* FIRME, QUE NOSOTROS CAMBIAMOS (por Manheor)

l Dr. Vickers carraspeó, aclarándose la garganta. Se ajustó sus anticuadas lentes de vidrio y metal al puente de la nariz e inclinó la amplia sombra de su generosa humanidad sobre el panel táctil de su escritorio.

 

—Debe recapacitar señor Forrester. Hágame caso, conozco las perspectivas de un caso como el que me plantea y no son buenas, horribles, si me permite ser franco y directo— Dean Forrester, seguía cabizbajo, las manos cruzadas sobre la nuca y la frente apuntando al suelo de poliacero cromado. El Dr Vickers arqueó una ceja—. Además es que usted sabe lo absurdo de mantener la esperanza, su ficha dice que su familia ya ha sufrido un caso semejante —«Verónica, mechas violetas entre alabastro rizado; pecas salpicando sus mejillas sonrosadas; labios sonriendo, siempre sonriendo”. La frente de Dean seguía apuntando al suelo—, su hermana Verónica, según me indica el archivo no pasó de los tres meses antes de que la metástasis acabara con sus pulmones. Pero fueron tres meses horribles.

 

— Usted no sabe cómo fueron. Ni lo imagina.

 

El doctor parpadeó sorprendido. Eran las primeras palabras de su paciente en media hora. Se dio cuenta de que estaba fijando su mirada de una manera improcedente. Tosió dos veces, intento disimular el rubor de sus mejillas cubriéndose la boca con la mano y prosiguió con su argumentación. «Gong, segundo asalto», pensó Dean.

 

— Señor Forrester, ¿Es consciente de que mi deseo, mi deber, es ofrecerle y facilitarle la mejor de las opciones para usted y su familia?— Los dedos entrelazados de Dean se separaron por un instante, dibujando una V sobre su cuello inclinado, y volvieron a donde estaban. El Dr. Vickers contuvo su deseo de golpear a su paciente y hacerle pagar con moratones su indiferencia. Logró contenerse, sin que su modulada voz trasluciera el pensamiento agresivo que había electrizado sus neuronas—. Además, debe contemplar también que la tecnología actual ofrece un sinnúmero de variables de interés, que pueden suponer, tanto para usted como para su esposa, un fuerte impulso en el ámbito social y ambos sabemos que usted no quiere hacerle pasar a... —Rebuscó rápidamente en sus archivos neurales, maldiciéndose por tener que hacerlo, hasta que el pequeño ordenador cuántico implantado en su cerebro dio con el nombre y la proyección de la imagen adecuada. Era una mujer bonita: pelo rubio, ojos castaños y sólo veintiséis años. El jodido Forrester era un tipo afortunado, después de todo—. Elizabeth el horror y el sufrimiento emocional derivado de una tragedia familiar de esta magnitud.— Se levantó, con esfuerzo, de su silla de aluminio y pulsó dos controladores holográficos sobre el panel del escritorio. La consola relució con un resplandor violáceo.— ¿Puede acompañarme un momento Sr. Forrester para eligir cuál le parece la opción más adecuada?

 

Dean alzó los ojos lentamente, observando al panzudo doctor que se alzaba sobre sus gruesas pantorrillas —«salchichas envueltas en un lujoso papel de aluminio»—, sudoroso y expectante, quemando las últimas hebras que lo unían a la educación.

 

Se quedó sentado unos instantes, disfrutando con un placer perverso de los chorretones húmedos que le caían a través del acordeón de pliegues grasientos que era su cuello. Finalmente se levantó, dirigiéndose a la pared situada justo detrás del escritorio en la que comenzaban a fluctuar unas imágenes dispersas.

 

El Doctor dividió el torrente confuso de imágenes en un mosaico de celdillas octogonales, un enorme panal de abejas en el que hervían retazos de spots publicitarios, diagramas estadísticos de todos los modelos —por sectores, de barras y de dispersión, con miles de puntitos brillantes flotando a distintas alturas sobre un eje de abscisas con la leyenda (Silicio/Tejido Orgánico)—, modelos computerizados de rostros femeninos, ojos, bocas y narices de todos los colores y aspectos y los rostros de adultos entrevistados sobre la fiabilidad del proyecto. «Creí que todo se había acabado cuando Marty se fue. Luego me llamaron de la agencia y me dijeron que había una posibilidad y decidí someterme al programa» La mujer que decía estas palabras era la típica ama de casa del siglo XXI, piel sonrosada, traje de dos piezas de hilo de aluminio estampado, agradablemente fea... La imagen se sobreimpresionó con un extracto de su vida familiar, filmado por una cámara oculta en su vivienda, mientras un texto en letras blancas y parpadeantes rezaba:

 

Byoline cambió la vida de Martha ¿Por qué no cambiar la suya? El final sufrimiento a sólo una telellamada. Tratamiento gratuito para miembros de la Federación.

 

Dean sintió ganas de vomitar.

 

— ...demás puede usted elegir el modelo físico de su etapa adulta en todos sus detalles, ojos, piel, cabello... aunque siempre es problemático justificar el cambio en los ojos. Y la reinserción social es total; la Federación se encarga de todo el papeleo correspondiente a la solicitación del permiso de fecundación. El marido no se enteraría de que los óvulos de su mujer pertenecen a un donante...—

 

Dean volvió a perder el discurso del doctor. La voz le llegaba lejana como si la escuchara desde el fondo de un pozo. Los ojos comenzaron a escocerle y creyó que se echaría a llorar otra vez. «Maggie...» No. No. En realidad era consciente de que tenían razón, él no quería que Liz pasara por aquello, no quería contárselo y no quería que supiera hasta que punto el sistema Biolyne para la resurrección del tejido orgánico era una falacia. Además, pensó sonriéndose, ¿Qué podría decirle? La federación monitorizaba a todos sus empleados y, en concreto, las medidas de seguridad para aquellos que conocían la verdad oculta tras el supuesto milagro de la vida eterna eran, sencillamente, imposibles de evitar.

 

Y entonces, de pronto, mientras oía sin escuchar la perorata del grasiento doctor y las imágenes publicitarias se reflejaban sobre su bata de aluminio, el dolor del pasado lo golpeó en el centro del cerebro, atravesando sus neuronas como un filo de diamante.

 

Y recordó la carita redonda de Maggie-bebé, todo mejillas y sonrisas, mientras la papilla de centeno le caía, grumosa, sobre el babero. Había un hipopótamo verde con una cuchara estampado en ese babero. Dean se sintió al borde del volcán, observando cómo la lava ardiente agujereaba sus pies con cada salpicadura de la olla hirviente y rocosa.

 

—...finitiva que el proceso sólo ofrece ventajas. Así que, ¿Por qué no pasamos al papeleo?

 

Dean se imaginó el vientre abierto de su hija, su niñita de seis años, Maggie, con las bioarañas serpenteando en el interior de su cuerpo, intentando extirpar el tumor que colgaba de su páncreas con sus apéndices filosos y resplandecientes; una pelota infantil de células muertas. Creciendo, siempre creciendo. Dean suspiró, ahogando las lágrimas en un pozo profundo y oscuro que desconocía poseer. Margaret Forrester por una muñeca de silicio ¿Y por qué no?

 

—Está bien. Hagámoslo.

 

El Dr. Vickers por fin pudo sonreír, y las curvas que doblaron los pliegues de sus múltiples papadas parecieron ecos de aquella sonrisa.

 

Dean firmó el impreso.

 

Manheor

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