* NUEVA VIDA (por Tyndalos)

é quiénes son, pero ahí están. Al otro lado de la puerta. Llevan una hora rasgándola. También lo intentan detrás, en la cristalera que asoma al norte. Entre ellos cuchichean. No paran de decirse cosas. Su lenguaje no es del todo humano. Hablan, se ríen. También se perciben sus pisadas. Hasta por el techo. No cejan en su empeño de encontrar un acceso. Tapié los puntos débiles. El teléfono no funciona: debieron de cortar la línea. Sus gemidos van a volverme loco. Sin embargo son suaves, sigilosos. En un arrebato, hace unos minutos, abrí la puerta, al principio del asedio. Entonces pude ver con qué suavidad gatuna se escaparon por el jardín, hacia la caleya. Debe haber seres de esos por todas partes, agazapados. Dios sabe lo que quieren de mí. En la panera y en el garaje han debido instalar su cuartel general. También los habrá por docenas en las copas de los árboles. Creo que en el sótano rugen, pero yo ya he asegurado la trampilla que comunica éste con la planta baja. ¡Y cómo caminan! Deben de ser palmípedos. Apenas hacen ruido, pero por otro lado juraría que se les pegan las plantas de los pies a la superficie del suelo. Las bocas suyas chisporrotean al comunicarse. Tratan de ser discretos, pero ya es evidente que saben que estoy solo, indefenso. Los muy jodidos aguardan la ocasión propicia para… ¿Para qué, Dios mío, para qué?

La puerta. La puerta ya no va a resistir más. Se cae, se tambalea. No. Ya están aquí. Aquí delante.

Veo sus cuerpos rechonchos, repletos de ojos casi humanos y docenas de palpos exploratorios. Sondean el aire, barren el suelo, me miran. Sí, porque en cada uno de sus palpos y de sus extremidades hay un ojo. Un maldito ojo casi humano que me observa con frialdad pasmosa, paralizante. Esa mirada lúcida en un cuerpo que en absoluto pertenece a este planeta ni a las leyes de evolución biológica conocidas por el hombre… esa forma de escrutar y ver en mí… ¿el qué? ¿Su comida? ¿Su objeto de lascivia? ¿Su fuente de energía vital? ¿Qué?

¿Qué queréis de mi, asquerosos? ¿Por Dios, quitad vuestras sucias…?

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Salgo a la caleya. No puedo recordar nada de lo sucedido. Hace frío, hay niebla. Pero no puedo ponerme ropa encima. Voy sin nada. No puedo ver mis brazos. En realidad no poseo brazos ya. ¿No es cierto que yo pueda ver muchas escenas al mismo tiempo, justamente como si tuviera docenas de ojos en el cuerpo?. Como si mi propio cuerpo fuera, en gran medida, un haz de miembros alargados como serpientes rematados por globos oculares. Como si mi pegajosa carne se adhiriera al asfalto y a la piedra del camino. Parece que me siguen docenas de criaturas. Esas cosas que asaltaron mi casa. Ya empiezo a recordar lo que hicieron conmigo hasta que dejé de ser humano. Por que es verdad que dejé de ser humano. Y ahora no me siguen: soy yo quien va con ellos, quien les acompaña, quien se ha convertido en uno más de esta progenie asquerosa. A la vuelta de la esquina, detrás de una vieja casería en ruinas, en un paraje bastante desolado, veo un coche aparcado. Se trata de un utilitario con los faros encendidos. Dentro hay una parejita joven dándose cariño. A por ellos. A por ellos. Sangre humana. Energía terrestre joven, caliente, fresca. Dos para todos nosotros, que somos muchos. No es un banquete, pero pronto tendremos más. Nos ven tras el parabrisas. Gritan. Yo soy el primero en romper el cristal. Ya no sangro. Ya dejé de ser humano. Y este cuerpo nuevo todo lo absorbe.

Tyndalos

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