* LA VIEJA HUESTE (por Tyndalos)

ougenn se sentó sobre una piedra lisa y secó el sudor de la frente. Los cuerpos de los giggors se esparcían sobre el suelo, bañados en su negra sangre. El caballero había sido entrenado para ello, para hender su espada en la pastosa carne de los invasores. Seis lustros ha que los giggors cruzaron la oscura frontera que señala el Bosque de los Enigmas. Su abuelo Heddian había repelido en el pasado una docena de intentonas de invasión en los confines del Bosque allá en la zona norte, en el camino hacia Sieggresund, la Ciudad de las Perlas Vivas. Pero a la postre, los giggors acabaron por infestar todo el Reino Azul. Se hallaban guerreros de esta especie maligna por todas partes. Aquí, allá y acullá hacían de las suyas quemando granjas, asaltando castillos, llevándose esclavos y prendiendo fuego a los sotos y campos de labor. La Orden Azul, apenas reconstruida por el abuelo de Rougenn, Heddian el de Luengas Barbas, les hacía frente con ardor y coraje, pero después de tantos años la moral se desvanecía. Las ofertas sibilinas de Ogke, el rey de los giggors septentrionales, hacían ya mella en las gentes del Reino. “Mejor será pactar con un enemigo al que nunca podremos vencer”, decían las gentes del pueblo. Y el Consejo de Senescales musitaba un deseo que nunca decía en alto: “El gran Ogke ha prometido conservarnos en nuestros sitiales y compartir con el Sacro Consejo su poder”. Sólo un puñado de caballeros de la Orden seguía manchando el filo de sus espadas con la sangre negruzca y pestilente de los giggors. El resto optaba, crecientemente, por entregarse y abandonar toda lucha.

Rougenn vio, en su descanso, una sombra que se escurría tras unos matorrales. Allí, tras unas ramas que se movían sospechosamente, la sombra de un giggor superviviente parecía huir furtivamente de la mirada de águila de nuestro caballero. “¡Detente, bestia!”, ordenó Rougenn. Pero la criatura se lanzó a la carrera entre la espesura. Si bien el caballero se encontraba exhausto tras la refriega, y había perdido a su querido caballo Lembo, fue en pos del monstruo enemigo, pues no era su deseo dejar a ninguno de ellos con vida.

Corrió y corrió, y el peso de la armadura ya se le hacía insufrible. Aquella parte del bosque parecía muy poco transitada, salvaje, repleta de zarzas y ramas de lo más hiriente. Furtivos ojos brillantes le escrutaban a su paso, pero Rougenn no disponía de tiempo para pararse. El aliento fétido del giggor parecía guiarle hasta las entrañas mismas del Bosque de los Enigmas, una región de la que se contaba un sinnúmero de historias terribles.

Y ni rastro del fugitivo.

Rougenn necesitó hacer otro alto en su carrera, cobrar aire. Hundió la espada en una masa acolchada de hojas secas que se acumulaban por millones, dificultando el paso.

Y entonces llegó ese canto.

Ese extraño y nada armonioso canto. Un runrún de voces como de ultratumba. Un coro de almas viejas, retorcidas, dotadas de la maldad y el odio de aquellos que ya nada quieren, ni esperan. Ni tan siquiera anhelan una venganza. Nada. Un coro de voces que surgía de la misma nada.

No tardó en percibirse el alarido inconfundible del giggor fugitivo, allá delante, lejos, en el corazón mismo del Bosque de los Enigmas. A él ya le habían atrapado. Rougenn, como buen guerrero, lamentó no haber sido él mismo quien le clavara la espada. El invasor había encontrado su fin ante un enemigo mucho más terrible e inefable. Pero, ahora, ¿qué sería de él? Rougenn Barba Gris, el nieto de Heddian Luenga Barba… Después de tantos giggors eliminados por obra de su implacable acero, no iba a desaparecer de este mundo por obra de una simple cimitarra de los invasores, peleando en una batalla normal. No: se lo iban a llevar unos espíritus malignos.

Así era. Vino el Mal. El Mal más profundo y antiguo que se pudiera consignar en los Anales de la Tierra. Una comitiva de almas pútridas, como huecos o como ascuas encendidas que no hacían más que chillar y danzar de manera frenética y, al mismo tiempo, solemne. Unos rostros movedizos e inexpresivos, como si fueran la conjunción de millones de guerreros condenados por toda una eternidad. En suma: la síntesis de todos los espíritus que algún día hicieron mal, pecaron u odiaron. Todos ellos, condensados en una hueste pecaminosa que avanzaba sin cesar hacia él, entre la vegetación, contaminando a su paso cuanto rozaban, lanzando una maldición ominosa a cuanto conservaba en la vida algo de vigor, de belleza, de noble afán por seguir vivo.

Ante ellos halló su fin el noble Rougenn.

Tyndalos

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