* NO-TIEMPO (por Kharvatos)

1

enerando miles de singularidades desnudas, a escala molecular, lograríamos expandir el campo de Higgs hasta ralentizar la expansión del espacio-tiempo a nivel local. Con la energía suficiente seríamos capaces incluso de detenerla. Pueden comprobar los cálculos.

Rekler contempló a su auditorio unos segundos. Acto seguido, mostrando cierto aire de suficiencia, dejó el magneto-puntero encima de la mesa y se sentó. La enorme holopantalla recortaba su figura a contraluz.

El resto de los asistentes, reunidos en torno a la enorme mesa alargada que ocupaba el centro de la sala, permanecieron mudos durante unos segundos que se hicieron eternos. El silencio podía cortarse con un cuchillo.

Alguien carraspeó.

Al cabo de unos instantes el viejo decano Abraham Liemann tomó la palabra.

- Doctor Rekler, yo mismo he revisado sus ecuaciones y puedo decirle, sin temor a vapulear su ego, que son pura fantasía. La mayoría parten de parámetros que no se han confirmado y sufren el síndrome del castillo de naipes. A mis años reconozco la petulancia académica en cuanto la veo. ¿Usted lleva las cuentas de su departamento? ¿Sabe cuánto dinero ha invertido esta institución en las pruebas y experimentos que ha realizado? Debería tener en cuenta también esas cifras y no solo las derivadas de su investigación. El presupuesto se agota y no hay resultados claros. En unos meses podríamos estar todos en la calle. Entiéndame – alzó los papeles que tenía ante sí- No puedo llevar esto ante el Consejo Superior de Ciencias. Es papel mojado y todos aquí, salvo usted naturalmente, estamos de acuerdo en eso.

El aludido clavó la mirada en su interlocutor, denotando para el resto de los presentes la clara rivalidad que fluía entre ambos.

- Esos parámetros que ha mencionado están confirmados porque hay pruebas empíricas que los avalan – respondió tajantemente.

Un murmullo de desconcierto se extendió por la sala, como una ola que iba cobrando fuerza para terminar rompiendo en una cacofonía de comentarios. Liemann reclamó de nuevo el orden y se volvió hacia Rekler.

- ¿Quiere decir que ha iniciado las pruebas sin nuestro permiso?

- Así es.

- No puedo creerlo… ¿Ha arriesgado nuestra seguridad y… quien sabe quizás la del planeta entero por dar rienda suelta a su maldita arrogancia?



Rekler tragó saliva. Era plenamente consciente de que la acritud y las intenciones de Liemann se reducían a desprestigiarle con el objeto de lograr el control del Proyecto Cronos. Y Walter Rekler no podía tolerar eso.

Sencillamente no podía tolerarlo.


- Profesor Liemann…- dijo- Hace diez años que esos seres están esperando nuestra respuesta. ¿Qué cree que ocurrirá sin en un plazo razonablemente breve no damos ninguna señal? La semana pasada recibí el último informe de Baltimore. La Red Quantum ha crecido tres pársec en tan sólo un mes. Posiblemente no creo que estén en disposición de esperar mucho más. Devorarán nuestro Universo sin saber si hay entidades sentientes en él. El descifrado del mensaje lo dejaba claro: no tocarán ningún universo con una civilización emergente que haya sobrevivido a su etapa inicial de desarrollo. Incluso a costa de que ellos lo paguen con su propia extinción. ¿Cuánto más debemos demorarnos? No creo que entiendan de burocracia y política humanas. Ni falta que les hace por supuesto – Rekler hizo una pausa e intentó adoptar el tono más conciliador y convincente posible dirigiéndose ahora a todos los reunidos- Créanme si les digo que podemos hacerlo…ahora estamos en condiciones de detener el tiempo en torno a unos quince años luz de este sistema. Todo está casi listo. Solo hace falta presupuesto para terminar el ciclotrón de taquiones y El Cronos estará a punto para su activación. Lo único que les pido es confianza…

- Y dinero…- interrumpió Liemann.

- Y dinero – contestó esbozando una sonrisa forzada.

- A pesar de ello inició las pruebas sin permiso.

Rekler se inclinó hacia delante y clavó su mirada en el anciano.

- Abraham… la destrucción de nuestro planeta no es nada en comparación con lo que puede llegar a ocurrir. Éticamente estamos comprometidos a proteger todas las posibles civilizaciones de nuestro Universo que se hallen en su primera etapa de desarrollo. Eso es un convencimiento profundo…

- ¿A costa de la nuestra?

- Si. A fin de cuentas supongo que debemos seguir el camino que nos han marcado ellos. Y debemos deducir que son bastante más sabios que nosotros… ¿no?

- ¿Por qué no se lo explica a los treinta mil millones de seres humanos que habitan la Tierra?

- No sea demagogo Liemann… usted está muy por encima de tamaña mediocridad. No dimos explicaciones al mundo para iniciar este proyecto y sería una hipocresía darlas a estas alturas. ¿Acaso piensa someter esto a votación popular? Este asunto hay que tratarlo con el máximo rigor. No con las entrañas.


Liemann se recostó en su asiento apoyando las palmas de las manos en su nuca. Mirando al techo adujo:

- ¿Considera una mediocridad la supervivencia de la raza humana?

Rekler, respiró hondo. Estaba cansado… agotado de todo aquello. La presión a la que había sido sometido durante los últimos meses estaba haciendo mella en su salud y su psique. Y sobre todo, soportar los continuos embates de Liemann era una carga mucho más pesada que la tarea investigadora en la cual se había inmiscuido.

- Considero una mediocridad sus argumentos – sentenció – Tengo los cálculos y las pruebas realizadas… cualquiera de ustedes puede comprobarlo. La máquina está casi a punto. Pero resulta que lo único que importa, al parecer, es agotar los escasos recursos de los que disponemos para invalidar mi trabajo por una estúpida competitividad corporativa. ¿Cuánto les pagan a ustedes?... Es más… ¿Cuánto les han pagado por esta farsa? Esta institución tiene el deber moral de acabar lo que empezó si hay un mínimo de viabilidad. Y les aseguro que lo hay. Ahora… es su decisión. Yo he hecho todo lo que estaba en mi mano.

Una profunda voz femenina resonó al fondo de la sala.

- El ciclotrón será terminado – anunció.


2

Fue en agosto del año 2252 cuando se detectó por vez primera aquella extraña emisión.

Procedía de la constelación del Dragón. La fuente en concreto parecía manar a poca distancia de la estrella alfa Draconis (más conocida en la antigüedad por el nombre de Thuban, término que en árabe quiere decir "cabeza de serpiente"). La radiación, consistente en un poderoso haz de partículas taquiónicas, llegó a la Tierra casi de forma instantánea a su repentina aparición. Poco tiempo después se descubrió que envolvía un agujero negro de considerables proporciones; dos veces mayor que el que se encontraba en el centro de la Galaxia. El estupor inicial de la comunidad científica se resolvió en auténtica conmoción al encontrar un mensaje cifrado en aquel inicial maremágnum cuántico. Se tardaron diez largos años en desentrañar el enigma que venía grabado en aquel jeroglífico cósmico. Al final, la respuesta llegó tan contundente y bizarra que muchos se negaron a creerla sin más pruebas. Pero las pruebas se consolidaron y fueron unánimemente aceptadas. Aún así la gran mayoría no podía dar crédito a aquella gran revelación: una extraña raza de entidades de otro universo (paralelo, anexo, adyacente o cómo diablos lo quisieran llamar) estaba alertando a otros de su inmediata extinción. Seres que a nuestra imagen semejarían dioses, y que habían agotado todos los recursos habidos y por haber de su propio mundo. La única forma que tenían de sobrevivir era consumiendo toda la energía de otros universos paralelos generando gigantescos agujeros negros.

Pero ellos, obviamente, eran una raza antigua. Y eso también les condicionaba en su manera de actuar. No en vano habían sobrevivido a su naturaleza durante miles de millones de años. Antes de destruir cualquier universo, se veían en la obligación de percatarse de que aquel no contenía trazas de ninguna civilización que tuviera el suficiente desarrollo tecnológico y científico como para sobrevivir a sí misma. Eso implicaba un futuro prometedor para ese mundo y antes optarían por su propio final. Ellos ya habían tenido su oportunidad y habían alcanzado el apogeo que toda civilización cósmica puede llegar a tener.

Y a las civilizaciones cósmicas, como a los organismos vivos, las estrellas y los universos, también les llegaba su hora.

Cualquier entidad sentiente y técnicamente avanzada que recibiera el mensaje, codificado convenientemente en una emisión de partículas de velocidad infinita, los taquiones, debería dar señales, especificadas detalladamente, en un plazo razonablemente breve de tiempo. A fin de cuentas el mensaje llegaba a todos los rincones del Universo casi instantáneamente.

Y las instrucciones que daban no eran menos sorprendentes: detener la expansión del espacio-tiempo en un área local. Esta tarea sería prueba suficiente para ellos de la capacidad tecnológica de una civilización que hubiera sobrevivido a su adolescencia y fuera capaz de llegar hasta la senectud. De cualquier otra forma optarían por su propia continuidad en detrimento de posibles “proyectos de civilización”. Lo que algunos exobiólogos y cosmólogos terrestres habrían llamado civilizaciones técnicas emergentes.

Fue entonces cuando varias corporaciones terrestres, bajo el auspicio del Consejo Superior de Ciencias, órgano de gobierno mundial, iniciaron, en colaboración unas con otras, el que denominaron “Proyecto Cronos”. Su objetivo: detener el tiempo durante un lapso de expansión espacio-temporal en un área, como mínimo, de unos diez años luz en torno al Sistema Solar. Se habían barajado millones de consecuencias como resultado de dicha experiencia. Todas ellas nada halagüeñas. El principal responsable del proyecto en aquel momento, el profesor Abraham Liemann, había anunciado a la comunidad científica, y en concreto a los más altos cargos del CSC, un auténtico apocalipsis en caso de darle continuidad a aquella empresa. Todas las pruebas parecían conducir al fracaso o al desastre.

Hasta que llegó Walter Rekler.

Con tan sólo cuarenta y tres años Rekler, de humildes orígenes alemanes como Liemann, había alcanzado el prestigio, y el reconocimiento de la comunidad científica, por la demostración empírica de las teorías de Alonzo Tabari; en torno a la generación de micro agujeros de gusano para la transmisión de información de manera instantánea. Durante años el único mundo de Rekler habían sido las partículas, sus cálculos y el gigantesco laboratorio situado a dos kilómetros bajo tierra en una zona secreta bajo las Catskills.

Al hacerse Rekler con el control del Proyecto Cronos Liemann se sintió atacado en lo profesional y lo personal. Puesto que la rivalidad de ambos había destacado, años ha, cuando se disputaron, de forma similar a esta, un puesto en la dirección del Instituto Schröedinger de Viena. La consecuencia de ello fue el vilipendio de ambos. De cualquier forma jamás se puso en entredicho la valía científica de los dos físicos. Liemann logró hacerse con el puesto de coordinador científico de una de las mayores corporaciones dedicadas al desarrollo de motores de fusión. Y Rekler siguió investigando en el Centro de Estudios de Fisica Subatómica de Colorado. Dependiente del Consejo Superior de Ciencias y financiado por varias empresas. Una de ellas, y la que mayor presupuesto aportaba, la empresa de Liemann.

Walter Rekler había trabajado muy duro desarrollando El Cronos. Un ciclópeo generador que, en base los cálculos realizados por éste, crearía un agujero negro desnudo, una singularidad espacio-temporal, que detendría el tiempo en un radio de unos quince años luz de distancia del Sistema Solar. El artefacto, una vez a punto, sería colocado en una órbita síncrona entre Mercurio y Venus. La teoría de Rekler es que el ajuste automático del dispositivo revertiría toda la operación en unos veinte segundos de tiempo relativo. El suficiente como para que el límite de Planck no se viera alterado y todo el Universo se fuera al carajo.

Rekler creía en sí mismo por encima de todo.

Y ahora estaba a punto de alcanzar la gloria... la gloria y la eternidad por supuesto.

3

- ¿Veinte segundos de… no-tiempo? ¿No es eso una paradoja?

Rekler se retrepó en la silla mirando a su interlocutora con más suspicacia que temor. Nunca había estado cara a cara con un asesor del CSC. Y mucho menos con una mujer que impusiera tanto respeto como Olga Vasílieva. Encargada de inspeccionar el trabajo del físico desde el principio. El despacho en el que se encontraban ambos, una enorme estancia de casi veinte metros de largo y de ancho, coronaba la cima de uno de los rascacielos más altos de Manhattan.

- Bueno… digamos que el tiempo es relativo…- señaló él.

- Eso ya lo sé doctor Rekler. A lo que me refiero es… ¿Con respecto a QUÉ estaremos veinte segundos en suspenso?

- ¿No lo adivina? – inquirió con una sonrisa.

- Lo siento no soy nada intuitiva. Quizás por eso esté ocupando un cargo público.

El otro rió el chiste.

- Bueno la referencia nos la pusieron en bandeja…- dijo Rekler

- ¿Qué quiere decir?

- A que lo más lógico es que los cálculos los basáramos en el movimiento de alfa Draconis con respecto al brazo de Carina Cygnus.

- ¿Carina Cygnus?

- Es la región de la Galaxia donde se encuentra el Sistema Solar…Donde estamos nosotros.

- Entiendo.

Vasíleva se levantó de su asiento y, dando la espalda a Rekler, contempló la ciudad a través del enorme ventanal que se ubicaba tras ella.

- He puesto toda mi confianza y mis expectativas en usted Doctor Rekler

El físico se sintió incómodo con aquella observación. Anunciaba el presagio de una exigencia. Y los compromisos le gustaban muy poco. Había dependido de ellos durante gran parte de su vida. No quería más compromisos. Pero permaneció en silencio y dejó que ella continuara.

- Me he permitido el lujo de recomendarle para un puesto asesor del CSC en caso de que esto salga bien. No me malinterprete. Hay infinidad de candidatos como usted. Pero tengo la impresión de que sus aptitudes personales encajan perfectamente con las condiciones exigidas para hacer frente a determinadas responsabilidades.

- ¿A qué “aptitudes personales” se refiere? – indagó él.

Vasíleva se giró y miró fijamente a Rekler.

- No tendrá muchas personas por encima de usted amigo mío. Y en la mayoría de las ocasiones podrá tomar decisiones sin consultar. Tan sólo ateniéndose a la Ley. ¿Me comprende?

Walter Rekler dejó escapar una pequeña carcajada.

- No sabía que tuviera tanta fama de…ingobernable. ¿Qué saca usted de todo esto?

La mujer se sentó de nuevo y colocó la mano sobre un sensor de la mesa.

- Aunque le cueste creerlo todavía hay gente que trabaja por el bien común. Y no solamente por el prestigio, la fama o el dinero.

En el centro de la sala apareció una imagen holográfica. Era la representación tridimensional, en una animación acelerada, del Sistema Solar. La imagen se amplió hasta abarcar tan sólo la órbita de dos planetas: Mercurio y Venus. Entre ambas orbitas se ubicaba una tercera. El espectáculo virtual se amplió de nuevo hasta mostrar solamente una extraña obra de ingeniería que flotaba, majestuosa, en el espacio.

- Ahí está su Cronos – informó ella – Recién terminado. Esto me ha llegado hoy.

Rekler abrió los ojos como platos y se quedó contemplando la obra, en la que había trabajado tantos años, completamente boquiabierto.

- ¿Es real? – preguntó

- Completamente real – aseveró ella – Será puesto en funcionamiento dentro de doce horas cuando ya se hayan completado todas las pruebas. En tan sólo doce horas alcanzaremos el paraíso…o el infierno.




4

¿Cómo había sido posible aquel error? ¿Es que nadie se había dado cuenta de ello desde el principio? Absortos en sus cálculos y sus presupuestos la lógica dio paso al despiste. Y el despiste al desastre. Un desastre sin precedentes que ahora pagarían los seres humanos por siempre.

“Es imposible…imposible” Y aquella insólita verdad no hacía más que darle vueltas a la cabeza. Que consumir sus neuronas y ocupar todos sus pensamientos.

Miró hacia arriba. Ahí volvía aquella extraña nube de partículas que parecían pequeñas esferas cristalinas. Pero que arrasaban todo a su paso. Afortunadamente había encontrado aquel singular refugio escheriano (la idea se la sugirió el recuerdo de varios dibujos del artista holandés que había visto de niño, cuando visitaba una galería pictórica con su abuelo). Casi desnudo se incorporó tambaleándose y se deslizó por la oquedad agazapándose en la oscuridad.

El ruido que provocaban las esferas al colisionar con aquel habitáculo era ensordecedor. Algunas se colaban por la entrada. Pero quedaban inertes al avanzar unos metros en su interior. ¡Qué surrealista resultaba todo aquello! Pero a Rekler no le importaba en absoluto. ¿Por qué razón iba a importarle, a estas alturas, perder el juicio? No podía comer, ni beber. Cuando llegó allí se dio cuenta de que tampoco respiraba. Ni dormía, ni soñaba. No había otras personas. Ni animales, ni vida. Ni siquiera había Sol y estrellas. El entorno cambiaba a cada instante. Estaba encerrado en un bucle. Y eso lo había deducido porque se aferraba a su propia consciencia. Lo único que le quedaba del mundo del que procedía. Era reluctante a aceptar aquello como real. Pero no le quedaba otro remedio. Ese solipsismo en el que se encerró le hizo ver la cruda verdad. Se dio cuenta del grave error que habían cometido. Al iniciar el Cronos el mismo dispositivo quedó encerrado en la singularidad. Había caído en su propia trampa. Y al encontrase en un estado de suspensión infinita… ¿Cómo coño iba a volver a activar el tiempo de nuevo?

Rekler no supo muy bien lo que ocurrió a continuación. Se vio solo. Abandonado. Sin nadie a quien quejarse o a quien consolar. No tenía hombro donde llorar ni compañero con el que discutir. La única constante que resultaba de todo aquello es que no sabría jamás donde se encontraba. Imaginó las interminables carcajadas de Liemann. Regodeándose de todo aquello. De su estrepitoso fracaso. ¿Pero que le importaba ya? El destino de Liemann y de toda la humanidad habría seguido caminos parecidos.

El ruido de las esferas cesó. Agazapado en una esquina. Con la cabeza entre las piernas esperó acontecimientos. Alzó la mirada. El entorno había cambiado de nuevo. Un bosque… ¿Un bosque? Arboles. El murmullo del agua. Un camino. La hierba reflejando la luz del sol.

“Un bonito día”, pensó.


Se incorporó.

Inhaló aire fresco. ¿Había terminado todo? Sabía que en el interior de una singularidad cualquier cosa podía pasar. Pues las leyes físicas conocidas dejaban de funcionar una vez traspasado el horizonte de sucesos. Todavía estaba en guardia cuando oyó unos pasos acercarse por la vereda. Pasos diminutos y apresurados. Rápidamente cogió una piedra del suelo y se encaró enfrentándose al supuesto peligro que se acercara.

Por un recodo del camino apareció una niña.

Tendría unos siete u ocho años. Era una niña muy bonita. Con un vestido largo, estampado con cuadros azules y negros, de manga corta y acampanado, rematado en puntilla. La cintura estaba sujeta con un lazo de raso y los preciosos cabellos rubios, plagados de tirabuzones, estaban ceñidos por una diadema negra.

La niña interrumpió su carrera y se quedó mirando, absorta, para Rekler con unos fascinantes ojos azules. Él parecía hipnotizado con aquella súbita aparición. Finalmente la pequeña, más decidida, se acercó unos pasos e inclinándose hacia adelante preguntó:

- Disculpe señor… ¿Ha visto pasar un conejo blanco por aquí?


Kharvatos

COMENTARIOS

Comentarios: 1
  • #1

    Menšík (domingo, 30 septiembre 2012 01:34)

    Fine post dude