* LA CIUDAD (por Tyndalos)

e bajé del autobús dispuesto a tomar el camino que leva a La Ciudad.

La noche era violenta, de negrura infame, con viento salvaje. Los pocos viajeros que se apearon conmigo desaparecieron de repente. Todo estaba en calma, salvo el viento. Creí ver el parpadeo de Sirio, pero las nubes le ocultaron como espectros vestidos de negro, sin rostro, jabonosos…

Tenía frío. Un incómodo pensamiento, intraducible, se paseaba inquieto por los huecos de mi cerebro. Mis pasos resonaban en la calzada, desnuda de luces, hueca, desprovista de tráfico. Y el pensamiento no era el padre impaciente, el temeroso huésped en la sala de espera. Por que la operación no estaba libre de dificultades (cortar, coser, dar a luz).

Pero la operación se transformó. El pensamiento ya no fue aquel enano inquieto. Era una fiera. Y la fiera vivía en una jaula: mi propio cerebro.

Seguí caminando. Pronto llegaría a La Ciudad. La Ciudad nunca estaba lejos, pero aquella noche sufría yo el acoso de mil meteoros (y ellos no eran la mejor compañía).

Estornudé. Y mil voces se callaron en el silencio del camino. Sólo el viento contaba con autorización. Sólo él podría hablar, sólo su lamento haría coros con los latidos de mi corazón.

Y los pasos rítmicos pero inseguros…

“No hay astros en el cielo, no hay vida visible, sólo la ceguera de quienes van hacia La Ciudad, la horrible Ciudad”.

El viaje en el autobús había sido breve, demasiado breve ¿Qué es lo que yo recordaba? ¿Cómo había tomado el rumbo de esta negra confusión?

Todo estaba muy lejos.
Recuerdos
Muy lejos
Familia
Lejos
Mi casa, mis amigos.
Muy lejos. Todo estaba lejos, muy lejos.

“Sólo la ciudad te abre el camino”.

Mi maestro llevaba razón y pese a ello me sentí engañado.

“La Ciudad”
“La Ciudad”.

Pero todo había quedado atrás.
Sólo sabía de mí por mis pasos (uno y otro, uno y otro).
Sólo sabía de mi corazón (latido-latido-latido). Pero alzaba un brazo y no era capaz de verlo.

“No hay astros en el cielo. No hay vida visible: sólo la ceguera de quienes van hacia La Ciudad, la Horrible Ciudad”.

Seguí en camino. La Ciudad no estaba lejos. Nunca lo estaba. Y yo olvidé al género humano. Lo olvidé al bajarme del autobús (tal y como se olvida un equipaje molesto). La calzada, en su solidez, era mi única certeza. Todo lo demás parecía orgánico, palpitante, impregnado de vida…y no podía ser.

¿Cómo se puede mirar sin ojos? ¿Quién pinta un cuadro entre la sólida oscuridad?

Mis pasos (uno y otro, uno y otro, este y otro más…) ¡Qué férrea matemática! ¡Pero qué deliciosa!...Porque el viento es intangible y como un manto tétrico. La Ciudad me parece la antesala del horror.

(Lejos)
(Muy lejos)

Pero cuando fui perdiendo mis pasos (uno y otro, uno y otro, uno y…), creí que eso era parte de la disolución. Durante el viaje mi maestro me lo había advertido:

“Disolución”
“No hay astros en el cielo”
“No hay vida visible”

(Latido-latido)

“Sólo la ceguera de quienes van hacia la ciudad”

(Lejos)

“La horrible Ciudad”.

Y creía que mi corazón había cesado de latir. Mi cuerpo no era tangible. Nadie me veía. Yo era viento. El aire me engulló en su extraño proceso, en la horrible asimilación.

El maestro me lo había advertido: la ciudad era el viento…Y las nubes que cubren los astros, y los fuegos y meteoros que servían de procesión.

Yo era La Ciudad.

Y las luces orgánicas también eran Ciudad. Ellas murmuraban… Ya era uno de ellos. No era un espíritu. No era sensación. No era el agua ni era el fuego… Había perdido mi cuerpo. Por el camino perdía mis pensamientos. La fiera ya no gritaba (Ella era viento, rugido, nada).

Ya no sentía frío.
En La Ciudad no hace frío, ni calor.
En La Ciudad no hay vida, pero la muerte tampoco existe.

“Porque la muerte no es nada, y nada es la otra palabra con la que nombran a la ciudad”.

 

Tyndalos.

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