* POR SIEMPRE EL HORROR (por Tyndalos)

uando sonaron las campanas, supe que ya había aparecido.

Sí. En el descansillo se oyeron los pasos. Tras las cortinas del recibidor, un tenue ruido de pies sigilosos. En el pasillo de abajo, una sorda respiración.

Luego me vine a la sala de los espejos, una especie de prolongación del pasillo del cuerpo central. Allí, en cada espejo, se vieron las caras.

Caras, muchas caras, un sinfín de caras de rostro indefinido pero todas con expresión de angustia.

Y las manos. Yo veía manos que se escurrían bajo los faldones de las mesas. Las veía deslizarse bajo cortinajes o entre alacenas llenas de trastos y antigüedades.

Pero lo peor era ver el cuerpo del fantasma, si es que la palabra cuerpo le resultaba apropiada. Una masa blanquecina, una especie de nube llena de energía. Y peor todavía: lo que se agitaba dentro del cuerpo del fantasma…Las mismas caras de los espejos. Caras angustiosas, caras torturadas, rostros sin definición con ojos perdidos mirando, mirando, mirando el Horror.

Y, de pronto, yo fui unas de esas caras: el fantasma logró succionarme. De habitar aquella mansión, pasé a habitar el cuerpo de un espíritu errante, de un fantasma condenado a vagar sin descanso.

Los fantasmas no son muertos. Son espíritus que han sido atrapados. Y llevan consigo una condena: tener ante sí por siempre el Horror.

 

Tyndalos

 

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