* LUCES (por Tyndalos)

s un fenómeno frecuente en los últimos tiempos. Aparecen esas luces y luego se enmudece todo. Ni un perro ladra, ni un pájaro trina. Nada. El más asombroso silencio, la quietud más insoportable se apodera de la comarca. Da igual que hablemos del centro del pueblo o de la campiña circundante. Todo se duerme y espera. En efecto: es como si se tratara de una lenta y ansiosa espera. Una de esas calmas que preceden a las tormentas.

 

Pero aquí no hay rayos luminosos. En el cielo, durante esas noches de locura, sólo pueden verse unos chispazos y unas bolas de luz que se deslizan caprichosamente por el negro firmamento. Nada más…hasta hoy.

 

Hoy por la noche las cosas están tomando otro cariz. Las luces son más numerosas, y su “baile” parece más frenético. Además, son luces que…que ¡chillan! Y por todos los santos: sus chillidos me parecen espantosos.

 

La gente se ha encerrado en sus casas, como siempre. La gente del gobierno no acaba de creernos. Hubo intentos, incluso, de encerrar a nuestro alcalde en un manicomio. Pero aquí todos vemos esas cosas. La gente de las granjas más lejanas lo pasa muy mal. Pues ellos dicen que las luces se plantan delante de sus casas y que emiten vibraciones muy raras. No son habladurías de montañeses, no. Yo he pasado con mi furgoneta por una de esas granjas en medio de las apariciones. Era la casa de Dorrey, el maderero. Era como si las estrellas hubieran bajado a la tierra y hubieran decidido danzar alrededor de la vivienda del viejo. Eso fue hace un par de años, cuando empezó esta locura. Desde entonces Dorrey no ha parado de beber. Algunos otros, si no estaban locos ya se han vuelto majaras del todo. Los Bayllor, los Donatti… en fin, toda la gente de los contornos ha presenciado alguna vez el espectáculo de las luces, pero no habla de ello. Prefiere callar.

 

Lo peor es el capítulo de las desapariciones.

 

Se han llevado a niños. También desapareció Loreena, la novia de Jim Bayllor. Todo el mundo dice que ha sido cosa de las luces. Algunos chiflados de la tele han aparecido por el pueblo con sus preguntas. Dicen que son OVNIS. Otro de ellos, venido del Este, me invitó a una cerveza y me preguntó en el bar si no serían los espíritus. Dice que en la ciudad la gente ya no cree en los platillos voladores sino más bien en fuerzas del espíritu, almas que se proyectan en el cielo o no sé que rollos. Están como cabras. Yo solo sé que son luces, y que después desaparecen muchas cosas: casi siempre animales, pero también personas.

 

Esa luz de allí arriba parece que se acerca. Se acerca demasiado. Esto no me está gustando. Y cómo baila. El alcalde no está en casa. Y ahora este maldito coche no arranca. Y ya se acerca demasiado. No la mires. No la mires. Voy a quedarme ciego. Abrasa. Cómo abrasa. Es una luz muy intensa, y es como una bola de fuego, es…

 

Algo se abre en su interior. La bola de fuego se abre y veo unas sombras que salen de su centro. Cuerpos largos, finos. Bueno, parecen humanoides como en el cine pero, pero…¡No! ¡No son humanoides! Era una ilusión mía. Tienen muchos brazos, muchas antenas. Y unos garfios enormes. Vienen a por mí. De reojo veo al alcalde en el suelo, derribado por una de esas bolas. Le devoran: esos seres le devoran. Y la noche parece día. Bajan más luces y todo se vuelve como en una fiesta de fuegos artificiales. Pero vienen para quedarse.

 

Son horrendos. Su mirada es reptiliana y sus garfios son insaciables. El mundo les pertenece.

 

Tyndalos

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