* LOCO (por Tyndalos)

l Dr. Preuss me dejó libre. Dice que estoy sano. Más sano que una rosa. El Dr. Preuss es un gran psiquiatra. Dice que sirvo para la vida social, que puedo irme por ahí a pedir un trabajo. Que me busque una chica bonita que me quiera. Que me arregle, que salga a hacer vida social y que haga amistades. El Dr. Preuss sabe lo que es mejor para mí. El me quiere también. Es un sabio y un gran ser humano. Nunca conocí a un padre. El Dr. Preuss es mi padre sustitutivo. Me ha dado el alta. Ya no estoy loco. Ya no soy el que era.

 

Es mi primer día libre fuera del sanatorio. Las calles están abarrotadas de gente. Es un viernes por la tarde. Las chicas huelen bien. Se han duchado para buscar novio o encontrarse con el que ya tienen. Las palomas de las plazas gorgotean. Los niños chillan felices, pues mañana no hay colegio. Los viejos sentados en sus bancos añoran sus años mozos, y sujetan las barbillas a los cayados. Los años les pesan pero se aferran a la vida.

 

Pero a mi me miran.

 

Me miran como a un bicho raro y yo no lo puedo soportar.

 

Deben ser mis ropas. Pasadas de moda. Debo parecer un loco salido del túnel del tiempo. Pero eso es precisamente lo que soy.

 

Me miran por mis pantalones, demasiado estrechos y acampanados por abajo. No, me miran por estas gafas de pasta que ya nadie usa. Tampoco: me miran porque las inyecciones me han causado una deformidad en los andares, tengo una motricidad completamente anormal.

 

Y mi cara, tan inexpresiva. Acabo de hacer llorar a una niña por acercarme a ella. Sólo quería devolverle un juguete que se le había caído.

 

Quizá yo les miro demasiado fijamente a su vez, con ojos como platos. Son efectos que te dejan las drogas contra la esquizofrenia. Pero no. ahora son ellos los que me miran fijamente a mi. No soy un animal de zoológico. Soy humano, joder. ¿Por qué no me dejan?

 

Se acercan. Son media docena de personas. No, veinte o treinta. Llevan cuchillos y palos en las manos. Me insultan. Me odian. Yo no hice nada malo a nadie.

 

Echo a correr. Se estrecha el círculo en torno a mí. Un policía dispara. Me alcanza la pierna. Caigo al suelo. Yo ya no estoy loco. El Dr. Preuss no se puede equivocar. Ellos se han vuelto locos. Son ellos, el mundo, los que están enfermos.

 

 Me miran ¡y cómo!

 

Veo sus caras. Me da igual que sean hombres o mujeres. Niños o viejos. Todos poseen el mismo rostro.

 

Con el gesto sereno y paternal del buen Dr. Preuss, todos me hacen daño: van clavándome puñales y asestándome golpes con barras de acero, culatas de fusiles y palos repletos de clavos. La sangre ya me sale de la boca.

 

Gracias, Dr. Preuss. Es Vd. como mi padre.

 

Tyndalos

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