* REUNIÓN (por Tyndalos)

a era tarde. La noche se deslizaba hacia el fin. Eran horribles los amaneceres. Demasiado le recordaban las noches de juerga, cuando empalmaba los bares con el tajo. Pero no era juerga lo que había buscado en aquella ocasión. Había bajado al pozo por última vez. Un letrero de “Prohibido la Entrada” no fue obstáculo para él. Hacía meses que no vigilaban. ¿Y qué buscaba? No era carbón, ni dinamita abandonada. Era una carta. Una triste carta que le enviaron años atrás. La carta no fue destruida en el preciso instante en que el minero la recibió. Grasienta y negra, se guardó en el mono azul, y un día cualquiera, entre sudores, fue ocultada en una grieta que él, solamente él, conocía. La carta le decía que todo había llegado a su fin. Que la olvidase. Que ella se iba a otra ciudad, muy lejos de la Cuenca, allí donde nada se sabe de mineros, de huelgas, de carbón. Un Adiós que era como un sable traspasado.

Algo, un extraño pudor, le había impedido hacer una bola con aquel trozo de papel, insignificante en sí mismo, pero inundado de dolor, empapado en sangre. Y muchos años más tarde, cuando la ansiada jubilación le llegó, tuvo que bajar. Sí, bajar a aquel pozo oscuro, infestado de humedades, abandonos. La imagen misma del pasado y de los recuerdos que se resisten a morir. Era arriesgado, pero se conocía aquel dédalo hasta el más mínimo rincón. Aquí, aquí seguía la misma grieta, entre derrumbes y vigas rotas. Sacó la carta, plegadita con religioso cuidado. Y entonces sucedió. Una luz tenue, casi vaporosa, salió de la grieta y quiso como abrazar el papel y la mano. Y esa suave luz blanca fue tomando forma. La forma de su rostro, cuando ella le besó por última vez y cogía el tren con un desenfadado “chao” de despedida, como siempre solía hacer. Y la cara joven y limpia le miraba con ternura y tristeza. Una tristeza también limpia, como solo la puede mostrar quien se arrepiente de verdad. Y la aparecida le dijo entonces: “lo siento. Me equivoqué”.

El jubilado de la mina salió con la carta recuperada en sus manos. Casi era de día y podían verle. Ahora ya sabía lo que podía hacer. Reunirse con ella.

Tyndalos

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