* OCULTO (por Kharvatos)

levo encerrado en este sótano varios días.
Oculto.
Aquí abajo, en la oscuridad, el tiempo parece detenerse. En todo momento pendiente de cualquier sonido. Llegaré a perder el juicio pues... ¿quién puede soportar una tensión así de prolongada cuando tu vida corre peligro y te encuentras tan solo?

¡Con el único refugio de los propios pensamientos!

Pero por ahora debo aguantar. En realidad, mirándolo bien, lo peor ya ha pasado. Mi compañero está muerto... bueno...eso creo. Lo vi desaparecer en aquella oquedad negra. Sus chillidos aún laceran mis oídos. Y todavía noto el sabor de su sangre, que salpicó mi boca cuando aquella entidad lo agarró...

No era nada. No era sombras. No era carne. Ni luz. ¡No era nada!

Y luego aquella nada comenzó a multiplicarse... aparecieron más. Plagados de probóscides vermiformes que violaban el vacío que las rodeaba tiñéndolo de impudicia. Las vi bailar ante mí la maldita danza de las esferas. La misma de la que hablan aquellos imposibles manuscritos arcanos que encontramos en el desierto muy lejos de aquí. Hace ya algunos años. Nunca debimos profanar sus secretos. Jamás teníamos que haber desafiado el orden natural de las cosas con blasfemas convocaciones. Lo hemos pagado muy caro. Han entrado en nuestro mundo y no quieren irse. Pues proceden de un lugar terrible y esto debe parecerles el Paraíso en comparación. No obstante no entienden la vida y por eso la destruyen. Pues aquello que ellos no comprenden debe desaparecer o ser aniquilado...o absorbido en su misma esencia ¡No lo sé!

Pero debo tranquilizarme. Tengo que ser más listo. Engañarles.

¡Si pudiera hacerles volver!
Ahora cualquier susurro por leve que sea...si, si...ellos siguen ahí. Lo sé porque de cuando en cuando les oigo trastabillar. Experimentar con la materialidad inmediata que les rodea. Son torpes. Muy torpes. Pero aprenden rápido, y sé que en breve serán capaces de dar conmigo. ¿Qué puedo hacer? Sólo puedo pensar. De hecho es prácticamente lo único que hago desde que estoy aquí abajo... ¡Ssshhh! ¡Un momento! ¡He oído algo! ¡Se mueven otra vez!... Pero no pueden ir muy lejos. La casa está cerrada. Las paredes plagadas con los símbolos que grabamos los dos antes de comenzar el ritual. No pueden salir. ¡NO DEBEN SALIR!

Silencio de nuevo.
Lo temo más que a otra cosa. Pues la experiencia me dicta que la mayoría de las veces se esconden tras él. La primera aparición surgió del silencio. A él volverán, pues son inherentes a sus cualidades. Pero antes acabarán con este mundo. Es cuestión de tiempo e instrucción. Son pura entropía, por esa misma razón nuestro universo les debe mucho y no tengo ninguna duda de que esa deuda la cobrarán con creces.

Este hedor...
Mis heces se acumulan en una esquina de la habitación, y tengo las ropas empapadas de sudor mezclado con el polvo y el barro que cubren cada rincón de este nauseabundo lugar. ¡Dios mío! ¿Cuánto tiempo podré aguantar?

Apenas tengo ya fuerzas. Las escasas provisiones que teníamos guardadas aquí se están agotando. ¡Claro! En el fondo no puedo recriminarme por ello. ¿Quién podía suponer que este sería mi hogar durante tanto tiempo? Hace dos o tres días se acabó la gasolina del generador. He aprendido a moverme a tientas. Y a escuchar.

Sólo a escuchar. La mayor parte del tiempo el sonido de mi propia respiración que llega como una tormenta a mi cerebro. El rugir de mis intestinos. ¡Como lo odio! ¡Me recuerda el hambre terrible que estoy sufriendo! Y un extraño zumbido que resuena, como un eco lejano, plagando de una leve reverberación el ambiente que me rodea.

Eso aún no sé lo que es.

Pero dicha cacofonía se me ha hecho ya tan familiar que resulta reconfortante que no se altere. Es más, cuando esto ocurre mi corazón se acelera esperando lo imprevisible.

Padeciendo su destino.

Ahora acabo de recordar algo.
Los cimientos de esta casa se asientan sobre el lecho de un río subterráneo. El constructor aprovechó el curso del mismo para desviar hacia él todos los sumideros de la vivienda. Creo que el colector principal está por aquí, en alguna parte. ¡Si lo encuentro pudiera ser una salida! ¡De esta forma podría dar aviso al mundo! Pero… ¿Me creerían?

Lo dudo.

No obstante tengo que intentarlo. Si me quedo aquí quieto, sin hacer nada, tarde o temprano será mi fin. Así que sin más dilación comienzo a explorar las tinieblas, arrastrándome por el suelo, palpando cada esquina, cada rincón. Tropezando, arañándome, despellejándome en la maldita fina gravilla. Una melaza grasienta me recubre ya las palmas de las manos y el hiriente dolor de las rodillas me impide incorporarme.

Nada. Nada.

Me tumbo en el suelo entre sollozos. Quiero descansar. Una sed espantosa y el polvo acumulado en este lugar queman mi garganta como si hubiera echado un trago de ácido. Cierro los ojos intentando evadirme. Tan sólo pensar en algo agradable. Pero esos recuerdos, en este momento, me desprecian. Son incompatibles con este sitio, esta situación, y se desvanecen.

De nuevo el sonido del silencio.

Pero al punto mis sentidos, agudizados in extremis por aquella tortura diaria, se percatan de un rumor lejano… ¡Es el discurrir del agua! Pego mi oreja al suelo y escucho, escucho, escucho… ¡Si, si! ¡No está muy lejos! ¡Tal vez a un par de metros bajo mí! ¡Muy cerca!

Quisiera agujerear el hormigón con mis uñas. Arrancándolo a pedazos para poder huir de allí. Para poder calmar mi sed. No puedo. Tan sólo soy un hombre vulgar y corriente. No soy ni dios ni demonio. Y carezco de poderes sobrehumanos.

Me pregunto el porqué de esta desesperación a día de hoy. Cuando he resistido tanto tiempo. La debilidad me está pasando factura. Si…sin duda es eso. Debo seguir pensando… ¡No!¡Que digo!¡Si sigo pensando me volveré loco!¡No quiero seguir pensando!

Apenas puedo respirar. Debo tranquilizarme. Seguiré tumbado aquí sin pensar en nada. Sólo una hoja en blanco. Al menos hasta que me haya relajado. Luego ya veré…ya veré…

***

¿Cuánto tiempo ha pasado?
Debí quedarme dormido. A medida que salgo de mi embotamiento vuelvo a escuchar los mismos sonidos de siempre. Respiro. Si. Unas bocanadas de aire que entran a la perfección en mis pulmones. Está bien. Ahora está mejor. Tampoco era tan malo.

Me incorporo y justo en ese momento… un crujido.

¿Crujido?

Desvío mi ciega mirada en esa dirección. La oscuridad es densa, terrible. Pero intuyo que allí están las escaleras que conducen a la primera planta. Terminan en la puerta que yo mismo cerré a cal y canto cuando huía despavorido de ellos. La misma puerta que, en ese preciso instante, han aprendido a abrir. Con el simple gesto de girar el pomo. La cerradura ya no les opondrá, en breve y por la misma razón, la menor resistencia.

Es increíble...Ahora el único sonido que puedo oír es el martilleo constante de mi propio corazón.


Kharvatos

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