* PÁLIDA MUERTE (por El Duque Albino)

En el camino del cementerio se encontraron dos amigos.

"Adiós ", dijo el vivo al muerto.

"Hasta pronto ", respondió el muerto al vivo.

Anónimo

 

as gotas de sudor resbalaban por la frente fruncida de los rostros, crispados, del grupo de jóvenes que, disimulando su esfuerzo, soportaban, sobre sus cansados hombros, todo el peso del féretro.

A poco más de un metro de ellos, caminaba la madre del difunto, arrastrando los pies, como un condenado a muerte que se dirigiera al paredón e intentase retrasar lo inevitable: su ejecución. Sus dos amigas más fieles caminaban a su lado, flanqueándola.

Ambas mujeres, desde que recibieran la funesta noticia —Alejandro, el único hijo de María, había muerto—, se habían transformado en la viva imagen de la consternación. Veinticuatro horas al día pendientes de María. Pero ahora, mientras se dirigían al cementerio, tenían una única preocupación en mente —el resto bien podían esperar a mañana—; y era la siguiente:

Vigilar con atención a María, por si ésta, en un momento dado, perdiera el equilibrio, asirla con rapidez y tirar de ella hacia arriba, con todas su fuerzas, para evitar que se diera un soberano porrazo contra el suelo. Lo que seguramente le acarrearía, más aún, en su actual estado, funestas consecuencias para su integridad física y quizá, en mayor medida, para su integridad psíquica.

Tal vez, si María cayera, fuera incapaz de hacer el acopio de fuerzas necesario para conseguir alzarse de nuevo. Y ellas —como madres que eran— comprenderían que, una vez postrada en el suelo, su amiga fuera incapaz —o no quisiera— incorporarse nunca más.

Las dos amigas admiraban la increíble determinación y fuerza de voluntad que María había demostrado durante toda su vida. Sin ayuda de nadie, había conseguido sacar adelante a un crío. A su hijo nunca le faltó de nada. Su madre se había encargado de proporcionarle todo lo que necesitaba, y ella podía ofrecerle; y lo que no, aquellas cosas que le eran esquivas, ya fuera por cuestiones culturales o económicas, se las había ingeniado para que, tarde o temprano, estuvieran a su alcance.

Todo, con tal de que su hijo pudiera cumplir un deseo: convertirse en pintor de brocha fina. Lo que jamás habría sido posible, sin mediar ella. Hecho irrebatible, porque, aunque su hijo tenía mucho talento, no era un chico ambicioso. Seguramente se hubiera conformado con pintar de vez en cuando, como un aficionado más. Pero ella, consciente de que su hijo sólo era feliz pintando —aunque nunca lo confesó abiertamente—, hizo lo indecible, movió cielo y tierra, para que él también luchara por alcanzar su sueño. Le alentó, cuando flaqueaba, sacó el dinero de donde no la había y le proporcionó una formación académica. Puso a su disposición todos los utensilios necesarios para completar su obra.

Y ahora, cuando las penurias habían quedado atrás, cuando su hijo, a sus veintidós años, había logrado hacer realidad su sueño, el destino dictaba sentencia...

Todo el mundo imaginaba que debía de haberse tratado de una muerte horrible. Su estudio había estallado en llamas. Aún desconocían las causas del incendio, pero sí sabían que el chico había muerto asfixiado. Se rumoreaba que los bomberos habían hallado su cadáver carbonizado y acurrucado en un rincón. Durante el velatorio la tapa del ataúd no se abrió en ningún momento.

En lo que nadie pareció reparar, a excepción de su madre, fue que, mientras Alejandro agonizaba, seguramente, vio como toda su obra era devorada por el fuego. No había sobrevivido un solo cuadro... nadie vería jamás sus pinceles. Nadie.

 

Egoístamente, las dos mejores amigas de María, Laura y Ester —así se llamaban—, habían comenzado a dar gracias a Dios, desde el mismo momento en el que se enteraron de la muerte de Alejandro.

Casi hacia más de diez años que conocían a María. Aún recordaban la primera vez que se la encontraron en el portal de la comunidad, con un apuesto hombre rodeándole la cintura y un precioso bebe acurrucado en su seno; joven, hermosa, entusiasmada con el futuro y la posibilidad de hacer realidad todos sus sueños... Sueños que, a la postre, se verían truncados de manera virulenta, un año después, por la inesperada muerte de su marido en un brutal accidente de tráfico.

Ninguna de ellas era capaz de evitar que sus mejillas se sonrojaran cuando se encontraban en presencia de María —quien se parecía más un muerto viviente sacado de una mala película de serie B, que a una mujer de cuarenta y cinco años de edad, que siempre se había conservado bella—. Idénticos pensamientos surcaban sus mentes individuales, como si ya estuviera preestablecido que esa debía de ser la conducta a seguir en dichas circunstancias. Al fin y al cabo, el ser humano es un superviviente nato, y debería ser normal, aunque también atroz, que cuando alguien muere, y no es de la misma sangre, uno se alegre de que le haya tocado a otro, y no a él, soportar la terrible carga que supone para quienes deben seguir con sus vidas y fingir una normalidad que no se termina de alcanzar nunca. Porque dicha carga va minando poco a poco la resistencia de cualquiera, drenando su energía... hasta matarlo de pena u obligarlo a ignorar el irreparable vacío que uno siente dentro de sí.

En definitiva, pensaban que preferían ser ellas quienes dieran un sentido pésame a una madre a quien se le hubiese matado un hijo, que recibirlo de boca de otros. Y aunque no aliviaba su culpa, estaban seguras de que cualquier mujer, que hubiese llevado una vida dependiente en lo más hondo de su ser, sería víctima de esos mismos pensamientos.

 

Nadie pareció reparar en la inquietante presencia de la mujer de tez pálida, vestida con un esmoquin negro, arrugado como una breva y varias tallas mayor, que aguardaba en silencio a que los hombres, mujeres y niños que integraban la comitiva fúnebre pasaran ante sus ojos, por la polvorienta vereda, camino del portón que conducía a tierra santa.

Sus formas femeninas, ocultas bajo amplias ropas de hombre, su pelo rasurado y rebelde, y sus difuminados y, en cierto modo, asexuados rasgos, harían que, si alguna vez alguien tuviera la oportunidad de verla, no la vería como mujer, sino como un muchacho vestido de manera ridícula.

La mujer de tez pálida parecía llevar una eternidad allí, de pie, levemente recostada sobre la desvencijada tapia que circundaba el cementerio. En su gesto sombrío se podía adivinar el hastío causado por lo reiterativo de su labor, que si bien sería algo extraordinario para cualquiera, no era para ella más que otra tediosa tarea con la que desperdiciar un tiempo infinito; la cual debía realizar, día sí, día también, obligada por el brutal incremento de muertes acontecidas en los últimos años.

El trauma causado por toparse, frente a frente, con el verdadero rostro de la muerte, es demasiado terrible para que un ser racional lo asimile. Se necesita de otro, aunque éste sea un desconocido. Y aún así, la gran mayoría de personas muertas son incapaces de superar este paso preliminar.

La tarea de la mujer de tez pálida era recibirlos y acompañarlos, mientras velaban sus cuerpos terrenales, ayudándoles a purgar sus pensamientos, antes de que, al amanecer, tuviesen que abandonar el cementerio, y sus almas se dispersaran, en esa intrincada encrucijada de caminos, que es la inexistencia.

No hay cielo, no hay infierno, ni siquiera reencarnación... todo es una invención del hombre.

Después de morir, solo nos queda la nada.

La sucesión de imágenes de vida precipitándose a gran velocidad por nuestro cerebro, el túnel sumido en la oscuridad, las siluetas difuminadas de quienes murieron antes, aguardando nuestra llegada más allá de la luz mortecina, la embriagadora fragancia de paz que emborracha los sentidos... Todo, absolutamente todo, sucede antes de que nuestro corazón deje de latir. Es una reacción lógica, provocada por nuestro subconsciente, con el fin de facilitar el tránsito entre la vida y la muerte.

 

El sol de la mañana pugnó largo rato hasta que pudo hallar un resquicio por el que poder asomarse y comprobar, de primera mano, el motivo de que un enmarañado entramado púrpura se hubiera interpuesto entre él y la tierra. El viento ya le había avisado, susurrando al oído las palabras, de la inminente llegada, desde todos los puntos del globo, de cientos de nubes que, a pesar de la extrema dureza del trayecto, mantenían la firme convicción de alcanzar este punto en concreto, situando en medio de ninguna parte; lejos de todo, y de todos.

El Rey Astro no creyó posible que esto pudiera acontecer, como iban a poder las perezosas nubes, entablar una feroz lucha, contra la lógica establecida, y salir impunes de tan desigual enfrentamiento. No, imposible. Así que, tras ordenar al viento que restableciera el control en sus dominios y metiera en vereda a las nubes, olvidó las palabras vertidas por éste, y se hundió en el agua del mundo, esperando poder dormir unas pocas horas, antes de que el relevo de su compañera sentimental finalizase y tuviera que emerger otra vez con las primeras brisas de la mañana.

 

 

Las palabras brotaban con soltura de entre los trémulos labios del anciano párroco, que procuraba vocalizar y modular su tono de voz correctamente, manejando registros propios de un versado actor de teatro. O, mejor dicho, de un párroco desencantado, que se empeñó en no dejar que la desidia le venciera, y buscó, con desmedido afán, un nuevo aliciente en su vida, con el propósito en mente de evitar verse abocado a abandonar su monótona profesión eclesiástica. En su caso, dio, de manera casual, con una afición de la que nada supo, probablemente debido a su férrea educación católica, hasta pocos meses atrás: la interpretación. Estudió en secreto y se formó, en tan alto grado que, en menos de un mes, creyó estar preparado para dar la replica a un actor profesional. Pero jamás lo haría, por razones obvias.

Por eso, aprovechaba estas soporíferas ceremonias, repetidas hasta la saciedad, para darle a todo un carácter más dramático y ostentoso. Hacia todo esto, porque la palabra de Dios ya no era suficiente alimento para sustentar su vida. Había perdido el rumbo, o lo que es lo mismo, la fe, hacía mucho tiempo.

Siempre había algunas personas —pocas, eso sí— que se percataban de que el párroco se estaba comportando de un modo extraño, aunque no sabían muy bien por qué. Tenían la ligera impresión de que se estaba tomando la ceremonia a chanza, mostrando una total falta de respeto por el fallecido, de cuerpo presente, y por quienes se habían congregado en lugar sagrado para darle su último adiós. La mayoría de los que se daban cuenta de este hecho, guardaban la compostura. Y a pesar de sentirse insultados, no transmitirían su creciente indignación hasta llegar a casa. Pero había otros que no tenían tantos reparos en demostrar su malestar a causa de la bochornosa actitud de un supuesto siervo del señor; y lanzaban miradas ofensivas y descaradas, o ponían ceños fruncidos, que expresaban, sin ningún tapujo, su enfado, mientras se giraban y mascullaban entre dientes algo a la persona de detrás.

 

Un hombre joven, vestido con una camiseta de manga corta, salpicada de pintura, y unos desgastados pantalones vaqueros, irrumpió en medio del entierro, corriendo como un poseso. Tanto que, cuando quiso detenerse, los pies desnudos patinaron en el césped —regado esa misma mañana— y, fruto de la inercia, fue a estrellarse contra el montículo de tierra húmeda —extraída a toda prisa la noche anterior por dos operarios— con la cual se cubriría la fosa sobre la cual permanecía el ataúd suspendido, gracias a unas cuerdas de un grosor bastante destacable y a un sencillo sistema de poleas que se encargaría de, una vez oficiada la ceremonia, descenderlo plácidamentehasta alcanzar el fondo. Lugar en el cual, el fallecido, sería sepultado bajo kilos de tierra, a la espera de que, algún día, fuera vaciada la tumba, para que lo ocupase un nuevo inquilino.

El joven se incorporó, sentándose sobre el montículo de tierra, mientras se pasaba el antebrazo por el rostro, embadurnándose la cara de tierra. A continuación, giró la cabeza hacia la derecha, sin percatarse de ello, y se quedó rígido.

Necesitó de unos segundos para salir del aturdimiento, pero cuando lo hizo, se puso de pie, como un resorte, terriblemente asustado. Comenzó a caminar, frenéticamente, alrededor de la fosa, totalmente fuera de sí.

¡No podía creerlo! ¡Era increíble!

El sol estaba escondido, tras las nubes púrpuras, pero la chapa metálica, situada en la parte superior del féretro, justo bajo el enorme crucifijo, donde estaba inscrita la leyenda con el nombre del difunto, no podía leerse porque un furtivo haz de luz, proveniente de no se sabe dónde, lo impedía. Siguió buscando un ángulo visual adecuado, para poder leer la leyenda y, de repente, durante un breve intervalo de tiempo, quizá insuficiente para estar completamente seguro, las palabras surcaron su cerebro a toda prisa.

 

Alejandro García Ruiz”

1978  2000

 

Sintió una terrible punzada en la cabeza, estremeciéndose por el intenso dolor, mientras su rostro se fruncía en una horrible mueca y sus ojos, inyectados en sangre, se desorbitaban, hasta tal punto, que, por un momento, llegó a pensar que la cabeza le iba a reventar como si un enorme petardo le explotase dentro.

Su cabeza no estalló.

Bueno, teniendo en cuenta que estás muerto. No creo que si tu cabeza, continué o no sobre los hombros, tenga demasiada importancia, ¿No?

Alejandro se quedó paralizado, sin saber que hacer. Lo lógico hubiera sido que hubiese roto a llorar; pero no lo hizo. Aunque lo que no pudo evitar fue que sus rodillas cedieran, ante el peso de su propio cuerpo y se desplomara sobre sus posaderas.

Ya en el suelo, como si fuera un autómata, se paso el brazo por el rostro, limpiando unas lágrimas que no habían sido derramadas. No estaba acostumbrado a llorar, pero, dada las circunstancias, se extraño de que las lágrimas no brotaran. Entonces, levanto la cabeza, y miró en derredor, dándose cuenta, por primera vez, desde que entró en escena, de que nadie, absolutamente nadie, se había percatado de su presencia.

Sus desconcertantes pensamientos se vieron interrumpidos bruscamente, cuando la información proveniente de la retina fue descodificada por su cerebro y pudo alcanzar a ver, entre todas aquellas caras desenfocadas, el demacrado rostro de su madre.

Alejandro se incorporó con pesadez, dirigiéndose hacia ella, con los brazos estirados, buscando con la palma de sus manos la cara de su madre. Todo se estaba moviendo. Creía que no iba a poder llegar hasta ella, como si, con cada dubitativo paso, retrocediera, en vez de ir hacia delante. Sus piernas parecían estar hecha de granito, en lugar de tendones y músculos. Recorrió poco más de un metro, pero él tuvo la sensación de haber tardado una eternidad.

Qué importancia tiene un minuto más o menos, si uno está muerto…

Esa voz, que parecía haberse instalado definitivamente en su cabeza, se estaba convirtiendo en algo verdaderamente molesto. Pero ya pensaría en eso más tarde.

Claro, amigo. Tienes toda la eternidad por delante.

Creyó que, cuando las yemas de sus dedos tocases la cara de su madre, se sentiría otra vez protegido, como siempre que ella estaba junto a él. En vez de eso, percibió la basta crudeza de un dolor imposible de contener, el cual habitaba en lo más hondo del corazón de su madre.

Por un momento, vio la muerte reflejada en sus ojos.

Está tocada. Demasiado. No creo que esté encondiciones de superar mi muerte. Morirá. Puede que tarde un mes, o un año a lo sumo, pero morirá.

¡No, mamá! No me hagas esto. No puedes dejarte morir. ¡Lucha! Te lo ruego. ¡Debes vivir por mí... no morir! ¡No quiero convertirme en tu asesino, mamá! ¡Soy tú hijo, por el amor de Dios! No quiero…

Alejandro balbuceó las palabras más que decirlas, mientras se inclinaba y apretaba, con tanta presión, las mejillas de su madre, que, por un instante, pensó que ella le había mirado directamente a los ojos.

Hecho imposible, por supuesto. Dado que él no estaba realmente ahí.

No, tú estás muerto.

No prestó atención a la voz que sonaba dentro de su cabeza. Estaba demasiado ocupado contemplando el rostro que sostenía entre sus manos, en el cual se había dibujado un esbozo de sonrisa; cosa que le había llenado de gozo. Pensó que aún tenía una oportunidad de ayudarla. Si permanecía junto a ella, noche y día, como ella había hecho con él, ofreciéndole su consuelo, tal vez podría sacarla adelante, ayudarla a aprender a vivir sin él, a pensar en sí misma, a ser feliz. Luego, cuando ya no le necesitara, se marcharía a dónde se supone que debe partir un hombre muerto.

No te das cuenta, de que si persistes en retrasar el adiós… harás más mal, que bien.

Alejandro miró por encima de su hombro, sin separar las manos de las mejillas de su madre, y vio que, detrás de él, en silencio, había un desgarbado muchacho de tez pálida, vestido con un esmoquin negro —que le confería un aspecto ridículo—, mirándole directamente a los ojos.

Deja de molestarla. Te guste o no, tú estás muerto, y ella no. Acompáñame, hemos de hablar sobre tu nueva condición.

Alejandro se quedó estupefacto, con la comisura de los labios torcida en una mueca y el entrecejo fruncido, ante el pavor que había despertado en él, la presencia del muchacho —quien no había necesitado mover los labios para transmitir su mensaje—. Vio como el muchacho de tez pálida giró sobre sí mismo y se alejó a un lugar más apartado.

Decidió ir con él. ¿Qué más podía hacer, sino acompañarlo?

Cuando retiró, despacio, muy despacio, las trémulas manos del demacrado rostro de su madre, supo que el vínculo que —desde siempre— había existido entre ambos, ya no tenía razón de ser. Por lo que no le extraño en absoluto, que éste desapareciera, sin dejar rastro alguno.

Su madre también debió darse cuenta de ello, ya que, sin previo aviso, rompió a llorar, con vehemencia, exteriorizando por primera vez desde que supiese de la muerte de su único hijo, el terrible dolor que le consumía por dentro.

Alejandro giro la cabeza, maldiciéndose por ello, y no miró atrás, mientras oía los escalofriantes alaridos de su madre, quien se retorcía de manera grotesca en el suelo, como una presa, aun viva, a la que un carroñero le estuviera devorando las tripas. Era una imagen dantesca... una imagen que de haber visto, Alejandro no hubiera podido soportar.

Su madre moriría un par de semanas después del entierro.

 

Las nubes descargaron sus lágrimas y, en poco tiempo, su desolación provocó que se desencadenara una terrible tormenta sobre el trocito de cielo situado justo encima del cementerio.

 

Horas después, la mujer de tez pálida se acercó, parsimoniosa, hasta una estatua labrada en piedra, que representaba a la virgen en actitud suplicante, mientras su ojos esculpidos miraban con expresión apesadumbrada el cielo.

Ella esperaba algún tipo de reacción por parte de Alejandro; no la hubo.

Él se limitaba a permanecer en silencio, sentado sobre una tumba horizontal, situada justo enfrente de la que guardaba su cuerpo, mientras leía, una y otra vez, su nombre inscrito en la lápida.

La mujer de tez pálida decidió que, aunque fuera harto complicado, no podía demorar en exceso las primeras fases del duelo.

Ambo debían mantener una conversación, en aquel mismo lugar.

Al principio, Alejandro se mostró reacio a responder a la lluvia de preguntas que se le formularon; realizadas todas con una estudiada cadencia por su interlocutor. A ella no le preocupo; aquello era normal. Pronto empezaría a hablar, como todos.

Pues, a pesar de negarlo, Alejandro necesitaba desahogarse, como jamás habría hecho en su vida; y menos, con un desconocido. Así que, finalmente, se vio abocado a hablar y, paulatinamente, fue haciéndose más y más accesible.

Lo que empezó como una conversación entre dos desconocidos, se convirtió en una animada velada.

Alejandro hablo sobre deseos y necesidades que, a veces, se confundían con miedos y barreras:

Necesitaba de la soledad, pero no una soledad fingida, sino una soledad absoluta... sin gente, sin pensamiento. Había sufrido demasiado durante mi niñez. No quería nada a mí alrededor que pudiera hacerme daño. Cuando alcancé la adolescencia, decidí que ya no sufriría más, que ya había tenido bastante. Y sentir cosas, bueno, suele ser el camino más directo hacia el sufrimiento. No sabía mucho de la vida. En realidad, nunca supe demasiado de nada. Pero si había algo de lo que estuviera convencido, era que no quería volver a sufrir.

También habló sobre lo que los demás podían pensar de él:

¿Sabes? La gente tiende a confundir, demasiado a menudo, a las personas arrogantes con las personas melancólicas. Sí de algo estoy seguro, a pesar de lo que pudieran pensar los demás, es que puedo ser cualquier cosa menos arrogante.

Y como no, de sus pinturas:

Recuerdo perfectamente la primera vez que pinte. No tenía formación, pero mi ego me llevó a creer que ningún genio necesitaba formarse. Le bastaba con su talento. Y en cierto modo, fue así. Cogí los bártulos, que habían estado criando polvo en un armario de mi habitación. No tenía caballete, así que apoye el lienzo, recién comprado, sobre una silla, previamente cubierta con una vieja sábana. Y tras esparcir torpemente los colores sobre la paleta, tomé un pincel cualquiera y di mis primeras pinceladas sobre el lienzo, con sorprendente maestría. Lo cierto, es que el resultado final fue bastante decepcionante, a pesar de que mi inició hubiese sido tan esperanzador. El concepto era muy bueno, pero el problema era la composición. Simplemente, estaba mal, no funcionaba. Tuve que tira un montón de lienzos, antes de que las cosas empezaran a rodar. Mi madre me iba surtiendo de lienzos, sin que yo se los pidiera. Pasaron meses hasta que conseguí plasmar lo que se gestaba en mi imaginación con más fidelidad, y también, de un modo más académico. Aunque, como siempre suele ocurrir, después de que cursara bellas artes y entrara en un par de escuelas de renombre, gracias a mi madre, perdí aquella insolencia inicial, que le atribuía a mis obras un carácter más fresco.

¿Qué retrataste en aquel primer cuadro que pintaste?, pensó la mujer de tez pálida.

Alejandro guardó silencio, y tardó un rato en responder.

Es irónico, no había caído en eso hasta ahora —le dedicó una sonrisa forzada y prosiguió—. Claro, que dado lo que me está sucediendo, no me extraña. Bueno, te respondo: en mi primer cuadro me represente a mí... muriendo.

¿Cómo morías en ese cuadro?, la voz en su cabeza había dejado de molestarle, pero le hubiera gustado oír una voz humana

¿Cómo morías en ese cuadro? —volvió a preguntar la mujer de tez pálida, pero ahora en voz alta.

¡Oh, Dios!, pensó Alejandro, es la voz más bonita que jamás he oído.

Aquel pensamiento le hizo sentirse culpable, porque si había algo de lo que estaba seguro, era de su condición heterosexual. Siempre se había sentido fascinado por las mujeres. Con el paso de los años, los desnudos femeninos pasaron a ocupar un lugar privilegiado en su obra. Y, de pronto, al mirar al muchacho de tez pálida, para responder a su pregunta, descubrió que, a través de su camisa, pegada a su cuerpo por la lluvia, podía atisbarse un pezón. Rápidamente, retiro la vista, ruborizándose.

Ella se dio cuenta y se incorporó, poniéndose de pie frente a él.

 

La lluvia remitió y la luna baño con su luz todo el cementerio.

Ante la atónita mirada de Alejandro, la mujer de tez pálida dejó que la chaqueta de1 esmoquin resbalase por sus hombros y cayera al suelo. Luego, comenzó a desabotonarse, uno a uno, los botones de la camisa. Alejandro hizo ademán de levantarse, manoteando nerviosamente, como si quisiera impedir que continuara desnudándose. Pero su gesto se quedo en eso, en un simple ademán.

Poco después, la tersa piel lunar quedo al descubierto.

Cuando la mujer pálida levantó la vista, vio a Alejandro, quien miraba sus pequeños, pero esbeltos pechos, con la boca abierta y con una estúpida expresión en su rostro. Entonces, se sintió avergonzada, como una muchacha que muestra su cuerpo por primera vez a un hombre, y tuvo el impulso de cubrirse.

Alejandro se levantó. Parecía más grande, más hermoso, bajo la luz mortecina de la luna. Le rodeó con sus brazos y acercó sus cuerpos. Posó sus labios sobre los de ella, y luego, apoyó la barbilla sobre su hombro. Entonces, Alejandro, no pudo contener el llanto, y rompió a llorar.

Quiso detener los sollozos, pero no pudo.

Ella alzó sus brazos, y le devolvió el abrazo.

¡Me quemaba vivo! ¡En ese cuadro... me quemaba vivo! ¡Por el amor de Dios! Dibuje mi propia muerte, sin darme cuenta... solo tenía trece años... yo no sabia... no sabía... —la voz de Alejandro se quebró.

 

Ambos cayeron al suelo, de rodillas, con sus cuerpos tocándose. Quien había muerto demasiado joven y quien no había nacido a pesar de su juventud. Y permanecieron así, piel con piel, enlazados en un abrazo infinito, durante toda aquella noche.

 

Cuando amaneció, y los rayos del sol incidieron oblicuamente sobre el cementerio, estirando y oscureciendo las sombras, Alejandro dejó de existir...

 

FIN

           

 

El Duque Albino

COMENTARIOS

Comentarios: 1
  • #1

    Miriam Alonso (viernes, 04 marzo 2011 19:02)

    Me ha parecido soberbio, francamente. Casi se lee demasiado rápido.
    Saludos desde El estante.