¿QUIEN? (por Tyndalos)

uién dijo que yo estuve aquí?

 

Quiero saberlo.

 

Busco, pienso, recuerdo; mis manos tantean a ciegas, palpando los muebles y las paredes.

Doy patadas, golpeo con los puños, araño las puertas, pero aún no lo sé.

 

¿Quién lo dijo?

 

¿Quién? ¡Por favor!

 

Hace meses que estoy buscando este lugar y al poco de llegar… ¡una voz! Una cruel y burlona voz sale a mi encuentro.

 

¿Quién fue?

 

Está muy oscuro aquí. El conocimiento necesita de la luz.

 

Mis torpes manos, mis precavidos pies, todo mi yo podría precipitarse, al instante, en el abismo.

Meses de búsqueda. Imaginad qué no habrá detrás de esa puerta. Pasillos y más pasillo. Puertas y más puertas. Cada puerta está tapiada. Imaginad un gran hotel, un gigantesco hospital, un inmenso edificio de apartamentos con los vanos tapiados. Sólo un largo pasillo. Yo creo que el pasillo sube y baja sin necesidad de escaleras. A veces sospecho que estoy cerca del cielo; en otras ocasiones intuyo que la tierra me ha tragado. No hay ventanas. Ignoro qué es la luz del día. En este hotel no hay conserjes, ni luces, ni pájaros. Nada se oye, nada se ve. Una luz gris indirecta, de desconocida fuente, ilumina mis pasos. Llevo así varios meses, tal vez años ¿Vine por mi propia voluntad?

 

Nadie lo sabe. Ya no recuerdo si puedo comer o dormir ¿Existo? No hay forma de saberlo.

 

Y ahora -¡por fin!- una puerta sin tapiar. Con gran decepción no puedo ver ni la luz ni los pájaros que imaginé. Nadie me recibe con el champán. Nadie dice “¡el juego ha terminado!”¡Todo lo contrario! El juego prosigue, pero de otro modo. La habitación tiene profundidad, pero está poblada por tinieblas. No hay obstáculos de importancia. El habitáculo constituye una excepción. He abierto miles, millones de puertas y todas ellas no fueron más que un simulacro bien dibujado en una especie de muro inmenso. Un muro curvo e inacabable. Una pared laberíntica de fabulosas dimensiones.

 

Imaginadlo así.

 

Caminé durante años. Sí, fueron años, o tal vez siglos. Exploración, lucha, carrera, fatiga. Mi única actividad, durante el transcurso de los milenios, fue esta: abrir y abrir puertas. Acostumbrado a la decepción, me resisto a creer que aquí no hay truco.

 

¡Sí! Una puerta con fondo. Un fondo. Un fondo cavernoso, profundo, intrigante. Mis pies tantean un suelo irreal. De hecho, quizás estoy cayendo en un vacío interminable ¿Qué puede ser? ¿Qué puede ser este suelo atroz? ¿Acaso estoy cayendo? No lo sé. Creo que estoy tocando muebles, lámparas, macetas y plantas, mesillas…Eso creo. Algo distinto, por primera vez tras un millón de años. Pero me precipito, quizás, por un agujero infernal. O estoy subiendo muy alto, lejos, al encuentro de los astros…

 

Y esa voz.

 

No puedo soportar esa voz ¿Dónde estás? ¿De dónde proceden tus crueles palabras? ¿Cuál es la garganta diabólica que pudo articular estas voces?

 

Sabes que corrí y corrí durante una eternidad. Busqué el cuarto en el que moras. Perdí el recuerdo, la razón y la conciencia. Dejé de pertenecer a mi raza. Fui fantasma, me torné estrella fugaz. Mi fulgor cruzó llanuras y desiertos. Aterroricé a los mortales. Mi aliento fue el soplo de la montaña y el canto de la brisa del mar. He muerto eternamente por ti. Te busqué y te hallé.

 

Y ahora, después de toda esta batalla, creyéndola ganada ¿me recibes así?

 

Imaginad, por favor, que achicáis un océano para encontrar la perla perdida, y cuando el último cántaro de agua es recogido por vuestros brazos exhaustos, la perla os grita, os azota, os dice:

 

YA ESTUVISTE AQUÍ

YA ME TUVISTE CONTIGO.

 

Tyndalos.

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