* LA HERENCIA (por Tyndalos)

iré a un lado. Y al otro. Ya no estaba allí. Era algo parecido a una cara. Quizás sería mejor decir una careta. Tuve que pensar que quizás era un producto de la imaginación. Una nada, como las muchas nadas que el cerebro crea. Y sigo caminando hacia delante. Nuevas voces, nuevas caras. Pero la forma de aparecerse es repentina y vaga, sin entidad suficiente como para poder jurar que, en efecto, estaban allí. Pero estaban.

 

Luego doblo la esquina. El pasillo se dirigía hacia esa zona de la casona donde nunca habíamos osado pisar cuando niños. Mamá nos lo tenía prohibido. Y la Tata infundía un miedo atroz, así que aquel pasillo no conoció jamás mis pasos ni los de mis hermanos. Al hacerme mocito fui al colegio ese de Suiza. Allí había otros terrores, pero nunca como los del pasillo prohibido. Y eso que yo sabía de las voces, de los lamentos, de los fulgores raros de luz que llegaban hasta la escalera. Pero eran las “cosas” del torreón azul. Nunca supe por qué mi padre, al volver de Cuba cargado de oro, quiso respetar aquel torreón e incorporarlo a la casa nueva. El alegre palacete proyectado, un puzzle de estilos europeos y americanos, adquiría en la zona norte un siniestro aspecto al comunicarse con el viejo torreón de la colina. Nadie en la aldea quería saber un ápice sobre aquella construcción. Casa de brujas, casa de fantasmas, una ruina maldita desde la edad media.

 

El torreón también se pintó de azul y fue elegantemente restaurado, para armonizar así con la fastuosa casa de indianos de mi padre. Pero siguió siendo un sitio prohibido, al menos para nosotros los niños.

 

El notario me había llamado de repente. Había que hacerse cargo de una herencia que yo no necesitaba. En Lucerna gozo de recursos sobrados para vivir, y aquel caserón fantasioso de mi padre me resultaba más bien un estorbo. Yo era el único heredero. Mis hermanos fueron desapareciendo. La guerra, desgracias, accidentes... Casi creía ver las caras de la Tata y de mi madre entre los cortinones. Ahora mismo: esa risa burlona ¿qué significa?

 

Estoy harto de esta casa y de sus fantasmas. El notario me espera en el coche. Se excusó para no entrar. Y yo debía hacer este reconocimiento absurdo, entre humedad y polvo. El pasillo prohibido. Debo entrar por vez primera en aquel pasillo prohibido, la única y verdadera fuente de los horrores de mi infancia.

 

Lo doblé.

 

Y las voces se hicieron desde entonces claras, perfectamente audibles.

 

Unas voces lastimosas que nunca había querido oír, pero que –furtivas- volaban en la noche hasta mi cuarto, y entraban secretamente en los sueños de aquellos lejanos días.

 

Abro la puerta enorme de roble, mohosa y llena de telas de araña. Y entonces puedo ver cuanto había dentro.

 

Cien o doscientas personas. Personas muertas y momificadas, personas disecadas que adoptaban posiciones horrendas y nefandas. Cadáveres a los que no se les había dado digno reposo, juguetes de la insania de mi padre. Cientos de personas difuntas obligadas a escenificar la celebración de orgías y aquelarres horribles. Todo eso presencio al abrir la Puerta prohibida.

 

Sus fantasmas habían rondado para siempre la casa. Esta era mi herencia.

 

Tyndalos

COMENTARIOS

Comentarios: 1
  • #1

    Daniel (viernes, 17 agosto 2012 00:25)

    will come back soon