* ME LLEVAN CONSIGO (por Tyndalos)

Texto hallado en el diario de G. P.

uando Peg me llamó diciendo que había perdido el tren y que no llegaría hasta mañana, simplemente puse cara de fastidio. Esas cosas pasan, hay que asumirlo. Nuestro fin de semana en el campo quedaría mutilado en su primera noche. Me tocaba dormir solo en un viejo caserón. La resignación se apoderó de mí. El coche me dejó frente a la verja. Un letrero mugriento ponía “Casa Rural”. La verja carecía de candado y el óxido había hecho mella en ella. Unos robles inmensos formaban una alameda en el sendero particular, y el edificio todavía no se podía ver en aquella especie de bosque privado. La verdad es que en el folleto la casona asturiana que se anunciaba era impactante. Una especie de palacio austero, sólido como un castillo y perfectamente integrado en el estilo tradicional del Oriente, con ciertas influencias de la arquitectura montañesa de la época del barroco. El linaje que alzó aquella mansión se había extinguido tiempo ha. El palacio se empleó durante un tiempo como cuartel en las guerras carlistas, e incluso como cuadra. Alguien forastero lo debió adquirir recientemente. Pero todo el aspecto de la finca era descuidado en extremo. No parecía un lugar muy del gusto de turistas. Demasiado barato nos había parecido a Peg y a mí como para ser cierto. Pero creíamos que las oportunidades de oro existían. Ahora me estaba arrepintiendo.

Al llegar a la corrada, el aspecto mugriento y semiderruido de la edificación se hizo evidente. Las cosas pintan diferentes en un folleto que en la realidad. El esplendor del pasado se había perdido por completo. La piedra vieja y devorada por la hiedra no ofrecía una impresión de bienestar y seguridad, que es el que suelen ofrecer las otras casonas asturianas que se restauran para los turistas. Nada de eso. Era un lugar…enfermo.

Nada más introducir la enorme llave en el portalón principal, una extraña sensación vino a embargarme. No era la humedad. No era la decrepitud del lugar. No era nada descriptible en palabras. Se trataba, en suma, de un lugar lleno de insania.

Me dispuse a pasar la noche en aquel sitio que por momentos me estaba pareciendo espantoso. Encendí la lumbre en la enorme chimenea blasonada del salón. Los troncos chillaban. A mí me parecían almas condenadas en el infierno, seres que pagaban con dolor por todos sus pecados. La luz eléctrica se iba y venía, de modo que hube de encender las velas dispuestas en candelabros del siglo XVII. Las sombras en las paredes sobredimensionaban los alambicados dragones y serpientes del metal que soportaba la cera. Los cuadros de nobles de gesto adusto, todos vestidos de negro, mirando recelosos al nuevo intruso, no eran motivos tranquilizadores, precisamente. Una vez que me hice un café caliente en la cocina, decidí subir a la única alcoba habilitada para los clientes. Se hallaba arriba, en la planta principal, al final de un laberinto de puertas cerradas que sólo Dios sabría qué clase de misterios encerrarían. ¡Si lo por menos tuviera a Peg a mi lado!

Me acurruqué en la enorme cama torneada, tras encender el calor de la chimenea de la alcoba. Había traído conmigo, nada menos, que la Historia de los Mundos Inferiores, del Barón von Höffen, discípulo de von Juntz. Poco acertada había sido mi decisión. Meter en la maleta aquel voluminoso tratado, repleto de siniestras descripciones y teorías esotéricas, no fue lo mejor habida cuenta del lugar donde iba a pasar la noche. Pero ¿quién iba a suponer que mi Casa Rural era un nido de fantasmas, y además que iba a pasar solo toda la noche? Si estuviera Peg, mi chica escocesa… ella sí que sabe de castillos embrujados e historias de aparecidos.

*** *** ***

Trascripción hallada en el buzón de voz de Peg. A. L.

Pero ¿digo bien? ¿Aparecidos? Llevo tres horas leyendo, no puedo dormir. El tap-tap de abajo…Sí ¿no lo he dicho? Hace un rato que percibo un tap-tap-tap en la planta inferior. Al principio pensé que sería un grifo goteando. Luego me incliné por la hipótesis de la chimenea. Esos troncos húmedos ardiendo… suelen hacer pequeñas explosiones en la combustión. No, no me debo engañar. Es un sonido semejante a unos pasos. Son unos pasos furtivos. Seguro. Son pasos de una criatura pequeña, ágil. Los pasitos se acercan a la puerta de la alcoba y después se van. Dios. Dios. Dime que estoy solo en la casa. No hay nadie. No puede haber nadie. ¿O sí? Quién sabe cuántas personas más poseen copia de la llave. Además, no debe ser tan difícil entrar por los enormes ventanales de abajo.

De abajo viene un pequeño resplandor. La chimenea lo produce. ¿O no? Y ahora, fíjate ahora. Una sombra –quizás unos pequeños pies- una sombra oculta la luz de vez en cuando. Es como si una pequeña criatura pusiera sus oídos junto a mi puerta para espiarme. O quizá pone unos ojos en la cerradura. Debo ser un hombre de más valor. Me levanto. Encenderé el candelabro y sabré qué clase de pillo se ha colado en el caserón.

Pero voy a hacerlo con sigilo. Vaya. Los muelles. Esta cama me denuncia. Criiiiiii. Muelles de somier antiguo. Escucho el tap-tap-tap-tap huyendo. No puedo más. Voy a abrir la puerta, incluso sin luz.

La abro. Nada.

Doy al interruptor. Lo habitual. No hay luz.

- ¿Quién anda ahí?

Nada.

- ¿QUIÉN ANDA AHÍ?

Tras unos momentos de silencio, un horrendo silencio, oigo risillas. Pequeñas risas burlonas, hirientes, nada humanas. No lo puedo soportar más. Decido bajar, a trompicones, a oscuras, dando golpes contra la barandilla y gritando improperios pa hacer escapar de mi el mismo demonio del miedo.

- (…)

Al llegar al salón les veo. Son formas huecas, como irrupciones de una materia desconocida en un espacio que no es el suyo. Antes de llevarme conmigo, una de las bocas vacías me habla, ¡escucha! :

-- Ven. Con nosotros te irás para siempre.

Tyndalos

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