* INVASORES (por Tyndalos)

onaban los tambores. A lo lejos. El ritmo era tenaz, persistente, monótono. Un ritmo que de forma enloquecida penetraba en los oídos. Cerrábamos las puertas y ventanas al caer la noche. Sabíamos de la existencia de aquella turba, allí afuera, acampada al otro lado de los árboles. Gracias al bosque no veíamos sus horrendas figuras. Un día vendrían. Eso era seguro. Cualquier día, el menos pensado. Los alaridos también delataban su presencia. Cada vez más cerca. No sabíamos cómo ni por qué el mundo se había echado a perder. Un día, mejor dicho, una noche, aparecieron. Las humaredas se hicieron visibles. La gente huía. Alojamos a algunos pobres infelices en nuestro pueblo. Contaban cosas terribles sobre los invasores. Lo peor, lo más inimaginable, se les podía atribuir. Hicimos de todo. Empalizadas, fosos, postes hincados y alambradas de espino. Construimos una fortaleza, casi una prisión, y nos pusimos a esperar. Ellos eran muchos. Demasiados. Ya no recibíamos señal de la radio ni de la televisión. También se nos había terminado el fluido eléctrico. Hubimos de retroceder a la Edad Media. Por alguna extraña razón, el mundo entero era suyo, todo el planeta…salvo un reducto al que todavía no habían asaltado.

 

Los primeros meses hacíamos incursiones fuera del recinto defendido. Con las pocas armas de fuego a nuestra disposición, repelimos varias emboscadas y asaltos. Ellos eran torpes, carentes de inteligencia. Pero muchos, y con una elemental astucia que, al ser tan diferente de la humana, nos pillaba frecuentemente por sorpresa. Sentían predilección por nuestras mujeres. Buscaban, a toda costa, la propagación de su raza y para ello habían hecho acopio de esclavas humanas en las ciudades dominadas. Algunos refugiados nos contaban historias increíbles acerca de campos de acoplamiento para engendrar híbridos que, en poco tiempo, se volvían guerreros a su servicio. Solo una elite se mantenía pura. Y precisamente su “pureza” les alejaba de todo parecido con lo humano. Los huidos decían que se trataba de una especie de hongos gigantes, con miembros articulados y enormes probóscides. Creía que eran leyendas, distorsiones. Pero en la última emboscada había uno de ellos, un comandante que dirigía a su patrulla de híbridos. Todo cuanto contaban era cierto. Su corpulenta masa se elevaba sobre la techumbre de viejos robles. Una torre de masa cefálica, provista de infinitos ojos… Uno de ellos apuntaba directamente hacia mí. Los híbridos dispararon sus flechas y cerbatanas. Respondimos con fuego de subfusil y con un par de revólveres. Abatimos a alguno de los esbirros semihumanos, pero el jefe corrió hacia mi grupo. Maldije la hora en que había decidido salir del perímetro a hacer una batida. La Bestia aplastaba árboles y arbustos a su paso y emitía un aullido sordo, hueco, una especie de maldición bronca emitida desde su remota alma extraterrestre. Un alma que buscaba dominación, satisfacer su lujuria y nuestro exterminio.

 

Mi pistola vació el cargador sobre ese ojo que tanto, tanto me miraba. De él un líquido amarillento y viscoso brotó, como una fuente a la que se le retira la espita. Ello obedecía a la naturaleza viscosa de su fisiología. Lo tenía prácticamente encima. Su largo tentáculo –uno de tantos- enrolló a uno de mis hombres y, literalmente, lo asimiló a su ser. Fue como si del abdomen, o de cualquier entresijo del cuerpo, la viscosidad pudiera abrir puertas e improvisar orificios bucales enormes para asimilar cuerpos humanos. Su raza, primitiva y tosca, contaba no obstante con una polivalente capacidad de nutrición y reproducción, clave de su éxito evolutivo en otros sistemas de la Galaxia. Ahora estaban aquí. Aquí. Habían domeñado a la especie humana. Adiós a todos sus logros y conquistas.

 

Mi grupo se había dispersado. Me di cuenta al no percibir más descargas de armas de fuego, ni gritos humanos. Estaba solo en el bosque ante el Gran Jefe.

 

Me miró de nuevo.

 

Su ojo, compuesto por miles de ocelos, me penetró.

 

Los tentáculos vinieron hacia mí.

 

Ya no tenía balas con qué responderle. No podía correr para alejarme de él. Una hendidura se fue abriendo en el tronco fungoso de la criatura. Como si tratara de cuerdas salvajemente apretadas contra mi cuerpo, fui agarrado por uno de los tentáculos. Entré en el hueco abierto de la viscosidad. Terrible fue lo que vi. Docenas de humanos inmovilizados iban suministrando fluidos vitales a la entidad alienígena. Una especie de nicho me fue concedido en la cavidad interna de la cosa. Soy parte suya. Pronto la humanidad habrá desaparecido completamente. A la fuerza, lo que de ella quede no será más que una masa de esclavos y una especie de apéndice simbionte de esta hórrida raza. Ellos han ganado.

 

Tyndalos

COMENTARIOS

Comentarios: 0