* EMBALADOS (por Tyndalos)

ómo llegué? No importa ya. Creo que durmiendo. Creo que fue un viaje. Me drogaron, o simplemente yo tomé una vía inaudita en el mundo de las imágenes de los sueños. Llegué y eso es todo.

La planicie es muy grande. Toda llena de orificios. Casi no puedes andar cuatro pasos sin que exista el peligro de caerte en alguno. Aquí y allá, pequeñas lomas. A veces me subo a alguna para ver a lo lejos. Y lo mismo. Hasta el horizonte, un inmenso colador, una esfera agujereada con pequeñas lomas, también llenas de pozos. Los he examinado. Todos los pozos son muy parecidos. El diámetro es variable, pero su profundidad debe ser abismal. De ellos emana un hedor dulzarrón, como a carne quemada muy a lo lejos. Pero verdaderamente lejos. También se perciben unos murmullos. No parecen humanos, desde luego. Son ruidos animales: gimen, pero muy lejos. Aúllan, pero desde profundidades infinitas. También debería hacer mención de ese raro chapotear. Es como si hubiese un lago profundo, un mundo acuático y fangoso allá abajo.

Llevo mucho rato caminando. Creo que desde que desperté. Unas sombras negras se escurrieron detrás de una loma, allá en la distancia, y después, nada de nada. Parece que no hay nadie…en la superficie. Pero me equivoco. Aquí están las sombras nuevamente. Sí, esta vez en una de las colinas más cercanas. De tamaño mediano, un tanto gibosas. Uno podría pensar en cucarachas gigantes, o en fantasmas negruzcos. Ese andar escurridizo…uno diría que son hijas de mis sueños, caprichos del inconsciente que, repentinamente, cobraran forma en el exterior. Con qué sigilo andan. Pero al caminar se quejan. No puedo describirlas más. Si andan a dos, a cuatro, a seis patas. Deben ser horribles. ¿Por qué no se callan? Pero si hay a montones allá lejos, en el horizonte. Miro hacia atrás: muchas, por docenas, subiendo las lomas que dejé a mi espalda. Forman rebaños y gimen. No sé de qué se quejan. No sé de dónde salen. Debo ser un necio. Surgen de los orificios. Este puñetero mundo está acribillado de agujeros. ¡Casi me caigo en uno de ellos! Las sombras negras me ponen nervioso y ya no sé ni donde pongo el pie. ¡Ahhh! Una me ha rozado el talón. Qué asco. Sus extremidades son de una rara y untuosa humedad. El agujero: fíjate. De allí surgen unas extremidades flageladas. Estoy muy cerca y puedo mirar. No. No. Mil veces no. No debería haber mirado. De la negrura del fondo brotan muchas cabezas. Las cabezas llenas de ojos. De esa especie de madre surgen las gibas negras con patas. Las hay por millares. Me han detectado. Cuántas. Cuántas. Yo no sé qué hago aquí. Me rodean. Hunden sus tentáculos en mi boca. Soy suyo. No puedo moverme. Hacia dentro. Me empujan hacia dentro. Como el avispón paralizado por las hormigas soldado, embalado para ser engullido en el enorme hormiguero. Directo a sus despensas. Es el fin. No, peor. Es el principio.

Una enorme ciénaga subterránea. Millones de criaturas negruzcas y gibosas que chapotean y gimen. Y unos enormes huevos que hacen de almacén. Almacén de… ¡Dios mío!

Millones de cuerpos humanos esperan embalados e inmóviles en las entrañas de este inframundo. Soy uno de sus fardos ya. Y las criaturas que se afanan por coleccionar cuerpos humanos, no hacen más que crecer y reproducirse.

Tyndalos

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