* MATERIA PRIMA (por Tyndalos)

a no recuerdo cuándo llegaron las esporas. Fue un día tórrido de verano. Cuando el sol apretaba con fuerza, la Ciudad-Mundo se volvía medio loca. Yo me estaba volviendo chiflada también. Me pasaba horas en la cabina de la ducha, desnuda, a la espera de que llegaran las gotas de agua que me correspondían por orden de Distribución Universal. En verano era imposible salir. Todos los tubos de aire acondicionado del planeta creaban un ambiente irrespirable. Y luego, con el calor, salían las bandas. ¡Dios sabe de dónde habrá salido esa gente! Hay quien dice que de los barrios polares. Había sufrido la cuarta violación ese año, y los neuroparalizadores ya no servían de mucho. Siempre hay antídotos para todo. Pero aquel año fue especial. Más calor de lo normal.

Empezaron a salir las esporas.

Las esporas. Sí, unas bolitas blancas y peludas. Yo creía que eran huevas de algún nuevo bicho. Distribución solía decir que el calor, y por encima de todo, nuestra “conducta anti-solidaria”, provocaban la aparición de nuevos bichos, mutaciones y cosas así. Pero, la verdad, aquellas bolitas eran raras y difíciles de comparar con nada. Palpitaban. Crecían a ritmo vertiginoso. Se movían por pseudópodos. Eran untuosas al contacto…

Ya sé cuando las noté por primera vez. Estaba en el tubo de la ducha. El lugar más fresco de mi apartamento. Había quedado con Carla, mi ligue de entonces, a las seis. Ella vendría a casa, traería una botellita, y pasaríamos la noche aquí, tan ricamente. Distribución Universal practicaba cortes energéticos muy frecuentes. Si uno de ellos pillaba a Carla en el camino…Una se podía morir de calor, o ser secuestrada en el metro por las bandas, o…Pero ya no me preocupé más por Carla ni por nada. Una especie de mano grasienta ascendía por mi pantorrilla. Grité de asco. Un bicho, un mutante del calor, pensé. Pero no, eran las esporas.

Detrás de la primera, vino otra. Y no sé de dónde, cuatro o cinco más. Subían, emitían unos zarcillos y unas pequeñas patas articuladas y entonces, transformadas en arañas, recorrían sin remedio todo mi cuerpo. Se aferraban a la piel con ganchos o garras microscópicas. Y el efecto de tomar contacto con ellas era urticante. Yo tenía la sensación de estar siendo sometida a un envenenamiento progresivo. En efecto, allí, desnuda y apoyada contra el cristal de la cabina de ducha, la cabeza se me iba y sólo podía observar cómo de esas esporas iban surgiendo unos seres repulsivos, con ojos articulados y enormes probóscides que lamían ansiosamente la piel de mi cuerpo. Ni siquiera cuando llegó el chorro de agua de la ducha, las criaturas se desprendieron. Estaban agarradas con firmeza a mi cuerpo y poco a poco me iban paralizando y sedando. Una de ellas, la más aventajada en cuanto a velocidad de crecimiento, se colocó frente a mí, enorme y negruzca, con unos ojos lascivos y múltiples. Me tuve que entregar a ella por completo. Toda fui suya. Me arrastraron después al exterior de la cabina y, muy aturdida, observé cómo a unos metros escasos ya estaban dando cuenta de la pobre Carla, que había entrado en el apartamento con la llave que yo le prestara. De su cuerpo salían larvas azuladas y verdosas, algunas dotadas de alas. Su boca, antes fresca como una rosa, parecía ahora un volcán de insectos alienígenos, que en masa apelotonada entraban y salían, entraban y salían. Por todos los orificios de nuestros cuerpos humanos sucedía lo mismo. Después de eso… perdimos la voluntad.

Posiblemente, los humanos hemos creado el nicho perfecto para esta especie parásita. No sé de donde vinieron. Posiblemente de un planeta muy lejano, pero lo importante es que nosotros les hemos dejado en bandeja este alimento y esta progenie de esclavos. No han acabado con el género humano. Hubiera sido lo mejor. Pero no. Somos la materia prima de su inmunda estirpe.

Tyndalos

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