* NO VENGAS (por Tyndalos)

ra uno de esos senderos que nadie, y menos un excursionista venido de la ciudad, esperaría jamás encontrarse detrás de una gruesacasa bloque”, maciza, solariega, de tejas de pizarra y pequeños ventanales de marco blanco incrustados en una masa casi negra de piedra. Abajo quedaba el mar, con su bronco tronar. Al lado quedaba el pinar, moviéndose sin tregua por obra de unnordés inclemente y fiero. Pero el sendero invitaba, llamaba a la aventura. Y por él subí. Los guijarros se amontonaban bajo mis botas, casi como dotados de vida propia y evocando en mi mente una y otra vez aquel título de una obra esotérica, de antiguo conocida: El alma mineral

Al llegar a un repecho, ya jadeante, un pequeño mirador desde el cual se dominaba buena parte de playa que aquí llaman La Sablera”, fue cuando el magnetismo del caminito comenzó a hacerse notar. Yo me encontraba literalmente atrapado en un campo de fuerzas que solicitaban con imperiosidad mi presencia. Hombre descreído, poco dado a prestar oído a los chismes de la aldea, al comienzo no fui capaz de experimentar propiamente- la sensación tan humana y universal que se conoce por el nombre de miedo. No, no era miedo. Pero para la mente racional, la ausencia de explicación y la perplejidad al no hallarla, una vez que ella ve sometida a tal experiencia, es quizá lo que más se aproxima al Terror: una experiencia de indefensión y de extrema futilidad. Me sentía indeciblemente fútil y absurdo en aquel país que no era el mío, en aquel paraje que el mismo Diablo había hecho suyo.

¿Y por quédigo esto?

Lo digo por esas voces susurrantes, esecántico de anhelo que venía de entre los pinares. Lo digo por esas caras huesudas y llenas de cuernos y ojos que asomaban burlonas entre el verdor. Lo digo por las manos invisibles que se posaban sobre mis hombros, y el fétido aliento de unas criaturas que yo no podía ver y de las que, menos aún, me era posible defenderme.

Ni qué decir tiene: me lancé a la carrera. Huí como quien huye ante la pérdida de su alma. La carrera loca, desenfrenada, aullando como aúllan las bestias y los locos. Yo era una bestia loca que no se ocupaba de la sangre vertida por las caídas ni de los golpes contra los guijarros, esos de los que poco ante shabía sospechado dotados de una vida y como de un alma. Había que salvar el alma y allegarse hasta la casa.

Los caseros se limitaron a decirme:

-La caleya bisarma, la caleya bisarma….

 

, la calleja fantasma que solo se abre a la vista a los incautos venidos de fuera, a los locos que desoyen la conseja. Y esta dice que hay puertas al Otro Mundo. Y también ignoran que hasta las piedras poseen vida y advierten a los intrusos: no vengas, no vengas...

Tyndalos

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