* LA MUERTE JAMÁS PODRÁ VENCERME (por El Duque Albino)

l humo del incendio y el nauseabundo hedor a carne quemada que desprende su cuerpo penetra en torrente por mis fosas nasales, y sobretodo, por mi boca. Trato de cubrirme con la camisa destrozada, que pende de mi cuerpo como si fuera un pendón quemado, pero la tela está tan agujereada y agrietada, que lo mismo da.

Mi cuerpo se retuerce, tembloroso y exhausto, como consecuencia de las incesantes y violentas arcadas a las que se ve sometido. Me invade una sensación extraña, vagamente familiar, como si el hedor fuera un organismo vivo que se deslizara garganta abajo, y el humo, una tela invisible que obstruyera mis vías respiratorias.

Un regusto repugnante, similar al que uno percibe después del vómito, se instala en mi paladar con la intención de alojarse, quizá para siempre; y la impresión de asfixia, cuyos primeros síntomas comencé a notar hará más de diez minutos —casi con la primera de las detonaciones—, no hace sino aumentar su virulencia.

El dolor de cabeza es insoportable, como si la broca de un taladro, manejado por manos inexpertas, tratara de perforarme la sien izquierda.

Nunca imaginé que un incendió pudiera ocasionar semejante ruido.

Me cuesta pensar con claridad. Mi mente parece una animal torpe y lento, encerrado en el más peligroso e intrincado de los laberintos. Concentrarme, se me antoja la más sádica de las torturas imaginables. Los pensamientos se evaporan con la misma celeridad con que son concebidos.

Necesito silencio, despejar mi mente… aislarme del infierno sonoro que me rodea.

El humo, además de negarme el oxígeno e intoxicar mis pulmones, despierta en mí, un llanto descontrolado y provoca que las cosas materiales que me rodean se tornen formas espectrales, que danzan a mí alrededor sin ningún patrón racional.

No logro siquiera ubicarme. ¿Dónde estoy? ¿Cómo he podido perder toda referencia espacial en cuestión de segundos?

Me siento tan aturdido y desorientado que ni siquiera sé hacia dónde debo correr para huir. Temo dirigirme directamente hacia las llamas, la cuales braman, amenazadoras, al amparo del denso humo que lo devora todo.

Me percibo irreal, como si fuera el protagonista de una pesadilla y me hallara próximo al inminente último sobresalto; aquel, que te hace despertar empapado en sudor frío.

Esto no puede estar pasando; no, a mí. Creí ser bastante más precavido. Vivir durante cientos de años, debería conllevar aprendizaje, maldita sea. Tendría que haber estado preparado para enfrentarme a algo así. Cómo pudo pillarme con la guardia tan baja. Ni siquiera lo vi venir.

Fui un completo idiota. Me metí de cabeza en la boca del lobo.

¡Déjalo! Tienes que centrarte en salvar el pellejo. ¡Vamos, piensa!

Durante siglos he salido indemne cada vez que la muerte ha tenido a bien dirigir sus cuencas vacías hacia mí. Estoy convencido de que, aunque me quedara aquí, de pie, como un idiota, no moriría. El fuego abrasaría mi piel, sí. Probablemente, sufriría el mayor de los tormentos... Pero el incendio desatado, no podría matarme.

Recuerdo que pasé por una experiencia similar, hace muchísimo tiempo.

Viajé al nuevo mundo con el fin de empezar una nueva vida, lejos de aquellos que me conocían, tras fingir mi propia muerte y huir, a escondidas, como un vulgar ladrón, abandonando tanto mis posesiones más preciadas, como a mis seres más queridos, de la, ya por entonces, vieja Europa.

Tras meses de travesía, alcancé el nuevo mundo y me instalé en una pequeña colonia pesquera. Fui feliz durante un tiempo. Pero mis vecinos, con quienes había compartido mesa y mantel, me acusaron de brujería.

En cuestión de días, fui juzgado culpable y condenado a morir en la hoguera.

Para espanto de quienes asistieron a mi ejecución, y para mi eterna vergüenza, cuando las últimas ascuas se apagaron, los restos de lo que fue un ser humano, antes de que el fuego lo consumiera casi hasta el hueso, aún se movían, grotescamente.

Aquella misma noche, los locos puritanos, llenos de horror, ante lo que consideraron como una prueba irrefutable de la existencia del Diablo, decidieron que lo mejor sería enterrarme en la fosa más honda que pudieran cavar; y así, lo hicieron.

Pasé más de un año, enterrado vivo, a decenas de metros de la superficie, en tierra impía, aletargado, sin necesidad de oxígeno o alimento, sumido en una especie de estado vegetativo, mientras tenía lugar una horripilante regeneración corporal: piel, cartílagos, tendones, músculos y huesos crecieron de la nada.

El dolor, que sufrí durante dicho proceso, fue inhumano.

Ignoro si todo el mundo puede prolongar su vida, gracias a la simple voluntad de no morir; o si, por el contrario, mi condición, nada tiene que ver con la razón, y sí, todo, con la genética y la evolución.

De lo que sí estoy completamente seguro es de que no quiero pasar una segunda vez por lo mismo. De ninguna manera.

Si existe alguna forma de salir medianamente entero de este infierno, pienso aferrarme a ella con uñas y dientes.

Miro a mí alrededor, analizando la situación en la que me encuentro. Y lo hago, guardando toda la calma que me es posible. Dadas, claro, las circunstancias.

A unos metros de donde me encuentro, fuera ya de mi alcance y, en consecuencia, de cualquier probabilidad de salvación, veo al padre Daniel. A quien el azar cruzo en mi vida, cuando yo vagaba sin rumbo por la calles de Arles. Y a quien el resto del mundo denomina de un modo bastante más rimbombante.

Ahora es cuando tratáis de aguantar la carcajada y evitáis reíros de mí. Nuestro Señor Jesucristo, le dicen. No, no se me ha ido la cabeza, es Él.

Sí, aquel individuo que tuvo que padecer un infierno en la tierra, para salvar las almas de los mismos hombres que le martirizaron hasta la muerte.

Él quiso enseñarles el camino del cielo, y ellos le mostraron, a su vez, el camino del infierno.

Y mientras el hijo sufría, ¿qué hacía el Padre?

Pues nada. Simplemente, dejó que ocurriera. Se limitó a contemplarle sangrar, sin levantar un solo dedo en su defensa. Los milagros necesitan de grandes sacrificios, debió pensar, el muy cabrón.

Como os imaginaréis, no todo lo que os han contado fue real. Todas las historias que se narran en este mundo están pasadas por el tamiz de los intereses. Los hechos son de quien los cuenta, no de quien los viven.

Pasé más de tres años conviviendo con el padre Daniel, quien me acogió sin hacer preguntas y sanó mi mente; muy maltrecha por aquel entonces.

El aburrimiento y la desidia no son buenos aliados para quien es consciente de su propia inmortalidad.

Lo que iba a ser una convivencia de días, se convirtió en una estancia de meses. Y los meses, a su vez, se transformaron en años. Incluso llegué a establecerme en la deliciosa localidad de Arles, como un vecino más, y creé mi pequeño círculo de amigos; gracias, en gran medida, al apoyo del Padre Daniel.

La amistad que se fraguó entre ambos fue tal, que pronto decidimos ser sincero el uno con el otro, y desvelar un secreto que, ni el uno ni el otro, sabíamos que, a grandes rasgos, era compartido.

El me contó que no hubo renacimiento. Pues nunca llegó a morir, para después resucitar. Cuando se hallaba próximo al sueño eterno, fue descolgado de la cruz por sus seguidores más fieles y llevado a un lugar secreto. Ahí, a pesar de la agonía, me confesó que disfrutó de los que fueron los días más felices de su larga existencia. María Magdalena le amó, le alimentó y le ayudó a sanar.

Una vez curado, y tras entregarle su savia a su amada, en una noche de tórrida pasión, Jesús se despidió para siempre, e hizo del sacrificio su único amor verdadero.

Sabía que el hombre debía desaparecer, para que el mito pudiera tornarse eterno; y lo aceptó, en buena lid.

Pero también era consciente de que mientras todos pensaran que había muerto, no había necesidad ninguna de morir. Así que Jesús, a medida que iba creando nuevas identidades, vagó solo, durante milenios, recorriendo el globo terráqueo sin que nadie, hasta mi llegada claro, supiera nunca de su origen.

Me imagino que tuvo que resultarle muy duro pasar inadvertido, cuando su imagen era venerada por un gran porcentaje de la población… pero nunca pensé hasta qué punto.

Ahora, aquel que adoran miles de almas, y a quien su padre no había hablado desde que éste cumpliera su cometido, se está carbonizando, literalmente, abrasado por las lenguas de fuego que lamen su cuerpo.

Apenas puedo verle desde donde me encuentro.

Parece una sombra trémula, bañada por los focos de un escenario improvisado. Se mueve a cámara lenta, girando en un radio de poco más de un metro. Va, y viene.

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué decidió atentar, de pronto, pasados los siglos, contra sus propios feligreses? ¿Qué pudo pasar dentro de su cabeza? ¿Qué le indujo a cometer un acto tan demencialmente desproporcionado? ¿Es verdad que el camino del inmortal está condenado a concluir siempre en la senda de la locura? ¿Qué la mortalidad solo existe con el propósito de que el tiempo no destroce la cordura de los hombres y mujeres que habitan este mundo?

Dudo que obtenga jamás respuestas que calmen mi desasosiego.

Si hay algo que es descubierto con el transcurrir de los siglos, es que no existe una respuesta racional que explique las acciones perpetradas por un ser pasional. Y más que nos pese, el ser humano se mueve por pulsiones tan primarias y elementales como las que rigen la conducta del resto de especies con las que comparte el mundo.

Creemos que la razón nos sitúa por encima del resto de animales, cuando sólo nos hace más conscientes de nuestra propia irracionalidad.

Daniel no parece querer escapar de las llamas que le acorralan. Más bien al contrario, casi parece ir a su encuentro. Creo que su boca tiembla o balbucea, pero soy incapaz de distinguir si grita, jadea o solloza. El ruido de los cimientos de la Catedral de Arles, desmoronándose encima de nuestras cabezas, silencia todo lo demás.

No puedo estar seguro, dado lo nublado de mi visión, pero creó que su brazo izquierdo, cuelga, separado unos centímetros del hombro. Probablemente, haya sido como consecuencia de la onda expansiva, provocada por la detonación de los explosivos, adheridos con esparadrapo a su torso. Y esa misma onda expansiva, puede haber destrozado más, mucho más, de lo que puedo ver desde aquí.

Pero todo son suposiciones, pues sólo atisbo una sombra que en nada se parece ya a un hombre.

Mejor así, nulo de claridad. No deseo ver las amputaciones y heridas que debe de haber sufrido su cuerpo. Me niego a convertir el dolor en un símbolo antropomórfico. Este hombre merece ser recordado de la forma en qué vivió; y no, del modo en qué murió.

Al diablo con todos aquellos católicos ortodoxos, sadomasoquistas; incapaces de contemplar el amor desde otra óptica diferente al dolor. Me niego a lapidar en mi mente el horror que mis ojos atisban ahora mismo.

Mi cuerpo reacciona como un resorte, dando un rápido traspiés hacia atrás, y luego, empezando una frenética y ciega marcha hacia delante, mientras los cascotes se desprenden y resquebrajan el suelo a mi paso.

Poseído por una furia irracional, como un animal enrabietado, plenamente consciente de que la muerte es su único destino, me pongo a correr entre las llamaradas; ignorando la agonía que se expande por mi sistema nervioso, cada vez que las lenguas de fuego lamen mi piel.

No sé hacia dónde voy, ni qué hago, en realidad. Sólo corro.

En un instante, mi cuerpo queda envuelto por el fuego, asemejándose mi figura a la de un Ave Fénix; y la piel que le viste, ya ennegrecida, se desprende a jirones. Incluso, si no fuera porque todo ocurre demasiado rápido, y mi mente va por detrás de mi instinto, juraría que mi corazón deja de latir durante unos segundos.

El dolor alcanza su grado sumo, cuando atravieso las enormes puertas que dan a la escalerilla de piedra que, a su vez, desembocan en la preciosa plaza de Arles. Aunque los portones ceden y se abren al impactar contra mi hombro, mis maltrechas articulaciones parecen desencajarse con el golpe; y siento como se astillan y quiebran todos y cada uno de mis huesos.

Salgo despedido hacia delante y ruedo escaleras abajo. Un segundo después, noto la brutal acometida de un chorro de agua, a máxima presión.

Me retuerzo torpemente por el suelo, tratando de ver lo que ocurre a mí alrededor, cuando la tormenta de agua, que apenas dura unos segundos, parece disiparse, como si nunca hubiera existido.

Una multitud difusa, ribeteadas por una mezcolanza de rojos, azules y naranjas, me observan, con ojos aviesos, tras la cinta de plástico blanca, que se empeñan en comprobar cuán elástica puede llegar a ser.

Puedo percibir la sorpresa y el miedo en sus miradas, sin apenas valerme de la nitidez.

Hombres y mujeres me rodean y vociferan cosas que no puedo entender.

En ausencia del crepitar del fuego, el ruido del mundo se restaura. Me siento incapaz de abordar y organizar la telaraña de sonidos que saturan mi cerebro.

Algo viscoso se desprende y se desliza por mi cara, como si fuera la yema de un huevo frito. Da la impresión de que la tez se está desprendiendo, literalmente, del hueso. Me percato, con espanto, de que mis ojos no están mirando en la misma dirección. Uno ve a la gente que, ahora, parece retroceder un poco; el otro, sólo puede ver la carne ennegrecida de mi pecho.

Quizá lo que noté deslizarse por mi mejilla, mientras huía de las llamas, no fueran lágrimas, como pensé, en un principio.

Estoy vivo, supongo.

Miro a mí alrededor, pero las cosas que veo están demasiado borrosas.

Camino, tambaleante, hacia la multitud. Algo no va bien.

¿Qué hacen? ¿Qué les pasa? ¿Están gritando? Sí creo que, sí. ¿Por qué gritan? ¿De qué tienen miedo? ¿De mí?

Trato de avisarles de que aún queda una persona con vida dentro de la Catedral… pero mis cuerdas vocales sólo son capaces de emitir un grotesco sonido.

Espera, espera… Alguien también me está hablando con una especie de megáfono:

Padre Daniel… Por favor… No me obligues…

No puedo entender todo lo que me dice. Trato de acercarme, hacia donde proviene la voz, para intentar escucharle mejor.

La gente grita.

Oigo un estruendo, y mi rodilla se hunde hacia dentro.

Pierdo el equilibro.

Otro estruendo, y me desplomo.

¿Me están disparando?

Vuelvo a levantarme.

A duras pena logro mantenerme siquiera en pie. Me siento tan cansando.

Aún así, prosigo mi marcha, renqueante, mientras trato de preguntar por qué. Sólo consigo emitir un gruñido. Otro estruendo más, y mi mandíbula parece explotar. Sangre y hueso saltan por los aires.

Una de mis manos se aferra, trémula, a mi estómago. Descubro que hay algo adherido donde ésta se ha posado. Su tacto… esparadrapo. Sí, es esparadrapo.

Miro por encima del hombro, y veo que la Catedral de Arles se extiende, intacta y majestuosa, como si quisiera alcanzar el cielo.

No entiendo nada de lo que está ocurriendo. Todo es tan confuso.

Noto como mi otra mano se alza, al mismo tiempo que la gente retrocede y mi visión se transforma en un sin sentido.

¡¿Qué está pasando?!

Grito de rabia e impotencia, pero sigo siendo incapaz de formar una frase coherente.

Debajo del esparadrapo… hay algo más.

No puede ser…

Me doy cuenta de que el pulgar de la mano, que mantengo alzada, presiona un botón, una décima antes de que una luz blanca borre el mundo, mi cuerpo salte en pedazos y mi razón me muestre la más cruel de las verdades.

No había ninguna otra persona dentro de la catedral de Arles; solo yo.

 

El Duque Albino

COMENTARIOS

Comentarios: 1
  • #1

    Shilar (jueves, 07 abril 2011 23:46)

    impresionante y sobrecogedor.
    Me ha gustado mucho.