* ENCUENTRO (por Tyndalos)

iempre quise tener una casa con amplio jardín. Esta era una típica casa de campo norteña, modesta pero coqueta, y eso sí, con una franja de prado que llegaba hasta el mismo acantilado. La noches claras de verano acostumbraba a pasear por el césped y atravesar el bosquecillo de robles y castaños hasta el “Mirador” aquel frente al mar. Mi padre siempre me había dicho que instalara una valla, que aquel salto al vacío podría acarrear algún día un desastre. Pero yo amaba los cantiles cantábricos tal y como la naturaleza nos los había regalado: abruptos, salvajes.

 

Aquella noche de San Xuan era la ocasión perfecta para asomarme al “Mirador”, como yo le llamaba. Dejé en casa a los míos, después de la cena. Comencé a descender por la senda de hortensias que conduce al mar. Las luciérnagas comenzaban a alumbrar mis pasos tras un día muy largo, cálido y soleado. Los grillos hacían el coro a la sinfonía de un verano prometedor. El bosquecillo atlántico me recibió con su aroma y sus frescos golpes de rama y hoja. Lo atravesé entre rumores de criaturas nocturnas. En su linde comenzaba la gran pendiente hacia el mar. Suave al principio, acusada después en su caída.

 

El prado se había segado hacía poco. Era como una mullida moqueta repleta de margaritas fragantes. Unos altos eucaliptos que desafiaban al océano, allá abajo, se movían por efecto de la brisa suave. Todos los fenómenos y seres que se abrían a mi paso parecían indicar una presencia.

 

Era extraño, pero mi alma anticipaba de alguna manera cuanto iba a sobrevenir. Yo bajaba la pendiente como quien desea unirse a un dios en algún paraíso tan secreto, tan sumamente recóndito, que uno ignora que lo posee al alcance de su mano, justo al salir de casa, detrás de sus muros, en un olvidado sendero que baja hasta el mar, tal y como suele suceder en los sueños.

 

Entonces, bajo el influjo de estos pensamientos, comenzaron a surgir las visiones.

 

Luces, destellos, bolas fugitivas de fuego que iban y venían. Eran como las representaciones de las hadas de los antiguos cuentos. Parecían seres diminutos, llenos de luz, fulgor de vida, sí, pero otro tipo de vida…

 

Los susurros, los cantos procedentes de una tierra llena de almas, venidos de profundas simas repletas de espíritu y paz. Eso percibía.

 

Pero esto era solamente el preámbulo. Luego, el viento se agitó. Un bravo tremolar de las ramas y de las briznas, un aullido salvaje e igualmente profundo, un giro brusco hacia un tiempo de tormenta, pero de una extraña tormenta, pues ésta venía de abajo, del centro mismo del mundo y subía…

 

Las hadas desaparecieron y en ese entonces un foco de luz hórrida se puso sobre mi cráneo. Mi cuerpo entero se fundió con la luz y dentro de ella solamente alcancé a ver dragones y seres imposibles. Cuando el efecto de la luz fue pasando pude mirar hacia el foco que se había situado justamente encima de mí. Allí podía ver la Nave. Una bola espléndida, majestuosa, toda ella ojo y toda ella corazón. Ascendí como por obra de una levitación. Y tras la subida, la boca de la Nave se abrió y sus entrañas me acogieron.

 

Así fue como entré en contacto con los otros mundos. Así.

 

Tyndalos

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