* LA LLUVIA (por Kharvatos)

o me dice nada. Ni una palabra. Ni siquiera un gemido. Tan sólo su gesto, aquella terrible expresión mezcla de extrañeza y horror. Su pelo comienza a caer a jirones. Ella misma se lo va quitando, y contempla cada mechón arrancado en la palma de su mano. Comienzo a notar un ligero olor a carne quemada que, desafiante, muestra un profundo desprecio hacia las náuseas que empiezan a castigarme. El humo... un humo blancuzco como una pátina que recubre el espacio entre los dos, a modo de velo nefasto, dibuja formas fractales ante mi. Con su baile sinuoso y seductor... Pareciendo, durante unos segundos, solicitar mi aquiescencia para seguir su camino. Noto las primeras gotas y el dolor... ¡Santo cielo! Instintivamente me cobijo en un portal, sin hacer caso a la mujer que ya ha empezado a gritar. Momentos antes, esa misma anciana me preguntaba por determinada dirección. Apenas tuve tiempo de contestar cuando se inició aquel corrosivo orvallo.

 

¿Que ocurre? ¿Que demonios ocurre? ¡No lo entiendo...!

 

Una vez a resguardo me giro y contemplo la calle. Si... está lloviendo. Y, como si de un lienzo recién pintado al que le lanzan un cubo de agua se tratara, la forma de la mujer comienza a desdibujarse. Su carne, sus ropas... se funden bajo la acción del agua. Cuesta creer lo que estoy viendo. En unos instantes su cuerpo se transforma en una masa sanguinolenta de tejidos y vísceras, las cuales se extienden por el pavimento hasta formar un charco púrpura, cuyo volumen es lentamente arrastrado por el caldo que cae del cielo hacia los sumideros de la acera. Por toda la avenida la gente ha comenzado a chillar y a correr. Poco a poco la llovizna se torna aguacero y, bajo los efectos de aquel chaparrón...el fin del mundo. No me atrevo a moverme. Las personas, animales, vehículos... todo se funde. Los afortunados que encuentran refugio bajo los soportales, las tiendas o las marquesinas comienzan a luchar entre ellos por aquel espacio vital. Algunos comienzan a empujar a los más débiles hacia la acera para hacerse un hueco. Los primeros que sufren esta repugnante pugna por la supervivencia son los ancianos y los niños. Las madres gritan desgarradas, golpeando y arañando a los verdugos de sus vástagos, implorando por sus vidas a la vez. La pesadilla no ha hecho más que empezar.

 

¡Tengo que salir de aquí!

 

No obstante quiero creer que pronto escampará. Que aquel infierno es el producto de algún error humano o un accidente... quizás en alguna fábrica cercana... Si, eso es. Pronto los servicios de seguridad ciudadana tomarán medidas y el gobierno sus decisiones. Y aquello quedará en el aciago recuerdo de algunos y en la memoria colectiva de los registros y archivos. Como otras tantas catástrofes a lo largo de la historia y de las que, casi siempre, ha habido supervivientes.

 

¿No es así? ¿No es así?

 

Pero algo ocurre. El diluvio se hace mas intenso y el maldito humo blanco se extiende por doquier. Ese maldito olor a carne chamuscada lo invade todo. El escenario alcanza ya cotas bíblicas. ¿Producto de la cólera divina por todos nuestros pecados? ¡Que absurdo! ¡Dios no existe! ¡Y, muy posiblemente, estemos sufriendo las consecuencias de nuestra propia negligencia para gestionar este mundo! Oigo sirenas. A lo lejos una explosión y, entre los altos edificios que me rodean puedo vislumbrar fuego, un fuego que aquella dantesca lluvia no hace mas que acrecentar. Noto calor en los pies. Miro hacia abajo y, con el corazón encogido, observo como el liquido maldito, al fluir por el suelo, está alcanzándome lentamente. Como una serpiente que, poco a poco, se aproxima a su presa. Mi refugio ya no es seguro y estudio, con un palpito en las sienes, una posible huida.

 

¿Hacia donde?

 

Pienso en ella. ¿Como es posible que no lo haya hecho hasta ahora? Me conforta la excusa de mi pánico ingobernable. Pero, aún así, siento una angustia terrible y empiezo a llorar. Ahora mismo debe estar sola y aterrada. Su piso está a tres manzanas de allí. ¿Como puedo llegar hasta allí? ¡¡Algo debo hacer!! ¡No puedo quedarme aquí parado! ¡Incluso aunque sólo sea por mi propia seguridad! Advierto que tanto los edificios como el pavimento de la calle están empezando a humear... Los ocupantes de los vehículos salen de ellos buscando una cobertura mas fiable. Aquella lluvia también corroe el metal como si fuera mantequilla, y algunos pobres desgraciados ya han sufrido las consecuencias de su ignorancia. De momento puedo protegerme si voy avanzando pegado a la pared. Intento superar el miedo que me atenaza y empiezo a caminar en dirección a su casa. Pero antes debo llamarla para asegurarme de que está bien. No hay señal. Claro... ¡Aquel detestable ácido debe estar jodiendo todos los repetidores! Llego a la esquina del primer bloque.

 

¿¿Como coño cruzo la calle??

 

Tengo que improvisar algo. ¿Pero que? Miro a mi alrededor. Veo multitud de charcos carmesí por todo el suelo y siento una punzada en el pecho. ¡Un momento! ¡A pocos metros de mí una boca de metro! ¡Si pudiera llegar hasta ella! Me armo de valor. Es una distancia muy corta y yo tengo buenas piernas. Cuento hasta tres y empiezo a correr. El aguacero me empapa y el dolor es horrible. Mi piel se apergamina, expulsando el horripilante humo blanco, lacerada por innumerables surcos y hoyuelos. Bajo los escalones casi rodando y, con un ataque de furia y miedo, me quito la chaqueta apresuradamente antes de que aquel espantoso icor la cale y me macere la carne, dañándome aún más. Me quedo en una esquina de las escaleras jadeando. Estoy destrozado pero sigo vivo.

 

¡Que dolor!

 

Desciendo hasta la estación. En mi camino decenas de personas me acosan a preguntas. Espantadas por la incertidumbre. Apenas soy capaz de responder. Siento un zumbido en los oídos que me aguijonea el cerebro y caigo de rodillas en una esquina que apesta a orines. Quisiera quedarme allí para descansar y olvidarme de todo. Pero la escasa cordura que aún me queda no me lo permite. Tengo que continuar. Hago un esfuerzo por pensar en...¡ella! ¡Si... tengo que seguir! Quizás la línea aún esté en funcionamiento. Es más, aunque no fuera así puedo caminar por las vías completamente protegido hasta llegar a su domicilio. Abajo me espera un caos inconcebible. Oscuridad y miedo. Observo algunos vigilantes intentando controlar el pánico de la gente. Gritos, chillidos, centenares de almas indefensas ante lo inaudito se agolpan en los andenes. Algunos, sabedores de lo ocurrido como yo, que han buscado refugio allá abajo. Otros, completamente ignorantes, atormentados por las dudas.

 

¡Me fascina su debilidad!

 

Siento lástima por todos ellos... Por todos nosotros. Ahora me resulta curiosa y extravagante la sensación que comienza a invadirme. Percibo mi entorno como si no formara parte de él. Supongo que es una de las maneras que tiene la mente de protegerse a si misma de la locura. Este aislamiento dura lo justo como para que analice la situación. La oscuridad es densa, herida de cuando en cuando por el foco de luz de alguna linterna, en su mayor parte sostenida por algún vigilante, que es lo que me permite vislumbrar algo. Naturalmente. ¿Como no se me había ocurrido? Las centrales eléctricas han dejado de suministrar corriente. Cables, torres, bobinas... todo debe haber sido devorado por aquella pertinaz lluvia. A tientas comienzo a abrirme paso entre la multitud. Pero de esta forma no voy a llegar muy lejos.

 

¡Necesito ver algo!

 

 

Me acerco a un guardia de seguridad que intenta poner algo de orden en aquel caos. Da someras explicaciones de lo que ocurre, no obstante su miedo es tan notorio como el del resto de los que allí estamos. Me importa una mierda lo que dice pero lleva una linterna en la mano y tengo que conseguirla. Le sujeto por la camisa e intento, sin éxito, que centre su atención en mí. Es un hombre joven incapaz de controlar la situación. Parece una impostura que lleve aquel uniforme con su revolver y su placa. No puedo perder mas el tiempo y, desde atrás, le paso el antebrazo por el cuello haciéndole caer. Sin prestar atención a una mujer que comienza a golpearme cojo la linterna y salgo corriendo hacia las vías, empujando sin contemplaciones a todo el que se cruza en mi camino.

 

¡Al infierno con todos ellos!

 

De un salto llego a los raíles y me precipito hacia uno de los túneles. El único que me puede llevar hasta ella.

 

¡Corre!¡Corre!¡No te detengas!

 

Mis jadeos resuenan por todo el pasaje y reverberan en mi cabeza junto con los juegos de luces y sombras que aturden mis retinas. Quiero salir cuanto antes de allí. El mundo se desmorona y ahora estoy completamente solo. Germinando mi angustia en un ambiente que parece acoger el final de todo. El único pensamiento que me invade es el de llegar cuanto antes a mi destino. Veo su rostro a través de los jirones de oscuridad que me rodean. Reclamando mi presencia cuanto antes. Implorando mi ayuda. Posiblemente su único sosiego ahora mismo. No quiero fallarla de nuevo. No ahora cuando nos habíamos dado una nueva oportunidad.

 

¡Tengo que conseguirlo!

 

Ahora. Por fin. Ya. La siguiente estación. Gente de nuevo. Y de nuevo luces de linternas y más gritos, más agonía, más pánico. Agotado, accedo al anden trepando por el borde. Apenas puedo tenerme en pié. El dolor y el cansancio ya hacen mella en mí. Ruedo por el suelo tras mi torpe ascenso y me uno a los cuerpos que hay arracimados en el frío mármol. Un hombre aúlla suplicando ayuda, una mujer llora, un niño chilla. Alguien me sujeta con fuerza los pantalones y, de una patada, me deshago de su tenaza.

 

¡Respira! ¡Respira!

 

Voy hacia las escaleras y comienzo a subirlas. Resbalo y me golpeo contra la barandilla. El costado me duele pero no importa. Ya veo, de nuevo, la luz del día. Me cruzo con un hombre con aspecto de vagabundo. Me advierte que no siga. Es peligroso. Pero hago caso omiso de su consejo y llego ya al primer rellano que da a la calle. El humo blanco. Y la incesante lluvia que sigue cayendo, completamente indiferente al armagedón que está provocando. Hago memoria. Recuerdo que su vivienda está a unos metros de la boca de metro. Pero debo rodearla y girar la esquina. Hago un cálculo rápido.

 

¡Piensa! ¡Piensa!

 

Fijo la mirada en el caudal que desciende los escalones. Yo aún estoy a cubierto, pero no se si mi calzado resistirá de nuevo una agresión corrosiva, como la que provoca aquel despiadado elemento. Quiero creer que si. De todas formas debo protegerme el tiempo suficiente como para llegar hasta la cobertura del edificio más cercano. Compruebo mis zapatos y esbozo una sonrisa desesperada. Repentinamente recuerdo algo. ¡El vagabundo! Posiblemente duerma en la boca de metro y tenga mantas, cartones... algo con lo que poder cubrirme unos segundos.

 

¡Seguro que sí!

 

El hombre está tirado en una esquina cerca de las barreras automáticas. Está pensativo y tiene la mirada perdida. Le explico mis intenciones e impetro su ayuda. No me responde. Tan sólo se incorpora y me entrega unas mantas. Le doy varios billetes y me voy. Oigo sus carcajadas detrás de mi.

 

¡Se que lo lograré!

 

Regreso de nuevo al rellano y, cubriéndome con las mantas, me apoyo en la pared para tomar impulso. El humo blanco casi no me deja ver pero me sé el camino de memoria... uno, dos... dos y medio... ¡tres! Salgo corriendo disparado. Casi tropiezo en los escalones pero mantengo el equilibrio a duras penas y avanzo los metros que me separan de la fachada del edificio en unos segundos. La humareda es muy densa ahora... terrible. Huele a muerte y podredumbre. La lluvia es un aguacero tan intenso que me ensordece. Las mantas se empapan en pocos segundos y antes de que se calen completamente las suelto. A duras penas he logrado llegar. Me arrimo a la pared. Mis zapatos humean y debo darme mucha prisa. Avanzo presuroso pegado al edificio. Buscando cobertura mas segura en los portales que encuentro en mi camino a medida que me aproximo a mi destino. Al fin. Ya lo veo. Ahí está. El número dos. Saco las llaves que aún conservo tras nuestra ruptura y abro la puerta. No veo a nadie en las escaleras pero logro escuchar gritos apagados que reverberan por el hueco. Las subo de dos en dos y llego hasta su buhardilla. Aporreo la puerta fuera de mí. Oigo descorrerse el cerrojo. Se abre.

 

¡Ella!

 

Me mira completamente aterrorizada. La abrazo y comienzo a besarla. Ella rompe a llorar. Tiembla como un perrito asustado e intento calmarla. ¡Se están muriendo! ¡La gente se muere en las calles!No deja de repetir. Acaricio su pelo y la conforto. La llevo hasta el sofá y allí nos quedamos juntos. Abrazados el uno al otro. Durante minutos... horas. Levanto la vista hacia las ventanas. Los cristales han comenzado a fundirse ¡Que lástima! ¡Había amanecido un día tan bonito! Precioso... soleado.

 

Ahora sigue lloviendo.

 

Kharvatos

 

COMENTARIOS

Comentarios: 4
  • #4

    Kharvatos (martes, 24 mayo 2011 00:11)

    Mil gracias estimado amigo. Supongo que sabrás, por propia experiencia, la animosidad que transmiten unas palabras de halago al autor para continuar escribiendo.

  • #3

    El Duque Albino (miércoles, 06 mayo 2009 12:48)

    Fantástico relato. Qué bien está trasmitida la ansiedad del protagonista, y qué buen final. Mientras lo leía no me quitaba de la cabeza la lluvia torrencial y sobre todo el humo blancuzco. Mis más sincera enhorabuena.

  • #2

    Kharvatos (sábado, 18 abril 2009 01:03)

    Muchas gracias por tus animosos comentarios estimado Tyndalos. A veces me preguntan por qué escribo cosas tan tristes y oscuras. Sinceramente me gustaría que las comedias románticas invitaran a reflexionar sobre temas realmente trascendentes. Lamentablemente no es así.

  • #1

    Tyndalos (viernes, 17 abril 2009 22:43)

    Excelente historia apocalíptica, maestro Kharvatos.
    Además con una historia de amor incluída. ¡Es tan
    creíble un paisaje de destrucción y lluvia ácida
    como el que nos pintas...! Mis felicitaciones.