* EXPIACIÓN (por Tyndalos)

uando desperté de mi largo sueño, todas esas lombrices cubrían mi cuerpo. Había millares, millones de lombrices largas, brillantes, untuosas. Entraban por mi boca, por las orejas, por las fosas nasales. Y mis miembros no respondían a la orden de moverse. Una extraña parálisis me bloqueaba toda reacción. Ellas se enseñoreaban de mi cuerpo y nada podía hacer. Únicamente pensar, pensar, pero el pensamiento de un cuerpo paralizado no sirve de nada.

 

La sangre ya caía de las heridas abiertas. Las lombrices y larvas entraban por ellas y horadaban túneles por los lugares más apetecidos de mi piel. Trabajosamente extraían trozos de víscera y coágulos de sangre, fragmentos de fibra… Era suyo, todo mi ser les pertenecía y no alcanzaba a averiguar el por qué de mi situación.

 

Pero al fijarme en algo que acontecía más allá de la ventana, junto al lecho en que me postraba, empecé a comprender la situación.

 

Las lombrices, las larvas y todas las otras extrañas criaturas reptantes que me devoraban, procedían de un único punto.

 

Era una suerte de planeta o asteroide, una especie de piedra gigantesca que se había posado sobre los techos de la ciudad.

 

Su mera presencia desató innumerables incendios, y hasta mí llegaba el olor del humo y la visión de lejanas columnas negruzcas. Las sirenas sonaban en la calle y todavía había gritos abajo, en la amplia avenida que pasaba frente a mi hotel. Mis ojos, si bien no eran capaces de moverse, hicieron el esfuerzo por captar las imágenes que llegaba a sus campos periféricos de visión. Y en ellos se registraba algo inquietante:

 

El astro que se posó sobre la ciudad, sin llegar a tocar suelo, se encontraba lleno de orificios en la corteza exterior y de ellos salían unos tentáculos o palpos que espantosamente derribaban antenas, chimeneas, torres de apartamentos. Y de ellos procedía el Mal. El mal encarnado en especies de seres repugnantes que, dotados de una increíble y acelerada capacidad reproductiva, caían como plagas bíblicas sobre los humanos, para así expiar tanta infamia, tanto pecado.

 

Y la piedra gigante avanzó hacia la ventana de mi hotel. Su enorme sombra provocó una noche similar a la de los eclipses. Y de su vientre granítico llovieron más criaturas infames.

 

Solamente entonces desperté de nuevo del sueño dentro del sueño.

 

Y me pude ver desde el techo de otra habitación. Allí abajo yacía tendido, amarrado a una extraña mesa de investigaciones. Y unos animales bípedos pero acéfalos, rodeados de tentáculos y raras probóscides, me sometían a una rutinaria inspección.

 

Pronto formaría parte de su Museo de objetos vivientes.

 

Tyndalos

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