla siempre callaba al respecto.

Entramos. Y un frío sepulcral dominaba aquel cubo cubierto por la hiedra, mohoso y decrépito. Fleeman comenzó a estornudar. Jason, el diligente mayordomo, sirvió un buen brandy que diligentemente había hecho traer el día antes de la excursión, así que los más frioleros y los más bebedores pudieron despacharse a gusto. Únicamente Langley se abstuvo, y se dedicó durante un buen rato a observar la mampostería de los muros. Yo creo que era capaz de observar en ellos a sus bichitos incluso sin ayuda del microscopio.

Fue la Srta. Atwood la que dio su primer grito. “¡Una luz!” –dijo. Fleeman aprovechó para cogerle la mano. Por lo visto había visto una luz, algo así como una vela o un candil en el piso superior, visible desde abajo a través de un cilindro, como el que se abre de abajo a arriba en algunas escaleras de caracol que suben a las viejas iglesias de Inglaterra. “Resulta de todo punto imposible, señorita”, le decía el bueno de Jason. “Los niveles superiores resultan inaccesibles, y los peldaños de acceso llevan siglos obstruidos”. Pero la chica porfiaba.

Langley se puso entonces doctoral, como era su estilo. Le parecía evidente que la sugestión había intervenido en todo esto. El picnic campestre, una frívola conversación sobre fantasmas, el trueno, la tormenta, un viejo torreón medieval que servía de refugio: todo el escenario ideal para la visión de un espectro.

Pero al propio profesor Langley se le abrió la boca y su tez devino blanca como la nieve.

Porque allí apareció esa cosa.

La condesa metió sus manos en la boca y, después de murmurar no sé qué diablos sobre unas brujas encerradas en el torreón, se desvaneció. Todos gritaron hasta la locura. Yo mismo lo hice. Jason dejó caer su metálica bandeja. Adiós brandis. Adiós tes. ¡Y eran de una calidad excelente!

La cosa vino hacia nosotros a través de una escalera casi derruida. Pero bajaba como si no se sujetara en la materia. Un candil le brillaba en la mano. Pero más aún le brillaban los ojos.

Detrás, como un halo lejano allá arriba, un coro como de harpías. Casi no se les veía, pero la cosa, una especie de hombre desfigurado y tenue, expresaba un verdadero terror hacia ellas.

Y unas palabras temibles, tan temibles que maldigo la hora en que las pude escuchar, llegaron del ente hasta mis oídos.

- No existe el cielo. No existe el cielo.

A día de hoy, varios años después de nuestra visita a La Isla, la condesa ya no vive. Del susto se fue al otro mundo, con sus fantasmas. Fleeman abandonó el periodismo por la misiones entre los salvajes. Langley dejó para siempre sus microbios y despareció del mundo. La pobre señorita Atwood enloqueció y vive en un asilo. Jason se pegó un tiro. Y yo… yo creo ver a ese ente en cada esquina y en cada espejo.

Tyndalos

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