* GANANCIA (por Tyndalos)

ras la invasión, se dieron órdenes estrictas. Había que abandonar las ciudades. Los guardianes dispusieron largas hileras que se prolongaban hasta el campo. Había que “limpiar”, “ordenar”, “clasificar”. Una primera clasificación fue por sexos. Después, por edades. Todos debíamos poner las manos sobre el hombro de los que teníamos delante. Los guardianes eran altos, muy fornidos. Su cabeza parecía una especie de pimiento arrugado y largo, tan ancha como un cuerpo humano, aunque disminuía el diámetro a medida que avanzaba hacia el frente, culminando en una especie de esfera ocular que recordaba bastante a la de los camaleones. Sus armas de control y castigo eran eficaces. Nos imprimían fuertes marcas en la carne. Habíamos dejado nuestras ropas abandonadas en las áreas de internamiento. Como el ganado, los humanos nos enfilábamos desnudos hacia un destino incierto, mientras los látigos y tentáculos de las criaturas no cesaban de restallar. Los intérpretes, unos humanos fuertemente esposados, caminaban a nuestro lado con unos carteles atados al cuello donde se habían escrito extraños símbolos en los que se debía resaltar su condición de colaboradores. Era curioso ver como otros animales humanos nos insultaban y vejaban mientras ellos mismos no parecían disfrutar de mejores condiciones ni un trato especialmente favorable. También maniatados y desnudos, gritaban las consignas que los guardianes les transmitían. Nadie sabía cómo podían haber descifrado el lenguaje de los invasores. El misterio rodeaba todo cuanto concernía a la invasión.

 

Las filas de humanos fueron dirigidas hacia un gran descampado. Desde allí se podían ver las enormes columnas de humo como resultado de la invasión. Las ciudades próximas habían sido reducidas a polvo, humo, ceniza. Era el fin de la historia humana. Era el comienzo de nuestra animalización. Desde un primer momento, los seres del Espacio Lejano nos dispensaron el trato más brutal. Nos obligaron a copular ante ellos. Después, nos obligaron a practicar el canibalismo y a darnos muerte unos a otros, tal y como se cuenta de los circos romanos: aparentemente por puro y simple entretenimiento. También nos utilizaron como juguetes, y cometieron con nuestros cuerpos las más aberrantes carnicerías. Los cadáveres humanos se amontonaban por doquier. Nunca hubo infierno, hasta que yo lo pude ver.

 

Cerca de la fila de las mujeres, tramé un plan. Pude observar que los guardianes desenganchaban a algunas de ellas, quizá para practicar sus juegos y deportes favoritos. También se disponían a hacer lo propio con algunos hombres. Me hice notar ante el guardián para que me eligiera a mí. La mirada, quizá lasciva, del único ojo alienígeno del invasor enfocó hacia donde yo me encontraba. Y por fin me desenganchó, llevándome hasta el grupo de las muchachas a empujones y a golpes de látigo y tentáculo. Fue entonces cuando les dije a ellas: “¡Corred!, ¡Vamos, hacia el soto!”. Y ellas, rápidas de reflejos, me siguieron. Los guardianes no tardaron en hacer sonar sus tubos de alarma general. Se formó un buen escándalo, pero el hecho cierto es que un hombre y tres muchachas habían decidido escaparse de la zona de confinamiento de esclavos. Con nosotros iban a tener otro tipo de diversión: darnos caza.

 

Nos internamos en aquel bosquecillo, entre zarzas y espinos que nos hicieron sangrar por todo el cuerpo. Los germogs, es decir, una especie de perros extraterrestres, salieron detrás nuestro para darnos caza. Las seis patas articuladas de cada uno de ellos eran más veloces que nuestras pobres piernas humanas. En plena carrera horrible, me fijé en una especie de cueva que se abría al fondo, en una loma llena de arbustos. Grité a las mujeres que corrieran hacia allí.

 

Sin pensar en nada más, pues el agotamiento se había apoderado de nosotros, creo que nos forjamos la ilusión de que allí habría un laberinto de galerías por donde los germogs no podrían entrar. Había que apostar, tener fe en la cueva.

 

Y entramos. Corrimos hacia el oscuro interior con los gemidos ansiosos y los jadeos horribles de las criaturas perseguidoras. Pronto vimos que la abertura se estrechaba y que la dificultad de un avance para nuestros cuerpos delgados se transformaba en imposibilidad absoluta para los germogs o para sus mismos amos, los invasores.

 

Y ¿qué fue lo que vimos en el interior de la tierra? En cuanto la abertura se ensanchó un poco, como si se tratase de un embudo, vimos una amplia estancia interior e iluminada.

 

¡Humanos! Humanos vestidos decentemente, con ordenadores, lámparas, sistemas de calefacción. Al vernos entrar, a tres muchachas y un hombre, desnudos, sangrando y con aspecto más propio de los muertos que de los vivos, se sorprendieron no poco. Algunos nos encañonaron con armas.

 

Irritado, un hombrecillo con bata blanca se dirigió al que parecía el jefe de todos ellos. Un tipo gordo y trajeado:

 

--Señor Silmour. Creo que el experimento presenta sus fallos. Decía usted que con las nuevas criaturas salidas del laboratorio de la Corporación las fuentes de ganancia iban a estar seguras al cien por cien.

 

Silmour se arrellanó en el butacón giratorio. Después de una calada al cigarro, contestó:

 

-Es lo que tiene la especie humana. Hacen falta generaciones para que interiorice su condición de mercancía. Desde que se agotó el petróleo la gente se resiste a la esclavitud. No hay manera de metérselo en la cabeza. Ni siquiera simulando una invasión extraterrestre. En fin, habrá que diseñar nuevos guardianes. A estos, dádselos a los perros. Ya tendrán hambre.

 

-Sí, jefe.

 

Tyndalos

 

COMENTARIOS

Comentarios: 2
  • #2

    Kharvatos (martes, 24 marzo 2009 17:00)

    Interesante historia compañero Tyndalos. Yo, por mi parte, espero esa continuación con impaciencia.

  • #1

    Tyndalos (martes, 24 marzo 2009 16:54)

    Este relato tendrá una continuación...