* EL VIAJERO (por Kharvatos)

a multitud se agolpaba expectante y curiosa, a primeras horas de la mañana, en la plaza del pueblo. Algunas mujeres cuchicheaban entre ellas, observando atentamente cada movimiento del recién llegado mientras este iba sacando sus bártulos del carromato. Los niños habían dejado sus juegos cerca de la fuente y ahora, sentados sobre el pilón a la sombra del viejo roble, se reían y alborotaban haciendo bromas sobre el aspecto de aquel extraño personaje. Los hombres huroneaban suspicaces en torno del armatoste. Algunos de ellos con el ceño fruncido, pues jamás habían visto nada parecido y su contacto con el mundo exterior estaba limitado a los días de mercado en la ciudad.

 

                 El vagón consistía en cuatro ruedas enormes que sostenían una estructura orlada de molduras, a modo de ramas de árbol, tiznadas de infinidad de colores. En la parte delantera, y colgando de una cadena dorada cerca del pescante, oscilaba lentamente un pajizo y herrumbroso fanal; a través de cuyos cristales se vislumbraba una candela con grandes goterones de cera. A ambos lados, rodeados por las cromáticas nervaduras, estaban tallados sobre la madera los bajorrelieves de dos dragones; uno verde y otro azul, enfrentados el uno al otro. Entre ambos sujetaban, con una de sus garras, un singular reloj de arena. En la parte de atrás se podía apreciar, a través de una gruesa cortina de paño rojo, una puerta de hoja dividida con la sección superior entreabierta. Todo el conjunto había sido arrastrado hasta allí por un viejo buey que observaba, con mirada cansina y legañosa, al gentío que le rodeaba. Sobre él descansaban ahora los arreos que, minutos antes, había colocado el misterioso forastero de nariz aguileña.

 

                Este era un hombre alto y extremadamente delgado, con el pelo negro y lacio cubierto por una crespina. Sus ojos, oscuros y grandes, apenas pestañeaban; y tenía el rictus marcado por una permanente, ligera, e inquietante sonrisa. Vestía ropas oscuras; una túnica larga con un cubre hombros sobre el que descansaba su melena. Los más perspicaces, de entre el público, se habían fijado en el llamativo anillo plateado que lucía en la mano derecha. Sus movimientos eran muy pausados y, a pesar de su aparente indiferencia, imprimía en los presentes la intensa sensación de analizar su entorno constantemente; como si estuviera maquinando un terrible y siniestro plan de consecuencias inimaginables… y en el que todos se verían implicados.

 

                Según estaba colocando el mostrador, sobre unos caballetes, una niña rubia, de preciosos ojos azules y con la carita pálida y manchada, se acercó a él.

 

-          ¿Quién eres? – le preguntó.

 

                El hombre de nariz aguileña la contempló unos instantes y, agachándose a su altura sin dejar de sonreír, respondió:

 

-          Me llamo Gareth… Gareth el Escultor de Memorias y el Arquitecto de Nuevas Realidades. Hay otros que me llaman Gareth el Viajero, pero esos son los que saben más de lo que deberían y viven atormentados por el oscuro secreto de lo que jamás podrán revelar. Vendo hierbas, pociones, ungüentos y… recuerdos.

 

               Acto seguido hizo un gesto con la mano y apareció un dulce entre sus dedos que entregó a la niña mientras le acariciaba la mejilla. Luego comenzó a distribuir unos tarros de cristal, de diverso contenido, sobre el tapete que cubría la tarima recién armada.

       Muchos de los asistentes, más confiados, sonrieron y comenzaron a aproximarse.

               

***

 

                Hacia el mediodía el resultado de todas las ventas del buhonero tintineaba en una pequeña bolsa de cuero marrón, engarzada con varias piedras de azabache y atada a un costado, colgando de su cinto. Las dosis de acropea (las hojas secas de una planta que muchos, en aquella región, utilizaban para curar las llagas de las manos y los pies) se habían agotado. Y tan sólo quedaban un par de pociones de un extraño líquido de color amarillento que, según afirmaba el propio Gareth, servían para cambiar el color de los ojos durante un día completo.

 

            Los clientes ya se desperdigaban cuando una voz ronca y grave se alzó entre la muchedumbre.

 

-          ¡Alto ahí charlatán!

 

           Abriéndose paso apareció un hombre fornido, vestido con una casaca militar, pantalones bombachos y botas altas y embarradas. Llevaba un gran sombrero de ala ancha con una inmensa pluma carmesí e iba abrochándose el cinto de la vaina de su espada mientras caminaba. El inmenso bigote que destacaba cubría casi al completo sus carnosos y agrietados labios. Una mirada furibunda, enmarcada por unas pobladas cejas, estaba clavada en aquel foráneo e intruso alterador de la tranquilidad del pueblo.

 

- Este se levanta a las doce y aún pretende hacer cumplir la ley – murmuró un anciano dando golpecitos con su bastón en el suelo.

 

- ¡Dejadme pasar cretinos! ¡Os dejáis embaucar por cualquier lenguaraz que os ofrece ilusión disfrazada de buenos modales! – exclamó con brusquedad el recién llegado.

 

            Gareth, sin dejar de sonreír, contempló en silencio durante unos segundos los aspavientos que hacía aquel individuo para amedrentar a la multitud. Luego indagó:

 

- ¿Quién sois? ¿Y por qué asustáis así a esta buena gente?

 

- ¡Me llamo Arriald y soy el Oficial de Justicia!- interrumpió el aludido mientras seguía intentando abrocharse el cinto - ¡Vengo dispuesto a echarte a patadas de aquí si es preciso! ¡Desmonta tu tenderete y vuelve por donde has venido maldito embaucador! ¡No queremos gente como tú en este pueblo!

 

                 Un grupo de personas comenzaron a mascullar y cotillear entre ellas.

 

- ¿Oficial de Justicia? ¡Pero si lleva muerto casi dos meses por culpa de la plaga! ¡Será caradura! – exclamó el herrero.

 

- ¡Shhhh! ¡Cualquiera le lleva la contraria a este imbécil! ¡Mal olfato tuvo el alcalde cuando le nombró ayudante del finado! – puntualizó el maestro de escuela.

 

- ¡Y con Nisse también enfermo no habrá nuevo nombramiento hasta mayo por lo menos! ¡Si es que sale otro magistrado elegido, claro!... Porque con esa vieja bruja de Dioclecia… – observó el panadero.

 

- ¿A quién le importa Dioclecia ahora? ¡Hace meses que se fue a vivir con su hermana a Verania! ¡Y dudo mucho que vuelva para cuando llegue la primavera! – comentó la mujer de este último.

 

             En ese instante el buhonero extrajo una moneda de su bolsa y se la mostró al impertinente hombretón.

 

-  Fíjate – le dijo lanzándola al aire.

 

             La recogió con la palma de su mano derecha y, acto seguido, la volteó sobre el dorso de su mano izquierda y la descubrió. Luego volvió a enseñársela al tal Arriald.

-  ¿Qué pretendes? – interpeló éste.

 

               El resto de los presentes guardaban silencio.

 

-  Dime que ha salido – solicitó Gareth.

 

               El otro miró embobado la moneda durante unos instantes y luego observó:

 

- ¿Qué tontería es ésta? ¡Eso es un simple trozo de metal! ¿Pretendes tomarme el pelo con tus estúpidos juegos de manos?

 

            Acto seguido dio una fuerte patada al mostrador que cayó al suelo entre un estrépito de madera y cristales rotos.

 

              El forastero, sin inmutarse, volvió a meter la pieza en la bolsa.

 

- ¡Entre todas las interesantes monedas que guardo en este saco, ha salido la única que no tiene grabado alguno! ¡Ni cara ni cruz!

 

- ¿Y eso qué significa? – preguntó una mujer oronda que sujetaba una cesta de mimbre bajo el brazo.

 

           Gareth la miró severamente y respondió, señalando a Arriald con el brazo extendido y un índice acusador:

 

-  ¡Pues que este hombre no tiene destino!

 

            Arriald apretó los labios y, con los ojos inyectados en sangre, abofeteó con tal fuerza al buhonero que este retrocedió unos pasos tambaleándose.

 

-  ¡Ahora vas a pagar tus impertinencias!- bufó desenvainando la espada.

 

             Mientras Gareth se recomponía un muchacho joven, apenas un adolescente, dio unos pasos al frente y se introdujo en el círculo abierto entre el carromato y el público. Donde tenía lugar toda la escena.

 

-  ¡Déjalo en paz! ¡No ha hecho nada! – exclamó.

 

           El hombretón giró la cabeza y, taladrando con la mirada a aquel impertinente que se entrometía donde no había sido reclamado, interpeló:

 

-  ¿También desafías la autoridad de un Oficial de Justicia?

 

          Agarró al muchacho por el cuello y, dándole un fortísimo empellón, lo arrojó al suelo. Se oyó un crujir de huesos y luego nada más. Un silencio absoluto impregnó el ambiente. El joven yacía muerto con los ojos abiertos. Las nubes se reflejaban en ellos mientras una suave brisa mecía los sedosos cabellos que acariciaban su frente.

 

-  Lo has desnucado, miserable – reveló Gareth mientras se limpiaba la sangre, del labio partido, con el dorso de la mano.

 

        Arriald desvió de nuevo la vista hacia él, mientras una mujer se abría paso entre la muchedumbre y se arrodillaba junto al cadáver gimiendo y llorando rota por el dolor.

 

-  ¡Se sentenció él mismo al desafiarme! ¡Igual que has hecho tú! ¡Y como él vas a morir! ¡Pues tú has sido el que ha provocado todo esto! – proclamó

 

-  No volverás a asesinar a ningún inocente – respondió el buhonero en un tono tan suave y medido que todos los presentes no pudieron evitar un ligero escalofrío. Incluido el bravucón de Arriald.- No al menos en esta vida.

 

-  ¡Perro! ¡Voy a cortarte la lengua para dársela de comer a los cerdos! – amenazó éste mientras alzaba el brazo donde blandía el arma y daba unos pasos hacia aquel osado impertinente.

 

              En ese momento ocurrió algo que no hizo otra cosa que sobrecoger aún más, si cabe, a todos los allí reunidos.

 

-          ¡Mirad! – exclamó alguien.

 

            Arriald estaba desapareciendo. Primero el brazo derecho, luego la pierna izquierda, más tarde el tronco… y así sucesivamente.

 

              Aquel grotesco grandullón  lanzó un grito y vociferó:

 

-   ¿Qué es esto? ¿¿Qué me está pasando??

 

         Gareth, sin apenas inmutarse pero sin dejar de esbozar aquella clásica e inquietante sonrisa suya, fue el que le informó.

 

- Estas dejando de existir. Te quedan apenas unos segundos para ser… nada.

 

         El alguacil se retorcía presa del pánico. Aunque no sentía ningún dolor su mente se iba hundiendo poco a poco en la más profunda inconsciencia.

 

-   ¡Mmm…me has em…bru…ja…do! ¡Mmm…mal…di…to!


          El buhonero, con un gesto simple, volvió la palma de su mano y mostró un frasquito de cristal que escondía en ella.

 

- No – respondió – sencillamente, y mientras escupías tu arenga de amenazas, he viajado hacia atrás en el tiempo, unos días antes de que fueras concebido y le mezclé esto a tu padre con el vino que estaba bebiendo en la taberna. Le dejé estéril. Tu padre jamás ha tenido ningún hijo. A veces Padre Tiempo tiene esos errores que yo procuro, en ocasiones, corregir.

 

         Y dicho esto, Arriald Trashoncas, ex-oficial deloquesea abandonó para siempre la memoria del mundo.

 

         Gareth el Viajero se alejaba del pueblo. Mientras, un joven muchacho mostraba complacido a su madre el precioso reloj de arena que acababa de adquirir por tan sólo un par de simples y frívolas monedas.

 

Kharvatos

COMENTARIOS:

Comentarios: 2
  • #2

    Kharvatos (lunes, 13 junio 2011 01:19)

    Muchísimas gracias por tus animosos comentarios Maese Tyndalos. Viniendo de un espléndido narrador como tú son doblemente halagadores. Un fuerte abrazo.

  • #1

    Tyndalos (domingo, 12 junio 2011 09:08)

    Maestro Kharvatos:
    te prodigas poco, pero cuando entras en escena haces las delicias de éstos tus discípulos. Este relato conforma una escena estupenda. Bien podría ser la escena de un film más amplio de temática fantástica. Pero de un cierto realismo fantástico, pues te detienes magistralmente en los antecedentes del desenlace. Espero más creaciones tuyas.