* ETERNIDAD (por Alexis Brito Delgado)

Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda esperanza humana. Salté sobre toda alegría, para estrangularla, con el silencioso salto de la bestia feroz. Llamé a los verdugos para morder, al morir, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme con arena, con sangre. La desgracia fue mi Dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y jugué unas cuantas veces a la demencia. Y la primavera me trajo la horrible risa del idiota.”

 

                                                                                                (Arthur Rimbaud)

1

 

LA AGONÍA DEL LOBO BLANCO

 

l desierto se extendía hasta el horizonte, bañado por los haces ardientes del sol, imbuido en un silencio sobrenatural. Una brisa estremeció las dunas susurrantes. Exhausto, el albino levantó la cabeza hacia el cielo y contempló la bóveda celeste que abarcaba el infinito: quedaba poco para que anocheciera. Con languidez, Elric estrechó la túnica alrededor de sus hombros y cubrió la palidez cadavérica de su rostro inhumano de los rayos abrasadores, comprobando que no había torcido el rumbo que seguía desde el amanecer. Quarzhasaat estaba cerca, diez kilómetros lo separaban de la ciudad, no le quedaba otro remedio que continuar adelante: había agotado las pócimas que lo mantenían durante la travesía a través del Desierto de los Suspiros. Apretando los dientes, el albino maldijo su propia estupidez. Aquel viejo ilmiorano lo había engañado, el mapa que señalaba la situación de la mítica Talenorn resultó ser un fraude: ahora tenía que pagar las consecuencias de su ingenuidad. Desalentado, Elric bajó una depresión entre dos grandes bancos de arena e ignoró el calor que consumía sus fuerzas, dispuesto a andar hasta la llegada de la noche. Lentamente, el albino adecuó sus movimientos al desierto, cruzó las dunas como una sombra y procuró conservar la poca energía que le restaba. Sin desearlo, su mente retrocedió al pasado y recordó a los viejos camaradas: Dyvim Tvar, Huesos Torcidos, Rackhir el Arquero Rojo y Smiorgan el Calvo. Todos aquellos que lo habían acompañado durante los últimos meses, desde que había decidido autoexiliarse para recorrer los Reinos Jóvenes, en busca una meta que no alcanzaba a comprender. Durante un momento, Elric extrañó al Sacerdote Guerrero de Phum, esperaba que hubiera encontrado Talenorn, donde se decía que los hombres hallaban el descanso. Un destello brilló en el horizonte, el albino hizo visera con la diestra, sus ojos carmesíes otearon el páramo inabarcable y contempló una pequeña caravana que probablemente se dirigía a Kaarlaak, dispuesta a comerciar lejos de los límites del Erial de las Lágrimas. Abatido, Elric siguió hacia el noroeste, no podía pedir auxilio a los nómadas, estaban demasiado lejos, nadie escucharía sus gritos demandando socorro. La espada murmuró en su cadera izquierda y lo apartó del lúgubre futuro que lo esperaba.

¿Qué sucede, Tormentosa? —inquirió el melnibonés al acero con cierta ironía—. ¿No disfrutas del viaje?

La Espada Negra volvió a rezongar.

¡Cállate! —exclamó Elric—. ¡No me molestes!

 

El albino atravesó las dunas candentes, sus piernas se enterraron hasta las rodillas y le impidieron avanzar con prontitud, mientras vigilaba los remolinos polvorientos que podían tragarlo con facilidad. La imagen de Cymoril llenó su memoria, el anhelo por tiempos mejores apretó sus entrañas y le hizo un nudo en la boca del estómago. Nunca podría regresar a Melniboné, dentro de poco su cadáver sería pasto de los buitres, traicionaría las promesas que hizo al partir de Imrryr: su estado no le permitiría alcanzar Quarzhasaat. Nuevamente, Elric odió su debilidad física, la sangre contaminada que recorría sus venas y lo convertía en un individuo enfermizo, en el emperador inadecuado para sentarse en el Trono de Rubí de la Isla del Dragón. Las cadenas hereditarias eran imposibles de romper, el albino sabía que jamás gobernaría su imperio como deseaban sus súbditos, detestaba el poder que oprimía su espalda, era demasiado distinto a sus antepasados, no encajaba en las tradiciones que se perdían en el polvo de los siglos. En aquel momento, después de tantos años, comprendió a su padre. Sadric estuvo condenado a pasar por lo mismo, rigió a una raza en decadencia, a unos individuos malévolos preocupados en disfrutar de sus sofisticados placeres: anacronismos que no aceptaban que los días gloriosos del pasado estaban muertos. Elric ambicionaba cambiar a su pueblo, convertir Melniboné en un punto de referencia para los Reinos Jóvenes, era la única manera que tenía su raza de sobrevivir, o sería conquistada por el declive que trae el paso del tiempo. Tormentosa vibró en su costado: su risa burlona barrió sus buenos propósitos y lo obligó a recordar lo imposible de su ilusión.

Verás que tengo razón —afirmó el albino—. Demostraré que no me equivoco.

 

La frase murió en su boca. Se encontraba demasiado deprimido para albergar planes de futuro, no le quedaba ninguna esperanza de sobrevivir, su prima no le vería regresar dentro de un año. Elric se desplomó de rodillas, una lágrima descendió por su mejilla y dejó una estela en su cara manchada de polvo. Las dudas golpearon su mente nublada por el cansancio: ¿Acaso se engañaba a sí mismo? ¿Traería la destrucción a Melniboné? ¿Yyrkoon volvería a traicionarlo? ¿Merecía vivir en un mundo que lo repudiaba? El albino rodó por una duna y levantó una nube de tierra: el clima avasallador lo había vencido. La Espada Negra gimió y lo obligó a abrir los ojos almendrados: el cielo color índigo iba tornándose malva. Una ráfaga de aire lo estremeció, sudaba, si perdía humedad estaba acabado, el desierto triunfaría sobre su voluntad. Elric quiso incorporarse pero sus esfuerzos fueron vanos, su físico no le permitiría proseguir, estaba condenado a un final miserable...

 

2

 

ORLAND FANK

 

El príncipe albino abrió los ojos. Ignoraba cuanto tiempo llevaba inconsciente, una corriente de frío lo sacudió de la cabeza a los pies: la temperatura había descendido a un límite insoportable. La luna enrojecida bañaba los contornos de los bancos de arena y hacía brillar el desierto con una belleza mortífera que lo hizo dudar de su propia angustia. Inconscientemente, Elric buscó una pócima, pero el morral estaba vacío, no tuvo la oportunidad de reponerlas en Jadmar. Un zorro plateado cruzó la pendiente. El animal contempló al melnibonés con curiosidad, antes de continuar su caza nocturna. Tiritando, arrebujó la túnica de seda en torno a su esternón y respiró entrecortadamente a causa de la madrugada helada. La arena se clavaba como puñales de escarcha en su espalda. El albino aguzó los oídos, buscó la espada de manera automática y aferró el pomo con largos dedos blanquecinos: creía oír pasos en la negrura.

¡Hola! —saludó una voz—. ¿Me escuchas?

Elric agitó la cabeza. Era imposible que alguien lo estuviera buscando, tendría demasiada suerte, cosa que nunca le acompañaba.

¿Dónde estás? —continuó el desconocido—. ¿Hawkmoon?

 

El albino decidió guardar silencio, no se fiaba de los buenos propósitos de su inesperado visitante, aquellas tierras estaban colmadas de peligros: no volvería a confiar en nadie si podía evitarlo. Un hombre quedó iluminado por la luna. Sus ropas eran estrafalarias, desentonaban con la indumentaria de los habitantes de los Reinos Jóvenes: camisa de lino escarlata, calzones amarillos bombachos, gorra verde manzana y capa naranja doblada sobre su hombro. El joven estaba rodeado por una especie de aura intangible que circundaba su anatomía de forma irreal: parecía que no pertenecía a aquel plano. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro:

¿Príncipe Elric? —Se detuvo lejos del alcance de la Espada Negra—. Me alegra haberos encontrado.

El desconocido le resultó familiar al albino. Lo había visto en alguna parte, un extraño nexo de afinidad los unía, el mismo que experimentaba con el Arquero Rojo.

¿Quién eres? —susurró—. ¿Cómo sabes quien soy?

Mi nombre es Orland Fank —dijo con una burlona inclinación de su cuerpo—. ¿No me recuerdas, Campeón?

No.

Tormentosa estaba muda. Fank observó el acero con recelo, y acarició el hacha de doble filo que colgaba en su espalda, reacio a aproximarse al melnibonés.

Me lo imaginaba —rió—. Suele pasar cada vez que nos encontramos.

Elric no podía sospechar del desconocido, no era un enemigo, la espada lo hubiera delatado, aunque no entendiera lo que le estaba diciendo.

¿Vas a ayudarme? —inquirió—. No puedo levantarme.

¡Claro! —Señaló con un dedo la hoja infernal—. ¿Me atacará?

No.

Orland Fank lanzó una carcajada.

¿Seguro?

Te lo prometo.

Despreocupado, Fank se arrodilló ante el albino, agarró su cabeza y le introdujo una cantimplora entre los labios cuarteados por la sed. Elric bebió ruidosamente. Una oleada de energía envolvió sus miembros, calentó los huesos helados por el desierto y le devolvió una fracción de su antigua energía.

Gracias, Fank. —Estudió a su salvador—. ¿No serás familiar de Rackhir el Sacerdote Guerrero de Phum?

No, príncipe Elric. —Sonrió—. Aunque no descarto la posibilidad por completo.

¿De dónde vienes?

En teoría provengo del futuro —explicó—. Aunque no lo puedo afirmar con seguridad. El tiempo no sucede de idéntica manera en todos los ámbitos. Ahora mismo, el Imperio de Granbretan ni siquiera debería existir.

El melnibonés no entendía nada.

¡Siento confundirte, Elric! —bromeó—. ¡No debería estar aquí!

¿Por qué no?

Pertenezco a otra época. Viajo entre los planos aleatoriamente ofreciendo mi auxilio al Campeón Eterno. Ahora mismo he sido trasladado desde las Islas Orcadas. Allí esperaba a vuestra futura reencarnación, Dorian Hawkmoon, que lucha contra las fuerzas del Imperio Oscuro.

 

Elric pasó por alto la explicación de Fank, aunque podía reconocer un nombre, estaba seguro de haber oído hablar de Hawkmoon, quizá en uno de los libros de la biblioteca de su padre, cuando era instruido para ser el Emperador de la Isla del Dragón.

 

Debo irme, príncipe Elric. —La figura de Orland Fank empezó a difuminarse—. Mañana enviaré a Anigh a buscaros.

¡Fank! —gritó Elric—. ¡No me dejes aquí!

Lo siento, Elric —dijo apenado—. Volveremos a encontrarnos.

El silencio cubrió su partida. El albino se quedó solo, con la impresión de que había perdido a un buen amigo, antes de desvanecerse en el mundo de las pesadillas...

 

3

 

ARIOCH

 

Elric...

¿Arioch?

Mi fiel esclavo...

¿Señor?

El Duque del Infierno apareció sobre el albino: era un joven rubio de melancólica belleza, vestido con telas etéreas que cambiaban de color y enmarcaban todos los espectros del arco iris.

¿En que lío te has metido esta vez?

Señor, quiero llegar a Quarzhasaat.

Arioch sonrió con indulgencia:

¿No te acuerdas del Hombre de Jade, Elric?

 

Su amo era rencoroso, no había olvidado los acontecimientos sucedidos en R’lin K’ren A’a, donde el albino lo obligó a cumplir su voluntad, desencadenando una guerra entre los Señores de los Mundos Superiores.

No me quedó otra opción, señor.

Tengo que dejarte, querido, asuntos importantes reclaman mi presencia.

Arioch, por favor...

Adiós, dulce carne, recuerda tu promesa, me perteneces, al igual que tu padre...

 

4

 

BAILARINES DEL FIN DEL TIEMPO

 

La Caverna de los Latidos lo circundó. Las paredes pulsantes se estremecían como la matriz de un monstruo, emitían un sonido desagradable y sostenían a las Espadas Negras, que flotaban en el centro de la estancia circular. Elric observó como su primo se acercaba a las hojas forjadas por el Caos, con un gesto codicioso en el rostro.

¡No! —gritó.

El aire de la caverna oprimía sus pulmones. El albino deseó levantar su propia arma, la espada de Aubec era un hierro sin vida, pesaba demasiado para su mano debilitada por el viaje a través de Ameroon.

¡No! —coreó Yyrkoon.

La superficie de los aceros estaban talladas con runas que no alcanzó a reconocer. Un zumbido emanaba de las hojas y reverberaba contra las paredes de su cráneo. El contorno de ambas irradiaba una radiación negra. El melnibonés anheló retroceder al pasado, cambiar la escena que sucedía, no empuñar a la Tormentosa, porque en el fondo de su corazón, sabía que la espada le traería la ruina. Todo desapareció con una salpicadura de veneno de dragón...

 

*

 

Varadia agonizaba en la Tienda de Bronce. El melnibonés dormía a su lado, acompañado por una mujer de hermosos rasgos, protegiendo a la joven de cualquier mal. Un nómada de aspecto bondadoso los vigilaba, intranquilo por el destino de sus tres vástagos, mientras recorría de un lado a otro la estancia cubierta por tapices y alfombras de vivos colores. Por alguna circunstancia, Elric pensó que aquel anciano bien podría ser su padre, no el neurótico amargado que lo educó sin sentimiento, obsesionado por la muerte de la única mujer que había amado. Entonces, el albino reconoció el futuro, contemplaba el mañana con una visión premonitoria que ignoraba que tuviera. Su bienestar no le preocupó, le daba igual vivir o morir, temía por la niña que deseaba salvar. Se enfrentaría a los Señores de la Entropía con las manos desnudas de ser necesario...

 

*

 

Elric luchaba sin cuartel. Tormentosa oscilaba de izquierda a derecha y detenía las embestidas de los engendros demoniacos que lo atacaban desde el techo. Una criatura con rostro de tigre se abalanzó sobre su cuerpo, la guadaña silbó cerca de su cabeza y rozó sus cabellos lechosos. El albino buscó una invocación, necesitaba un hechizo que lo sacara del apuro, pero su memoria estaba en blanco, sus poderes no funcionaban. Elric dominó el miedo y atacó al engendro. La Espada Negra no le proporcionaba poder. Arañó el muslo de la criatura sin hacerle ningún daño. Desesperado, el melnibonés observó a sus compañeros, un hombre luchaba a su costado: llevaba un casco cónico de plata, malla hasta las rodillas, túnica escarlata que ondulaba en torno a su físico, y mano izquierda con un guantelete con seis dedos en vez de cinco. Detrás, un corpulento guerrero de piel azabache, vestido con una piel de oso que cubría su armadura negra, combatía contra dos engendros a la vez con una espada similar a la Tormentosa, y resistía a duras penas las guadañas que querían matarlo. ¿Por qué experimentaba una sensación de empatía? ¿Reconocía a ambos desde siempre? ¿Eran hermanos encontrados después de largos años de ausencia? La escena deformó los recuerdos, desvaneciéndose, como una lluvia de lava...

 

*

 

Elric dormía entre los brazos de una joven de aspecto delicado. Asombrado, el albino contempló como los cabellos negros cubrían su torso desnudo. Sus labios pronunciaron el nombre de Cymoril. Aquella muchacha no era su prima, aunque experimentaba la misma ternura, una impresión que le costaba reconocer en su interior. Árboles retorcidos circundaban el claro del bosque, los troncos transmitían una sensación de pesadumbre, de pecados insondables anclados en la locura humana. El príncipe albino acarició los labios de la muchacha, satisfecho, tenerla a su lado calmaba la congoja que llenaba su pecho: los remordimientos no le permitían el descanso. El fuego de la hoguera se apagaba, el pasado había cesado de importarle, disfrutaba de una tranquilidad espiritual que creía perdida. Esperaba poder conservarla para siempre...

 

*

 

Xanardwys había ardido hasta los cimientos víctima de la furia devoradora del Caos. Los Señores de la Entropía, millares de ellos, se extendían en todas las direcciones posibles: criaturas infernales aniquiladas, de miembros titánicos y facciones monstruosas, provistas de cuerpos musculosos y alas coriáceas, dignos de las peores pesadillas. Sin ser consciente de ello, de una manera que no alcanzaba a entender, supo que aquellos demonios habían intentado vencer a la Ley, sin éxito. Le resultaba turbador contemplar a aquellos semidioses, antaño poderosos e intocables, humillados y derrotados como cualquier ejército mortal. El cielo teñido de carmesí, colmado de horrendas nubes, era recorrido por relámpagos centelleantes. La tierra oscura y mancillada, aplastada y cubierta de cráteres, apestaba a cenizas y azufre. Las murallas de mármol destruidas, las torres de marfil arruinadas, los edificios de ébano desmoronados y las calles fuliginosas cubiertas de cadáveres, le hicieron un nudo en el estómago. Los habitantes de la metrópoli estaban condenados por toda la eternidad; nunca podrían alcanzar el olvido que la muerte podría proporcionarles. La lucha de la Singularidad contra las Legiones del Infierno sólo había dejado un hedor obsceno y repulsivo que cubría el valle con su manto avasallador. Su peregrinación a través de los Reinos Jóvenes le estaba enseñando extrañas lecciones que no sabía cómo asimilar…

 

*

 

Las aguas cubiertas de niebla rezumaban angustia. Voces moribundas suplicaban desde el océano, rogaban clemencia a los dioses, entre los restos del naufragio. Elric estudiaba los despojos desde el castillo de proa del barco. La bruma no le permitía ver a los moribundos, que aullaban como almas en pena, consumidos por un terror imposible de explicar. El albino cerró los ojos color sangre y exhaló un suspiro lleno de contrariedad. No soportaba aquellos sonidos, le recordaban a la Espada Rúnica que colgaba en su cadera. La nave se movía a gran velocidad y surcaba los planos inmateriales, sin que pudiera distinguir cual era su rumbo. El albino apretó la cabeza de madera de un demonio. Tenía que salir de aquel barco, regresar a los Reinos Jóvenes, abandonar aquel mar diabólico donde los heridos agonizaban: no volvería a combatir por el Capitán Ciego. Morboso, Elric quiso averiguar lo que había pasado, saciar la curiosidad que lo diferenciaba de sus compatriotas, aunque temía las respuestas que pudieran ofrecerle. En determinados casos, la ignorancia representaba una virtud...

 

*

 

Cabalgaba entre las huestes del Infierno. Los cascos de su caballo aplastaban los cuerpos putrefactos, mientras utilizaba la espada como un ariete, cantando una canción salvaje propia de sus antepasados. Lleno de energía, el albino clavó los tacones en los flancos del animal, se aproximó hacia su rival, levantó la Tormentosa sobre el casco y desafió al Príncipe de los Condenados. Un jinete de metro noventa se acercaba de frente. Su figura estaba compuesta por un único bloque de acero, el símbolo del Caos brillaba en su pecho, las ocho flechas estaban embadurnadas de sangre. Ambos aceros chocaron. La espada de su enemigo robó el poder de la Tormentosa. Elric retrocedió con presteza y midió las fuerzas del hombre que había subestimado. Las Tres Hermanas, La Rosa, y Charion Phatt peleaban detrás de su espalda, superadas en número, cantando su propia canción de batalla, con la feroz alegría de los combatientes veteranos. El albino debía vencer a su adversario, o aquel ámbito sería conquistado, sometido como tantos otros, ante las fuerzas del mal. Gaynor reía como un poseído, complacido ante la inesperada debilidad del melnibonés, con ojos ardientes por los fuegos internos que lo consumían...

 

*

 

Colmillo de Fuego cruzaba el Desierto de los Suspiros. Sus poderosas alas cortaban la distancia como un cuchillo, conducían a sus hermanos de sangre y superaban la materia del Caos que corrompía la tierra. Elric no podía mantenerse erguido en la silla, alguien lo había atado con cuerdas, para que no se desplomara desde las alturas. Descendiendo, el dragón tomó un nuevo rumbo y abrió las enormes fauces llenas de colmillos afilados, dispuesto a soltar su veneno. El sol hizo brillar las escamas de la bestia y resaltó el tono metálico de su piel. Criaturas con forma de ballenas marinas que atacaban a los reptiles rezagados. Lentamente, el Campamento del Caos surgió en la distancia, destellando sobre el erial consumido por la guerra: los estandartes de los diversos Duques del Infierno ondeaban al viento. El peso del Escudo de Mordaga lo hacía desfallecer, necesitaba almas con las que alimentarse, o no podría aniquilar a sus enemigos. Restaban demasiadas deudas por saldar, su alma demandaba venganza. El príncipe albino extendió la Tormentosa, la Espada Negra acompañó el rugido de su dueño y desafió a los Señores de los Mundos Superiores, con una arrogancia nacida de la fatalidad...

 

*

 

Melniboné ardía. Las orgullosas torres de Imrryr eran consumidas por el fuego que ennegrecía el cielo lleno de cenizas en suspensión y derrumbaba unos edificios que nunca volvería a contemplar el mundo. Elric apretó los labios, un llanto amargo se agolpaba en su garganta, mientras el pasado flameaba a su espalda, consumido por la venganza irracional que había destruido a su raza. La culpabilidad quemaba su interior, nunca podría olvidar el crimen cometido, su conciencia no le permitiría el descanso, viviría atormentado por el resto de sus días. Sus hombres reían, complacidos, ante la hecatombe de la Ciudad de Ensueño, mirando las ruinas arrasadas por las llamas. El albino comprimió el pasamanos con los dedos. La torre de D’a’rputna se desmoronó con un crujido de piedras rotas y sepultó el cuerpo de Cymoril entre sus restos. El dolor aumentó, golpeó su alma agrietada, le arrebató la respiración y lo obligó a morderse los labios. Elric se sintió solo y miserable, era un renegado, un paria asesino de su linaje, no merecía seguir despierto. Al bajar los ojos, estuvo tentado en arrojar la Espada Rúnica por la borda. El odio que sentía hacia el acero superó sus remordimientos: Tormentosa no merecía ningún crédito; tenía que buscar la manera de deshacerse de ella. El asesinato de su prima carcomía su espíritu, la imagen de su pecho cubierto de sangre no lo abandonaba, velaría sus noches colmadas de pesadillas, impidiéndole encontrar respiro...

 

*

 

¡Campeón Eterno!

La exclamación lo hizo temblar como una hoja, no iba a pasar de nuevo por aquella experiencia, estaba harto de combatir por una causa que desconocía.

¡Despierta, Campeón Eterno!

Elric se revolvió en sueños y arañó la arena del desierto, al filo de la desesperación.

¡Dejadme en paz!

¡Debes acudir a la llamada, Campeón!

¡No!

¡Es tu destino!

¡Nunca!

¡Debes empuñar la Espada Negra!

¡Odio a esa espada!

Un corro de hombres lo invocaba, sus rostros eran indistintos, cubiertos por sombras movedizas que no presagiaban nada bueno.

¡Te necesitamos, Campeón Eterno!

¡No quiero auxiliaros!

¡Es tu obligación!

¡No!

¡Erekosë!

¡Soy Elric de Melniboné!

¡Corum Jhaelen Irsei!

¡No!

¡Dorian Hawkmoon!

¡Soy Elric!

¡Jerry Cornelius!

¡No! ¡No!

¡Earl Aubec!

¡No!

¡John Daker!

¡Soy Elric!

¡Mejink-La-Kos!

¡No!

¡Ghardas Valabasian!

¡No!

¡Konrad Arflane!

¡Soy Elric de Melniboné!

¡Urlik Skarsol!

¡No!

¡Ilian de Garathorm!

¡Soy Elric!

¡Clovis Marca!

¡No!

¡Oswald Bastable!

¡No!

¡Asquiol de Pompeya!

¡No!

¡Campeón Eterno, Soldado del Destino!

¡No quiero escucharos!

¡Debes luchar!

¡No!

¡Es tu obligación!

¡No!

¡Debes empuñar la Espada Negra!

¡NO!

 

 

5

 

ANIGH

 

El albino se arrastró sobre la arena y buscó refugio ante el sol tórrido de la mañana: tenía huesos magullados por haber pasado la noche a la intemperie. No comprendía porqué continuaba con vida, no recordaba nada de lo sucedido la madrugada anterior, su mente era un pergamino en blanco, había perdido el conocimiento a la caída de la tarde. Elric no salía de su asombro, las murallas de Quarzhasaat se elevaban a menos de una milla, resguardando la belleza inmemorial de la ciudad de las tormentas del desierto, dignas de competir contra Imrryr la Hermosa. Consumido, Elric no fue capaz de disfrutar de los imponentes palacios, de los zigurats etéreos que parecían flotar en el aire, de los colores que tenían naturalidad propia, de los jardines cuidados por manos expertas y de las complejas terrazas de varias plantas de altura, cada una diferente a la anterior. Un muchacho se dirigía en su dirección, su silueta se mimetizaba con las dunas, confundiéndose con los bancos arenosos.

¿Estáis bien, señor?

El joven lo miró con curiosidad, extrañado por el tono marfileño de su piel, atrapado por los ojos carmesíes que observaban la eternidad, consciente de la debilidad de la extraordinaria criatura que agonizaba a sus pies.

Llévame a Quarzhasaat. —Le puso una esmeralda en la diestra—. Te recompensaré.

Claro, señor. —El muchacho miró la piedra preciosa con avaricia—. ¿Quién sois?

Elric de Nadsokor —mintió el melnibonés.

Mi nombre es Anigh, señor, os pondré a buen recaudo.

 

Mientras el joven lo izaba del suelo, Elric fue consciente de que tenía una oportunidad, sin poder evitarlo murmuró a la espada:

 

Lo hemos conseguido, Tormentosa, estamos a salvo...

 

FIN

 

Alexis Brito Delgado

COMENTARIOS:

Comentarios: 1
  • #1

    Juicer Reviews (martes, 30 abril 2013 22:25)

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