* GRUMOS (por Tyndalos)

a aparición de esos grumos fue un hecho inexplicable. Eran grandes y repentinos, semovientes, casi dotados de propósitos y conciencia. Llevábamos diez años en la Estación y nunca, en nuestra soledad, habíamos entrado en contacto con entidades de esta naturaleza. La verdad es que el año pasado Parodi dijo haber oído voces en su cabeza. Sin duda se había vuelto loco. Lo enviamos en el último cohete, junto con los otros, los del cambio turno de personal. Con una baja, y libres de las voces y miedos de un chiflado, creímos estar seguros de cumplir la misión el siguiente bienio. Pero esta última semana comenzaron las complicaciones. En el visor aparecieron esos grumos, y todos nosotros empezamos a abrigar sospechas. Eran seres dotados de propósitos. Posiblemente no eran más que protoplasma con cierta capacidad adaptativa: buscaban “algo”, pero resultaba muy difícil saber exactamente qué. Su aproximación a la Estación orbital podría tener que ver con la temperatura o la radiación que ésta emitía. O quizás un oscuro instinto les había guiado desde el espacio exterior a la busca de alimento, mas ¿qué alimento podrían anhelar los grumos? Era preferible no pensar en ello. Siglos buscando vida extraterrestre y el ser humano sólo se había encontrado con unos estúpidos manchurrones de pudín o yogur, eso sí, extremadamente grandes y convulsos. No parecían estarse quietos nunca. Salvo en las contadas ocasiones en que abríamos la trampilla y una masa de desperdicios les rozaba, con evidentes signos de molestia por parte de ellos, los grumos no se estaban quietos. Sólo entonces se quedaban como congelados, demostrando también una capacidad refleja, retráctil. Lorsoom, el capitán, dio orden de recoger unas muestras. No me hacía mucha gracia, pero fui yo el encargado de meter mis manos en los “guantes”, es decir, esa especie de mangas enormes por medio de las cuales un hombre puede recoger muestras y hacer tareas de limpieza en el exterior de la Estación. Para ello, era menester fletar un “coche-huevo”, que era como llamábamos al vehículo ingrávido auxiliar. En el “huevo” volví a sentir la inmensidad del espacio, una enorme boca negra tachonada de estrellas. A pocos metros de la cubierta de la Estación, maniobrando con cuidado para no ser atraído por su enorme masa, vi docenas de grumos deslizándose sobre la superficie de la misma, sobre los paneles solares, en fin, por todas partes. No se inhibían ante los reactores ni ante las antenas giróvagas que servían para la telecomunicación. De todas maneras, en ellos no había muerte por despedazamiento ni por combustión. Con asombrosa facilidad se recomponían de nuevo, adoptando no pocas veces la figura agusanada que tanta aversión me producía desde que por vez primera la contemplé en el visor. Y yo, como Parodi, empecé a escuchar voces dentro de mi cráneo.

 

Me acerqué a uno de los “alerones”, es decir, a una superficie de captación solar de la Estación. Allí tenía delante a una buena pandilla de grumos repugnantes. Voces y más voces. De cerca, su tonalidad cromática aún me dio más asco. Iridiscentes, cambiantes… La textura externa era extraña. Transparentaba un tanto, y dejaba entrever una especie de primitivo sistema de órganos palpitantes y una especie de cordón nervioso, o al menos tal cosa me pareció. Comuniqué este extremo a Loorsom, pues ello parecía echar por tierra la hipótesis que él defendía acerca de su primitivismo. Quizás, si es verdad que poseían una naturaleza animal y no meramente protoplasmática, estas criaturas presentarían mayores peligros para la Estación: ¿y si concertaban un ataque planeado contra la misma? “¡Absurdo!”, me dijo Loorsom. “Limítese a cumplir con la misión”, fue lo que me dijo. Y las voces incomprensibles de los grumos se me metían dentro.

 

Los grumos parecían removerse a medida que yo me acercaba. Una inquietud, un nerviosismo se desprendía de ellos. Cuando mis brazos mecánicos fueron a tomar una muestra, sucedió lo que me temía. Dos o tres de ellos saltaron sobre el cristal de la cabina. Prácticamente taparon toda su superficie. Y de las entrañas de los seres, aplastadas contra el “huevo” una especie de ocelos, hasta entonces inadvertidos por mí, atravesaron con su mirada el interior de la cabina. Casi se diría que me diseccionaban. “¡Loorsom, Loorsom, se han abalanzado contra la cabina, me miran, me están mirando!”. El jefe me decía desde el otro lado que mantuviera el control del “huevo”, que por encima de todo no perdiera el control manual. Pero vinieron más. Más grumos se pegaron a la cola. Sentí bambolearse a la nave espacial. Después, atacaron la antena. Lo noté al instante: la comunicación se rompió y fragmentos dispersos de la antena y de las aletas laterales rebotaban contra la cabina. La nave entera empezó a dar giros alocados, y lo peor estaba por llegar. Podría precipitarme contra la Estación y saltar por los aires. Estas asquerosas entidades iban a provocar un desastre.

 

Pero yo, que tenía perdido el control, pude observar un desastre mayor. Algunas, aplanándose como si fuera una gelatina endiablada, estaban entrando por los motores traseros. Lo sabía, lo intuía, porque el gas que emitían los reactores producía sonidos inflados, como si el “huevo” emitiera pompas de jabón. Al ver detrás de mí, a punto de saltar sobre mi sillón de pilotaje, a una de aquellas cosas, no me lo pensé más. Con la escafandra puesta, abrí la compuerta de emergencia. Y salí despedido al espacio exterior. Y nunca dejé de percibir sus voces, metidas en mis sienes.

 

El vehículo auxiliar se convirtió de repente en una especie de balón de fútbol que se alejaba de mí, envuelto en una masa inquieta, devoradora. Sabía que podía morirme, que Loorsom se vería en aprietos para enviar el segundo “coche huevo” en mi búsqueda. Yo me alejaba muy rápidamente de la estación. Ya no veía más que estrellas a mí alrededor. Negrura y estrellas. Negrura y estrellas. Hasta que por fin tropecé con el Agregado. Sí, voy a darle ese nombre: el Agregado era la concentración mayor de esa masa viviente, la madre que había enviado a sus hijas exploradoras hasta la Estación. Una masa enorme. Ignoro si la única. Quizás el espacio esté plagado de masas de materia viviente, inteligente y voraz. Al ser absorbido por el Agregado, pude ver su interior. Antes grabé este relato, pues mi escafandra posee micrófono y unidad registradora. El disco salió despedido, como las botellas de los náufragos, a la espera de que otros humanos lo encuentren. Hay un peligro inmenso en el espacio exterior. El fin de la Estación Orbital y de todos nosotros solamente podrá ser explicado si este disco grabado se intercepta en algún momento. Casi no tengo esperanzas. El Agregado es inmenso, mayor que un planeta. Ahora he pasado a otra existencia. Aquí dentro no sé qué tipo de cosa soy. No veo mi cuerpo. Sólo escucho sus voces, y comienzo a encontrarles un sentido. No sé si se trata de la muerte. Soy parte de Él.

 

Tyndalos

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