* LA CASA DEL ACANTILADO (por Tyndalos)

La  casa del acantilado me mostraba su luz estúpida, cegadora, carente de sentido. Largo tiempo llevaba su puerta tapiada desde los incidentes del Maloney. El ballenero había naufragado cerca del cantil. Se dijo entonces que los Mulligan habían encendido luces para despistar al barco, hacerle chocar contra las rocas y arrebatarles así sus pertenencias a los náufragos. Sea, yo no tengo pruebas de eso. Los Mulligan eran gente extraña, desde luego. Pero habían desaparecido todos al poco de iniciarse las pesquisas. Tan solo echaron el guante al viejo Mauch, pero este pobre bribón ya no regía bien: “es el mal riego, sabe Vd., el mal riego…”, decía. Y así Mauch Mulligan se libraba de todas con la excusa socorrida de que su cabeza no regía ya bien. Unas noches en el calabozo, y poco más. Pero el resultado fue así: diez marinos muertos, incluido el capitán y un ballenero menos en el Mar del Norte.

 

Después fue cuando Mauch también desapareció y los vecinos de la contorna se decidieron a tapiar los vanos del caserón. Se contaban muchas historias. Cuentos de viejas sobre aparecidos y ruidos. No faltaba quien decía que habían cogido al viejo Mauch, quizás los familiares de los marineros muertos, y allí le habían emparedado, sí, allí dentro de su casa solitaria frente al implacable mar. No era creíble.

 

Pero a mi me sucedió que al pinchar mi condenada bicicleta, en medio de una lluvia espesa, me encontré con la luz justo en dirección hacia la casa del acantilado. Empujé mi bici hasta la misma puerta, después de un ascenso lento y fatigoso por entre piedras agudas y barro gelatinoso. En efecto, la puerta principal se mostraba tapiada. Pero a lo alto había una luz, justo donde un pequeño orificio delataba una antigua buharda.

 

Entonces grité. Estaba empapado, sólo quería que me abrieran una puerta pero ¿qué puerta? Y unas sombras se movieron allí arriba, entre la fuente de luz y el minúsculo espacio de la buharda que se alcanzaba a ver. Empecé a sentir miedo. Nunca debí haberme acercado a un edificio en el que nadie debería estar. Nadie. Y fue entonces, entre el estruendo de la lluvia y el ruido del plástico de mi chubasquero sobre los oídos, precisamente entonces fue cuando lo percibí. Un aullido agudo, inhumano, penetrante… un aullido insoportable me hizo huir de aquel lugar. Huí abandonando mi vehículo, a carrera tendida entre el barro, entre las piedras afiladas y los desniveles endiablados. Huí perseguido por los ecos de aquel espanto sonoro.

 

Al ver, en una de las revueltas del camino, la masa informe del mar agitado, pensé por un momento en la tragedia del Maloney. Sin duda no fueron los Mulligan los causantes de aquel naufragio. El pobre Mauch debió –en efecto- ser encerrado salvajemente entre las cuatro paredes de su casa pero la cosa que aullaba –y por el Cielo que todavía aullaba- era la culpable. Y con Mauch como alimento debía haber sobrevivido a aquellos días, dotada de luz y de otros enseres para la vida, la cosa infernal seguía viva en la casa del acantilado.

 

Todavía veo desde aquí la luz y una sombra que se desplaza sobre ella.


Tyndalos

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