* MINIATURAS (por Tyndalos)

1.
o puedo saber en qué clase de asuntos andará metida. Hace dos días que desapareció de casa sin dejar el más mínimo rastro. Nada de pistas. Nada de indicaciones sobre su viaje. Se fue, y eso es todo. El capitán Lewn, del distrito de Mirione me telefoneó la noche pasada. Una chica de sus características había sido vista en compañía de unos extranjeros sospechosos en la autovía que va de Mirione City hasta la frontera. Eso significa: “muy lejos de casa”. Peor aún, eso quiere decir: “malas amistades”. Ella ya es mayor de edad, pero no es la clase de muchacha que se va, deja a su padre solo y adiós muy buenas. No, Carla no es así. El capitán me advirtió que siendo adulta, legalmente, de momento nada más se podía hacer. Nada salvo recabar informaciones de las otras policías de los estados vecinos. Un ojo puesto a lo largo del país, un enorme país. Las acciones legales tendrían que aguardar un tiempo.

2.
Siempre sospeché que Carla mantenía ciertos contactos con la secta. Conciencia Estelar era un grupo bastante extraño. Que Carla tuviera amigos chiflados no era de extrañar. Vivimos en un mundo tan enloquecido. Ese medio novio que se echó, Fabro, creo que se llamaba. Fue el primero al que visité, cogiéndole de las solapas: “no sé nada de su hija”, decía casi llorando, “se lo juro”. Según él, llevaban un mes sin hablarse. La policía, el mismo Lewn en persona, estuvieron encima de él. Nada vieron de sospechoso. El chico también había abandonado Conciencia Estelar y se había hartado de sus ritos. Fabro aseguraba que Carla deseaba seguir con la iniciación. Se habían peleado, y mi hija siguió adelante con los chiflados.

3.
Parece ser que los de Conciencia Estelar se dedican a hacer avistamientos de ovnis. Salían al campo determinadas noches y esperaban la venida de sus “nuevos dioses”. Al parecer, según el capitán, aquello degeneraba muy frecuentemente en excesos de sexo y drogas. Pero lo hacían en descampados sin vecinos cerca, y nunca pillaban a menores de edad. Así que la policía se abstenía de toda intervención. Si ahora se acercaba a la frontera, podría perderse su pista para siempre.

4.
Fui al cuarto de Carla. Montañas de libros sobre platillos volantes. Miles de páginas impresas con toda clase de patrañas. No podía comprender por qué me había despegado tanto de Carla desde la muerte de su madre. A fin de cuentas estábamos solos Carla y yo, no nos quedaba más familia. Pero compartiendo una misma casa, nos habíamos dado la espalda. Su mundo no era el mío. Tan sensible como su madre, ya desde pequeña vivía en un mar de intuiciones, no de hechos objetivos. De niña decía escuchar palabras de los muertos y recibir mensajes de los ángeles. Los psicólogos decían que no era motivo para preocuparse. No todos gozamos del mismo carácter. Carla sentía lo que los demás no podemos. Una noche, poco después de graduarse, me dijo: “¿Sabes? He visto a mamá. Se encuentra muy sola, fría, y hay muchas almas con afán de hacerle daño, allí en su Casa de los Muertos”. Frivolicé sobre el comentario y cambié de tema. Tras la cena, aquella noche se encerró en su cuarto y puso la acostumbrada música heavy a todo volumen. No comprendía a mi hija: en realidad nada sabía sobre ella.
5.
No podía aguantar más. Tomé el coche y sin ningún preparativo viajé hacia Mirione con el objeto de averiguar algo. Ni siquiera telefoneé a Lewn, no fuera a tomarme él por un chiflado. Eran muchas millas de autovía en pleno desierto. Hacía frio y de vez en cuando el sol se tapaba, según creía yo, por efecto de pequeñas nubes pasajeras. Pero cuando ya llevaba casi ochenta millas recorridas, lejos de cualquier núcleo habitado, miré hacia arriba y pude comprobar que la intermitente sombra en el sol no era la de una nube: era un objeto plateado, casi incandescente. ¿Un avión? ¿Me perseguía una avioneta o helicóptero desde hacía rato? No lo creía probable. Pero el objeto era grande de verdad. Y de una forma muy poco corriente. Lenticular y, al tiempo, alargada. Veloz, con unas facultades de maniobra que me dejaron estupefacto. Paré el coche, arrimándolo al arcén. Ni un solo vehículo en la autovía. Nada ni nadie. Solo las madejas de hierbas secas que, como enormes arañas peludas, atravesaban el asfalto. La aeronave parecía…mirarme. En efecto: era una especie de ojo. Se acercaba con recelo, gradualmente, evolucionando en el aire como no lo había hecho nunca un artefacto construido por el hombre. Pronto lo tuve encima de mí. De él surgió un túnel verdoso de luz. No sé cómo, pero me vi ascender. Ingrávido, penetré en la nave. Allí había ojos por todas partes. Ojos de luz que me escrutaban e introducían en mi cabeza un sinfín de pensamientos. Extraños pensamientos que no lograba incardinar. Algunos se referían a Carla. Uno de los ojos brillantes, dotado de seis u ocho pedúnculos, un ser repulsivo, me tomó del brazo con una de sus extremidades y me hizo mirar por unos tubitos. Lo que vi allí me produjo un dolor, una tristeza, un deseo de morir indescriptibles. Allí vi a Carla y a varios miembros de la secta Conciencia Estelar ¡reducidos de tamaño! Carla, convertida en una miniatura, gritaba entre sollozos al verme. De su vocecilla pude entresacar estas palabras: “¡Lo había soñado, lo había soñado desde que tengo recuerdos!”. Mi pobre hija había servido de puerta de acceso a estos demonios del espacio. Poco a poco nos van coleccionando. Dios sabe cuánto tiempo tardará la humanidad en sucumbir.
*** *** *** ***
Transcripción realizada por el capitán Stanley J. Lewn a partir de unas cintas magnetofónicas desaparecidas misteriosamente en la Oficina de Policía de la ciudad de K. El autor de las declaraciones se ha suicidado en su propia celda, después de ser hallado inconsciente en la autovía del desierto de Mirione. El encargado de la investigación, el capitán S. J. Lewn, se ha ausentado de su puesto sin mediar ninguna justificación. Se cree que también ha podido perder la razón.

Tyndalos

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