* LA TORRE DE CURUFRATA (por Tyndalos)

n otro tiempo las cosas no eran como ahora. Las brujas dominaban el mundo, y los niños no se atrevían a salir de sus casas, ni siquiera con sus papás. De entre todas las brujas había una, Curufrata, especialmente peligrosa y malvada. Era descendiente de las Antiguas Brujas del Bosque Oscuro, y nadie se atrevía a hacerle frente. Curufrata ya no vivía en el Bosque Oscuro, pero de vez en cuando regresaba al Palacio de las Brujas Antiguas para aprender nuevas Artes de Hechicería y así esclavizar a más niños. Debéis saber que la Bruja Curufrata poseía una torre inmensa en medio del Bosque Oscuro. Esa torre fue alzada en un pasado muy remoto, y allí guardaba desde hacía siglos a los niños que iba capturando por todo el mundo conocido. Allí, los sirvientes de la bruja los ponían a trabajar de sol a sol, y cuentan que a veces les sacaban la sangre para que Curufrata pudiera vivir eternamente.
María Xana era una niña muy alegre y vivía feliz no lejos del linde con el Bosque Azul. Sus papás le habían contado que el Bosque Azul era el resto del antiquísimo Bosque Oscuro, pero en esta zona la selva terrible había sido talada poco a poco por los aldeanos. Así, el Bosque Azul era en nuestros días una bonita mancha de árboles rodeada de praderas verdes repletas de vacas sonrientes y sonidos alegres de cencerros. María Xana se subía todos los días al corredor de su hórreo y desde allí oteaba las criaturas que salían y entraban del Bosque Azul. Cuando la niña terminaba su merienda y las tareas de la escuela, salía a carreras en dirección al Bosquecillo para ver si allí hacía migas con la ardilla, el tejón, la comadreja, o la raposina. Siempre procuraba que no se le hiciera de noche allí, porque los mismos animalillos, y no solo su papá y su mamá, le advertían que eso era peligroso.
- ¿Y qué más da que me pille la noche aquí? Este es nuestro Bosque, está cerca de casa y me conozco bien el camino.- Decía María Xana.
- Da igual –le había contestado la Señorita Ardilla—Has de saber que por la noche este bosquecillo se comunica con su Antiguo Padre y Señor, el Bosque Oscuro, que se extiende allá lejos. Y algunas de sus criaturas malignas vuelan hasta aquí. Y nosotros, los animalillos, debemos ponernos a salvo en nuestras madrigueras. Y tu “madriguera”, María Xana, es la casita donde vives con tu papá y mamá.
La tarde en que Señorita Ardilla le contó estas cosas, la niña regresó muy pensativa, caminando muy despacio. Allá a lo lejos se veía su “madriguera”. Papá traía leña que guardaba debajo del hórreo. La chimenea expulsaba el humo, sin duda para el rico pote que tomarían de cena. Guasón, el perrito de la familia, ya la saludaba a lo lejos con unos ladridos insistentes. Ya hacía bastante frío y el cielo se ponía oscuro. Fue entonces cuando entre unos bardales una voz susurrante le dijo.
- Xanina, hijita, veeeeen.
El susto que se llevó nuestra niña fue morrocotudo. Echó a correr por el sendero a toda velocidad, llamando a voces a sus papás. Éstos ya salían por la cancela preocupados por su hijita. María Xana no les dio detalles. Ya en sus brazos se limitó a contar que una bruja le había susurrado entre los matorrales del sendero.
- Peque: siempre te digo que no permanezcas hasta tan tarde en el Bosque Azul. – Advirtió su papá.
Esa noche María Xana tardó en dormirse. Imaginaba a la bruja rondando la casería, acechando entre las ventanas a ver si la raptaba y así convertirla en su sirvienta en el Bosque Oscuro lejano.
Pasaron los días y María Xana, que era muy alegre y despreocupada, llegó a olvidarse de los susurros de la Vieja. Era un día de fiesta y jugaba mucho con Señorita Ardilla y Raposina, dos de sus mejores amigas. Pero estos dos animalillos, que poseen un sentido especial que hemos perdido los humanos, se pusieron serios de repente y susurraron a la mocita:
-- ¡Escóndete, Xanina, rápido!
La niña obedeció, y se lanzó dentro de un tronco hueco del viejo castaño donde siempre jugaba a las casitas. Ardilla y Raposina también desaparecieron. En esto, María Xana vio cruzar el sendero a un curioso personaje. Era un hombrecillo mucho más pequeño que ella misma, pero algo viejecito, con barba blanca y larga que a veces pisaba al andar. Su gorro puntiagudo lucía estrellas y medias lunas de plata. Xanina pensó que, además de un enano, debía tratarse de un astrólogo o sabio. El hombrecillo buscaba afanoso por entre la vegetación, y alzaba al aire sus enormes narices, olisqueando como si se tratase de un animal.
-- No está, por aquí no está... – Esto era lo que rezongaba.
Pero, ay, mala fortuna tuvo la niña, pese a que contaba con un buen escondite. María Xana hubo de estornudar, después de que el picor en la nariz la torturara un buen rato.
-- ¡Aaaaachuuuús!
-- ¿Quién anda ahí? – Preguntó el enano sabio.
La niña quiso encogerse tanto como para desaparecer, pero las buenas orejas de un enano localizaron pronto el escondite. Una cara pequeña y curiosa se asomó por uno de los agujeros del castaño muerto.
-- Veamos, veamos... ¿Qué tenemos aquí? ¡Aaaah! ¡Ya veo! Una niña humana... Y además, sé como te llamas: María Xana ¿me equivoco, pequeñuela?
La niña salió del tronco seco. El hombrecillo no parecía albergar malas intenciones con ella. Xanina, sorprendida, y con menos miedo, le preguntó:
-- ¿Cómo lo sabe, señor enano?
-- Pues porque soy un Rescatador. ¿Que no sabes qué es un Rescatador? Bueno... ya quedamos pocos. Verás. Vigilo todos los bosques que hay en los alrededores, todos los que son hijos del Bosque Oscuro. En ellos domina todavía la famosa hechicera Curufrata. ¿Has oído hablar de ella? ¿Sí? Veo que te suena su nombre. Ella te ha vigilado todos estos días de atrás. Lo he podido ver a través de mi bola de cristal. Curufrata es mi enemiga desde tiempos inmemoriales. Ella ha jurado darme caza y después comerme guisado con patatas. Pero soy más listo que ella. ¿Sabes? Poseo la Ciencia Luminosa. Ella sólo posee la Vieja Ciencia Oscura, es decir, magia de pacotilla.
María Xana se asombraba. Sus papás le tenían dicho que los susurros no eran otra cosa que imaginaciones suyas al volverse el camino muy oscuro en el atardecer. Ahora veía, además, que todo cuanto le habían contado los animalillos era cierto, y que su sabiduría era muy diferente a la de los humanos. Los papás, los maestros, en definitiva, los mayores, nunca le hablaban de Curufrata, del Bosque Oscuro y de cosas así.
-- Y ahora que te he encontrado, María Xana –siguió diciendo el enano sabio- debes saber una cosa. He leído en tu corazón, pues los Rescatadores disponemos de ese don. Y sé que eres una niña muy valiente. Por eso me vas a ayudar.
María Xana abrió unos ojos como soles. Por un lado quería correr aventuras y ser más valiente que los caballeros de las viejas historias, dedicada en cuerpo y alma a darle a las brujas su merecido. Pero, por otra parte, sentía miedo. El enano Rescatador parecía de fiar, pero la bruja Curufrata era reina entre las brujas, una hechicera de las más importantes... Además, papá y mamá, así como Guasón, el perrito de la familia, todos ellos iban a sentirse muy angustiados.
En esto, la Señorita Ardilla y Raposina, que habían escuchado desde sus escondites toda la conversación, salieron al camino y tras unas reverencias muy gentiles al enano sabio, dijeron:
-- Xanina, nos tienes que ayudar. Sólo una niña conoce bien los sufrimientos de los otros niños. El Señor Rescatador ya fue en otras ocasiones al Bosque Oscuro, y para sacar a los chicos que están presos en la Torre es preciso que vaya otro cachorrillo humano para sentir las vibraciones de sus semejantes. Nosotras iríamos, pero no serviría de nada. Curufrata nos odia también, pero para ella solamente somos animalillos silvestres. Y nosotras no podríamos detectar donde están los niños prisioneros.
El Rescatador añadió, a su vez:
-- Eso es completamente cierto. La torre es por dentro un laberinto gigantesco. Es un lugar espantoso, lleno de mazmorras. Podríamos tardar años en encontrar a los niños. Podríamos perdernos dentro para siempre. Yo estuve allí varias veces y te aseguro que no fui por gusto. A veces me acompañaron personas mayores, caballeros con armaduras y espada, y de nada sirvió toda su fuerza. Carecían del instinto que poseen los niños para hallar a otros niños. Yo necesito a una personita valiente. He dirigido mi telescopio en todas las direcciones alrededor del Bosque Oscuro y te aseguro, María Xana, que esa criatura eres tú y solamente tú.
La niña miró alrededor. Raposina y Ardilla le animaban. También el señor Cuco y el ratón Mur. Después miró a lo lejos, y se podía ver la casería donde sus papás debían estar viendo la televisión, o trabajando en el jardín... El enano leyó su pensamiento:
-- No hay tiempo para despedidas. Solamente Dios sabe lo que esa bruja va a hacer con los niños. Me llegan vibraciones muy fuertes, presiento algo malo. Hay que partir.
María Xana dijo, “¡Vale!”, y anduvieron en dirección del Bosque Oscuro. Allá a lo lejos se veía una mancha casi negra y enorme. A su lado, el bosquecillo de juegos de la chicuela parecía un juguete. Pero hubo que caminar muchas, muchas leguas. La Señorita Ardilla y Raposina acompañaron al Rescatador y a la niña durante gran parte del trayecto. Pero en cuanto las estribaciones del gran Bosque Oscuro se vieron como a tiro de piedra, los dos animalillos empezaron a temblar. Su instinto les lanzaba advertencias. El señor enano lo comprendió y les dijo:
-- Gracias por vuestra compañía, amiguitas. Pero el Bosque Azul es vuestra casa y sé que solamente allí encontráis seguridad. Deseadnos suerte y volved. Seguro que en poco rato nos volveremos a ver felices, y a partir de entonces podréis jugar con Xanina tranquilas y seguras para siempre.
Raposina y Ardilla se volvieron, tras dar un beso muy cariñoso a su valiente amiga.
El Bosque Oscuro no tenía nada que ver con el pequeño sotillo en el que María Xana acostumbraba a jugar. Aquí había mucho silencio. Un silencio angustioso, unos árboles gigantes que parecían mirar con ojos y susurrar con enormes bocas. Además parecía de noche, de tan espesa que resultaba ser aquella selva. El enano tranquilizaba a la niña todo cuanto podía, hasta que por fin divisaron una enorme torre de color blanco, como de nácar. Casi no tenía ventanas. Apenas una estrechas saeteras por donde solo cabía una nariz, allá arriba, muy cerca del capitel puntiagudo, como si fuera el gorro cónico de un mago. Tampoco se podía ver ninguna puerta de acceso, y eso que dieron en redondo una vuelta a la construcción, a prudente distancia. Pero el Rescatador entonces explicó:
-- Yo ya sé que no hay puerta para entrar, amiguita. Sólo estamos comprobando que esa vieja gruñona no anda merodeando por los alrededores. Como es una hechicera, ella puede entrar con sus víctimas y esbirros a través de una buhardilla en el tejado. La fortaleza es inaccesible... bueno, casi inaccesible.
Y María Xana intervino entonces:
-- ¿Cómo? ¡Dime como has entrado las otras veces!
El enano sabio le mostró una trampilla escondida bajo unas ramas secas de árbol.
-- ¡Mira!
Bajaron unos escalones muy hondos que conducían a un pasillo angosto, en el que no podía verse nada de nada. Por suerte, la magia del hombrecillo hizo que su nariz se iluminara como una linterna y así pudieron avanzar.
-- Solo yo conozco este pasadizo –susurraba el enano Rescatador-- Curufrata no sospecha nada, siempre ha pensado que mis incursiones de otras veces se pudieron hacer gracias a la magia. Nada de eso. La hechicera sabe del pasadizo, y no lo cierra por si algún día vienen sus enemigos a someterla a un asedio. Así ella podría escapar incluso desprovista de sus poderes mágicos. Pues incluso a la reina de las brujas se le pueden agotar estos poderes para hacer el mal. Ella no tiene ni idea de que yo conozco el pasadizo secreto. Tampoco sabe que yo soy tan viejo como para haber presenciado la construcción de este torreón.
La niña se asombraba de un modo indecible. Las leyendas que el señor maestro y sus papás le habían transmitido aseguraban que aquel torreón había sido alzado hacía miles de años, en los lejanos tiempos de lucha entre brujas y caballeros.
Al fin llegaron a una portezuela que abrieron con sigilo. Una escalera gigantesca de caracol comunicaba con los niveles superiores. Ascendieron, siempre con la ayuda de la nariz iluminada del enano. María Xana temblaba, pues ya se percibían raros sonidos. Algunos parecían ser quejidos de los niños esclavos en las mazmorras. Otros, debían ser las carcajadas de los gnomos y demás monstruosos servidores de Curufrata. El Rescatador se concentró, como haciéndose un plano mental de la fortaleza. Luego, apremió a la niña:
-- Dime, niña valiente. ¿De dónde te llegan las vibraciones?.
María Xana, aunque no quitaba ojo a los murciélagos que colgaban de las bóvedas y techos de aquella mansión siniestra, no sentía ninguna duda. Las vibraciones de muchos niños en aprietos procedían de un pasillo en particular. Lo señaló con el dedo, y por allí fueron, dejando a sus espaldas muchas otras puertas y galerías oscuras.
María Xana empezó a sentir muy pronto las vibraciones con una grandísima intensidad. Eran otros niños y niñas como ella que sufrían. Únicamente una personita de muy buen corazón poseía esa capacidad para sentirlo, por eso el enano la había elegido.
Los quejidos ya se percibían muy cerca, cuando unas botas pesadas como de hierro doblaban la esquina. ¡Eran los guardianes de las mazmorras! Curufrata había reclutado docenas de gnomos y trasgos salvajes del Bosque Oscuro para servirla en sus malvados proyectos. El hombrecillo sabio, al notar que no había tiempo para esconderse, aumentó la intensidad de luz de su larga nariz. Las horribles criaturas retrocedieron cegadas y con un gran susto en sus cuerpos. Unas palabras mágicas del Rescatador y, al instante, los guardianes se quedaron inmovilizados como estatuas.
-- ¡Aprovechemos! ¡Ayúdame a abrir las mazmorras! – ordenó el enano sabio a Xanina.
Docenas de niños salieron de las celdas. El sabio Rescatador les apremiaba a que corrieran escaleras abajo. Cuando ya se hubieron liberado los últimos niños de la mazmorra final, en el extremo de la galería, raudo se puso el Rescatador a la cabeza de la fila de niños que corrían despavoridos, aunque con alguna esperanza renovada. Sabían que esa noche se iban a quedar sin sangre, para luego, ya sin alma, servir eternamente a Curufrata. María Xana cuidaba a la cola de la fila de niños de que ninguno de ellos se quedara rezagado. Constantemente, y con el corazón latiendo a gran velocidad, la buena mocita vigilaba por si algún monstruoso gnomo guardián les perseguía a sus espaldas. Nadie les perseguía, al parecer, pero la vieja hechicera no iba a tardar en darse cuenta de la liberación de los niños.
Bajaron a trompicones la escalera de caracol, y ya en el túnel de la salida casi se sentían a salvo. Pero cuando el haz de luz que despedía el enano sabio iluminó el exterior de la trampilla, la decepción fue mayúscula.
Allí, bajo la luz de una luna llena enorme y blanca, el rostro horrible de Curufrata les aguardaba. Y detrás de ella, podían verse trasgos salvajes con hachas, lanzas y ballestas. Ninguno tenía cara de buenos amigos, por supuesto.
-- ¿Y a dónde se creen que van todos estos pilluelos?- dijo la Vieja.
Incluso el enano sabio dio un grito. Curufrata había descubierto en muy poco tiempo la única vía posible para que los niños y el Rescatador emprendieran la huida. Ahora allí, en medio del Bosque Oscuro ¿qué iba a hacer con ellos? .
La bruja dio orden de que salieran todos, recordándoles que una patrulla de gnomos ya venía por el túnel, a sus espaldas. No le sorprendió mucho ver al enano Rescatador, su viejo enemigo. Luego contó a todos sus pequeños prisioneros para estar segura de que no faltaba ninguno. Pero se asombró mucho al ver al final a María Xana, la niña valiente que había intentado capturar unos días atrás, de vuelta a casa desde el Bosquecillo Azul
-- ¡Aaah! De modo que también estás tú, ¿eh? Has venido a mí por tu propio pie, pequeña...-Y rompió a reír a carcajadas, seguida por los trasgos y gnomos que le acompañaban.
Pero entonces, cuando el Rescatador ya se sentía abatido, y la valiente María Xana iba a derramar sus lágrimas, sabiendo que todos aquellos niños raptados, más ella misma y el señor enano habían llegado a un terrible final a manos de la bruja, un ruido entre los árboles gigantes del Bosque Oscuro había comenzado a percibirse.
Gruñían lobos y zorros. Los búhos y las águilas chillaban amenazadoras. Tejones, comadrejas, ratas y ratones, ciervos y osos, ¡oh!, osos enormes, de mirada fiera y voz ronca... Un ejército de animales venidos de todas partes habían tomado posesión del Bosque Oscuro, lugar que ellos habían abandonado hacía mucho, muchísimo tiempo. A la cabeza, Señorita Ardilla y Raposina, como valientes capitanas de guerra, decían a la bruja:
- ¡Vete para siempre, Curufrata, y deja en paz a todas las criaturas buenas y nobles, ya sean humanas o animales! ¡Respetaremos la vida de tus siervos y guardianes, y la tuya misma, pero vete y no vuelvas a este Bosque, que ya es nuestro, de los animales y de los niños!
Maldiciendo, pero sin poder hacer nada ante un ejército de animales silvestres, la Bruja abandonó volando el Bosque y su Torreón. Los trasgos y gnomos se escondieron entre la selva, pero los animalillos los encontraron a todos, y les obligaron a partir muy lejos, bajo juramento de no volver nunca más. Xanina besó a sus amigas del bosque azul y éstas, muy felices, junto con el enano sabio, acompañaron a la niña valiente hasta la lejana casa de sus papás. Ellos nada supieron de toda esta extraña aventura, y solo la regañaron un poco por llegar tarde a la cena. Tan solo Guasón olisqueó a la niña sin parar, pero un día vinieron la Ardilla y Raposina hasta el jardín y en su lenguaje animal se lo explicaron todo, lo cual tranquilizó al perrito para siempre. En realidad, todo el mundo vivió muy tranquilo desde entonces.

Tyndalos

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