* LA BICICLETA DE HANNAH (por Manheor)

 

a escucho el tintineo de su timbre, como siempre, subiendo y subiendo a mis espaldas por el caminillo de piedrecitas que serpentea entre los álamos.

Cierro mis ojos y la imagino. Siento los detalles: el cuadro metálico color cereza destellando bajo el sol de mediodía, sus zapatos blancos sujetos por las gomas negras de los pedales, las cintas arco iris atadas al manillar derecho y en el izquierdo el timbre de hojalata, tintineando... Sonrío.

Conocí a Hannah en el verano de 1942, cuando sólo tenía seis años. Me la encontré por casualidad, caminando por el bosque de nuestra nueva casa en Maine, después de que mis padres y yo abandonáramos nuestra bella Varsovia cuatro años atrás, cuando aún se podía hacerlo.

Nos hicimos muy amigos. Sólo conocía a mis primos Abe y Abraham y ellos se cuidaban mucho de decir que eramos parientes. En Maine no les gustaban los judíos pero, como decía papá, al menos nos dejaban vivir en paz. Así que la llegada de Hannah fue como el rocío sobre la hierba tras un verano seco. Pero pronto descubrí que Hannah tenía problemas.

Vivía sola con su padre, Hans, un inmigrante alemán que había llegado a la Tierra de la Libertad después de la primera Gran Guerra, tras enamorarse de una bella enfermera llamada Crish nativa de Castle Rock, Maine. Pero Crish había muerto seis años atrás y el odio naciente contra los alemanes le había costado el trabajo a Hans, que ahora mal vivía trabajando de peón en la fábrica de papel, ganando una miseria y bebiéndosela en los bares. Yo sabía por Hannah que Hans no sólo usaba el cinturón para ceñirse los pantalones; pero aún era peor cuando volvía contento y cariñoso... Nunca supe qué pasaba en esas ocasiones porque Hannah siempre me decía: "Con dos que lo sepan, es más que suficiente".

Y llegó el día en que todo cambió. Hannah se presentó tarde aquella mañana. El día era gris y amenazaba con llover. Un rocío plateado perlaba los matojos de hierba que flanqueaban el camino y el tapiz de hojarasca que cubría el asfalto. Hannah llegó pedaleando a toda prisa, clavó los frenos con violencia, dejando un surco negro tras de sí, y se detuvo a mi lado. Sus rizos dorados estaban húmedos y oscuros, pegados a la frente y en su vestido favorito, uno de lino blanco que había sido de su mamá, había manchas color carmín. Sin decir una palabra, se bajó del sillín, me cogió de la mano y, juntos, saltamos de la carretera al interior del bosque y comenzamos a correr bajo los árboles.

Atravesamos junglas de zarzales y matorrales de espino, densos macizos de arbustos de hojas azules y hasta un puentecito natural, un tronco cubierto de musgo, que cruzaba un arroyo. Llegamos al linde de unos árboles gigantescos y con la copa arqueada como un embudo que no había visto en mi vida. Hannah me puso las manos sobre los ojos y comencé a caminar en la oscuridad. Un paso, dos, tres; seis... Las manos de Hannah me dejaron ver. Tragué saliva.

Ante mí, un campo de flores rojas y brillantes se extendía en todas direcciones hasta el horizonte, sin que colinas o bosques rompieran aquella vastedad de capullos bermejos. "Aquí viene la gente que sabe que ha pecado" dijo Hannah. "Y yo he pecado hoy y tengo que pagar". Sacó una aguja plateada del bolsillo y se pinchó en un dedo. Se lo apretó con fuerza hasta que gotas de sangre cayeron sobre la hierba baja que rodeaba las flores. Maravillado, contemplé cómo, en un instante, una nueva flor crecía en el campo.

Días después Hannah murió. La encontraron muy quieta, tumbada en el garaje de su casa con su bicicleta sobre ella, la carita tan pálida que se le marcaban las venas azules; su padre no estaba por ninguna parte y nadie volvió a verlo. Mamá no me dejó ir al entierro y me pasé el día mirando por la ventana, hacia el bosque, sin ser capaz de llorar, como si un hacha me hubiera talado en dos de un sesgo y nada pudiera volver a pegar las dos partes.

Hace setenta años de ese día en que Hannah me llevó a correr por el bosque hasta llegar al campo de flores bermejas. Abandoné Castle Rock y Maine en cuanto pude y me instalé en Nueva York junto con Melanie, mi mujer, a la que había conocido en la Universidad. Tuvimos dos hijos y una vida razonablemente feliz. Murió hace dos años y pude llorar por ella.

Hoy sé que me tocará a mí. Por eso he vuelto a Maine, a Castle Rock y al bosque donde Hannah y yo nos encontrábamos tanto tiempo atrás; toda una vida.

El tintineo crece y ya escucho el sonido del neumático raspando sobre el asfalto. Sonrío.

 

Manheor

COMENTARIOS

Comentarios: 1
  • #1

    El Duque Albino (miércoles, 29 abril 2009 18:07)

    Enhorabuena. Gran relato. Está cargado de melancolía.