* LIBERACIÓN (por Tyndalos)

esde que me encerraron, no había visto la luz del sol. Nada puedo decir sobre la vida. Esta celda era mi tumba en vida. Casi nunca salíamos al patio, pero la posesión y lectura de ese libro me había llevado a esto. El Superior dio la orden con gesto impávido. Su rostro era duro como el mármol. Recibía la comida a través de una compuerta que el monje guardián abría con llave. Solo podía ver su mano huesuda empujando una pequeña cazuela con restos de comida, a veces en estado de descomposición. Una vez pude ver una rata. Sorprendentemente, esta irrupción de la naturaleza viva en mi pequeña celda fue un motivo grande de alegría. Empecé a darle vueltas y más vueltas en la cabeza a la posibilidad, en sí misma inverosímil, de hallar una escapatoria. Si una rata pudo entrar, también habría podido salir por Dios sabe qué galerías. Quizá yo pudiera ampliar el túnel con mis manos. Quizá. Quizá. Quizá.

 

Todo a mí alrededor se encontraba inundado por la oscuridad. El orinal que había en la esquina solamente se renovaba una vez a la semana. Era por el olor por lo que yo conseguía orientarme para llegar a él. Dos monjes con garrotes entraban cada sábado y lo vaciaban. Allí se criaban numerosas moscas. Al igual que Dios hizo el mundo en una semana, el orinal era fuente de vida, el recipiente criaba esos insectos azules y verdosos, gordos como bolas peludas que parecen alimentarse de orín y heces. Ellas también, las malditas moscas, eran criaturas de Dios. Ellas me hacían compañía con sus zumbidos incesantes, su zuuuuum, zuuuum. Ellas eran mis hermanas. El hombre no es mucho más que una mosca. También es hijo de Dios. Dios podría haber dado alma a las moscas y, en cambio, los humanos podríamos haber sido sus hermanos inferiores. Los que comiéramos sus mierdas. Los que fuéramos borrados de un palmetazo por insectos racionales que, en días insoportables de calor, nos espantaran y nos aplastaran contra la pared. Al principio mataba a miles de ellas, y sus cuerpos planos y pegados al granito eran para mí una especie de colección de víctimas, como los trofeos de caza que los nobles ostentan en sus casas. Yo también fui de origen noble. Mis padres habían mandado disecar un bonito ciervo. Después me disecaron a mí en vida, mandándome a este convento. Me habían enterrado en vida. Soy un segundón, eso es todo. Nunca habría herencia para mí. Pero jamás tuve fe. Al menos la fe de estos fariseos que se hacen llamar monjes. Me gustaba leer. Un día se me ocurrió leer el Tractatus de Von Höffen. Magia, dicen. Herejía, braman. Pura ciencia satánica. Me había dicho el Superior que era una suerte para todos que esto no llegara a oídos del Santo Oficio. El crimen se iba a resolver en casa. Y la Casa, este fétido convento, poseía sus propios horrores.

 

Me torturaron mis propios hermanos. Después vino esta tumba para vivos. La horrible celda del subsuelo.

 

Un día la compuerta se abrió por última vez. Junto a un mendrugo de pan, una pequeña nota. La papeleta decía: “Los infieles andan cerca. Muchos hermanos ya han huido. Adiós”.

 

¿Adiós? Un ataque de los moros. Esto era inaudito. No, no del todo. Debía tratarse de corsarios. Por la costa debieron llegar y después habrían debido subir la serranía para llegar hasta aquí, hasta el monasterio. No sería la primera vez. En la mocedad de mi padre ya habían ocurrido cosas así. Pero si la Casa se quedaba sin nadie, yo me quedaría solo. Nadie me traería la ración de comida y agua. Sería mi fin.

 

En efecto, pasaron horas, creo que días. Al no recibir mi sustento, perdí la noción del tiempo. Si subsistí más tiempo fue porque me las ingenié –con ayuda de Dios o de Satanás- para cazar a mi amiga la rata y así poder devorar su carne cruda.

 

Y entonces ocurrió.

 

La puerta del calabozo se abrió. Con un chirrido majestuoso. De par en par. Una corriente de aire, como el desfile de mil almas condenadas, se estrelló contra mi cara. Y al final del pasillo lóbrego, un resplandor. Una especie de luminosidad sin fuente, débil y sin embargo patente. Una respiración se oyó también. Una presencia. Una extraña, una imposible presencia.

 

La entidad me acompañó a lo largo de la escalera de caracol cavada en la tierra. Vino conmigo por los pasillos oscuros, entre cadáveres de hermanos asaeteados por los moros. No había muchos. Los desobedientes debieron huir a los montes, donde seguramente los piratas berberiscos también los habrían abatido con sus flechas y arcabuces. No me importaba ya nada de eso.

 

Cuando llegué ante el campamento de los moros, la entidad amiga se desvaneció. Antes de ello, parecía haberse despedido con su aliento gélido y su hondo respirar. Le di las gracias. Después saludé al caudillo de los piratas. En mi mejor idioma arábigo, manifesté mi voluntad de unirme a su fe y a sus andanzas. Quería hacerme berberisco. Nada me unía a mi vida anterior. Yo ya sabía qué era la muerte, y qué existía tras ella: seres que ayudan o que acechan con malignidad. De todo. En Berbería podría seguir estudiando las ciencias secretas. Allí habían traducido a Von Höffen. Después de muchos años, maté a miles de cristianos. Con las armas y con las artes ocultas. Y siempre di las gracias a ese ser del más allá.

 

Tyndalos

COMENTARIOS

Comentarios: 1
  • #1

    u=922673 (sábado, 13 abril 2013)

    This post was exactly what I was in search of!