* JUSTICIA (por Tyndalos)

esde la trinchera se oían los gritos y las detonaciones lejanas. Pero alguna que otra granada hacía explosión ahí, al lado. Nadie miraba a nadie. Mis hombres disparaban como máquinas sin voluntad propia. Ellos eran la prolongación del fusil. De vez en cuando caía uno de ellos. Como los muñecos de trapo se caen de una estantería, sin ruido y de cabeza, así se morían. Simplemente se caían, y para cada uno se acababa el mundo.

 

Yo no podía más. Mi corazón latía de miedo. Me sentía un cobarde. Eso era yo, un oficial cobarde, un tipo que había entrado en la Academia tan solo para lucir uniforme, impresionar a las chicas en el parque, parecer elegante y contar batallitas. Ahora sabía que no estaba a la altura de mis hombres. Ellos luchaban, obedecían, morían. Yo quería correr. Y lo hice.

 

Huí de la trinchera hacia el bosque. Por encima de mi cabeza silbaba alguna bala. Quizás alguna de ellas venía de mis propios hombres. Seguro, pues escuchaba a mis espaldas la palabra: “¡Desertor!”.

 

En el bosque todo era negrura y silencio. Las explosiones parecían truenos lejanos, y los disparos eran rumores venidos a lomos de la leyenda.

 

Solo oía mi corazón fatigado por la carrera. Solamente el asco de mí mismo gritando a voces dentro de mi cráneo: “¡Desertor!” “¡Cobarde!”

 

Y me tendí debajo de un roble inmenso. Parecía un castillo protector. Su copa era un titán de verdor que compensaba infinitamente mi pequeñez. Quise ser árbol.

 

Los animales se habían callado por el miedo a la guerra. Era el momento de los hombres, y el Bosque tenía que agazaparse, dejar que la tragedia de los simios evolucionados pasara de largo. Los seres “irracionales” debían guardar cautela. Una quietud total.

 

Pero esa falsa paz empezó a quebrarse. De lo más hondo de la tierra vino un estremecimiento. Del interior de los árboles, como si éstos fueran huecos, surgía el rumor de todo un mundo.

 

Luego, las luces.

 

Una retahíla de luces cegadoras, como un ejército de almas que desfilan. Y dentro de su cuerpo sutil brillaba el fuego vital. Y cuando pasaron de cerca vi que eran guerreros. Guerreros antiguos, de otra época. Sus lanzas y yelmos no se parecían mucho a los que yo había visto en libros y grabados. Pero eran caballeros medievales, en todo caso, que desfilaban ante mis ojos aterrorizados.

 

Uno de ellos, el más alto y que parecía comandar la tropa, leyó su pergamino en alta voz en latín rudo y lejano. Su voz de fantasma me acusó de crímenes sin cuento. La sentencia se había dictado.

 

Cada una de las almas del ejército de muertos vino con su lanza o su espada y me la atravesó sin contemplaciones.

 

No tardé en ser uno de ellos. Se trataba del ejército de los cobardes. Se había hecho justicia conmigo.

 

Tyndalos

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