* EL RELATO DE UN HOMBRE IRREAL (por Tyndalos)

n la calle oscura no hay barro, ni viento. La ciudad se ha vuelto inhabitable, y sólo es una jaula de pájaros sordos que no cesan de cantar. Y mucho barro. Y mucho viento. Mi ciudad tiene mar, y las olas traen arena sucia hasta las calles, y el olor de las pútridas algas lo impregna todo. Hay un pequeño puerto donde te venden sardinas ahumadas, reventadas por el fuego desde dentro, con las tripas impúdicas mostrando lo peor de sí mismas. En el puerto se ven los barcos viejos, que nunca volverán a la mar, hechos de tabla y remendados de cartón. En la mar hay asfalto y trozos de cajas de fruta flotando como escuadras invencibles. Quizá navegan en auxilio de pieles de plátano y botes de cerveza. Las farolas poseen una realidad apenas simbólica. La luz no sirve ni para extraviarse en las tinieblas que en vano pretenden disipar. En mi ciudad estás perdido desde el principio. Las sardinas y los gatos, los perros y los mendigos, todos ellos, no son más que bultos en la noche. Y cuando tú caminas eres un bulto del que las sombras huyen. Y entonces se repliegan en tu derredor, ahuyentado a los espectros que dicen que cabalgan entre cada cortina de oscuridad, en cada paso dado en el vacío.

No es correcto ver lo que nadie debería ver. Cuando dejamos a las personas y las cosas para acostarnos en el catre, siempre estás tentado a pensar que todo sigue allí, que dormitan como tú, que se entregan a la placidez de sus inercias. Pero no es así. Haz la prueba. Para ello, debes salir de tu casa una noche insomne, recorrer los callejones y arrabales que mayor miedo te dan. Tienes que volver a reconocer todo lo que durante el día te resultaba familiar. Ya verás. Mi ciudad es uno de los peores infiernos que el dios Hades hubiera podido habitar.

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Soy un individuo cualquiera, y mi nombre no importa en absoluto. No tengo familia, aunque supongo que me he criado en una. Soy vulgar y algo idiota. Trabajo en lo que no me gusta, y los domingos me aburro como todo el mundo. Cuanto quieras saber, al margen de esto, debe quedar en la penumbra. De las penumbras es de lo que deseo hablarte.

Existen ciertas sustancias que, desde remotos tiempos, permiten al hombre dominar otras esferas existenciales, captarlas, intuirlas, e, incluso, llevarlas consigo. Por supuesto, no me estoy refiriendo exclusivamente a las sustancias químicas, a las drogas, hongos y hierbas que le convierten a uno en un ser "transportado". Ciertos minerales, rarísimos, tal vez extraterrestres, alcanzan a su vez estas propiedades extraordinarias. En ocasiones, se trata de personas que, por medio de algún contacto (sexual, ritual o con la sola mirada), están facultados para romper la superficie de tu ámbito existencial e inyectarte en el seno de regiones imposibles.

Yo no soy nadie. Ahora estoy convencido de ello. Al contrastar varias posibilidades alternativas de mi propio ser, he llegado a la conclusión de que ninguna de ellas sea lo bastante real. No hay una que, mínimamente, como arquetipo, alguna vez lo sea. Soy eso que los guardianes denominan una "proyección". Mi sombra se agita en varias esferas de existencia y engaño a otras sombras tan vulgares e irreales como yo mismo. Pero he podido averiguar algo: en los diversos mundos que he visitado, algunas proyecciones tenían una base, un referente. Me asusta pensar en ello. Yo no soy real, pero ellos sí. Supongo que si yo estuviera "en el pellejo" de uno de esos hombres de verdad sentiría el mismo pavor ante una masa de luces y fuegos de artificio, lo que fuera, salvo personas.

Y además me he "transportado" muy a menudo. Algunos guardianes dicen que estoy pasado de rosca. Ahora puedo ver las bases arquetípicas de algunos de esos monstruos sin necesidad de tomar nada. Veo lo que hay detrás, simplemente. Y eso le hace a uno sentirse fatal.

Eso resulta muy útil para los guardianes.

Mi ciudad es un sitio que podría considerarse abisal. El cosmos está agujereado por unas puertas que comunican con lo que mi secta considera como "esferas alternativas de la existencia". Acerca de esto, hubo muchas polémicas. En la Cuarta (Asamblea) Universal, aparecieron tendencias intensamente abocadas al idealismo, que consideraban tales puertas como poros en las burbujas de la consciencia. En la Quincuagésima Universal, se acordó por mayoría la denominación "esferas existenciales", más acorde con la idea inicial de los proyectados, que así nos autoconsideramos.

Según las más antiguas versiones, hay nueve mil planos de existencia esférica y, en cada uno, se contienen unas doscientas o trescientas esferas alternativas de realidad. Además de tal pluralidad de mundos (verbigracia, mundos conocidos) existen los planetas y sistemas estelares del universo, que se multiplican por el número de esferas existenciales. Podemos considerar a las esferas existenciales como unidades ultracósmicas, o, si se prefiere, como entidades meta-astronómicas. En general, lo que uno extrae de todo este panorama no es otra cosa que la impresión de un tremendo lío. Por otro lado, los proyectados no tenemos por qué habérnoslas con cuidadas disquisiciones ontológicas. Por lo que a una sombra como yo le toca, todo esto es un cúmulo de infamia, una tomadura de pelo de los dioses.

Fui destinado a esta ciudad abisal con el fin de interceptar a una sombra con referente. Esto es, un humano de carne y hueso. Tras su apariencia ficticia, vi agitarse al confuso y horrible monstruo que dota de identidad a la criatura. Nunca he envidiado a los seres humanos reales. Su consistencia, a través de múltiples contrastes esféricos, me resulta abominable. Ellos, sin saberlo, habitan en muchas burbujas a un mismo tiempo, sin necesidad de trasladarse de un lado hacia el otro, como hacemos nosotros, los proyectados. Son residuos, fósiles, el detritus insoportable de una humanidad que ya no es. Ególatras, excéntricos, aficionados al arte y a la ciencia especulativa, resultan tipos muy molestos, que difícilmente encajan con la conducta que para la mayoría significa una honesta vida social. Carecen de moral y de dioses, y cuando creen saber algo al respecto, no hacen más que poner a todas esas grandes palabras (Deber, Dios) en solfa. Los guardianes están todo el día encima de nosotros. Dicen que hay que salir a por ellos, disipar su infame consistencia, aplastar sus almas contra las paredes esféricas de la realidad.

En ese abismo que ahora es mi ciudad, encontré a uno de ellos.

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Una sombra se superpone a otra. La oscuridad posee propiedades aditivas, por así decir. También los colores se mezclan, se confunden, forman otros nuevos. Pero una sombra y un ente real están destinados a odiarse. Sólo el que las personas se articulen a niveles muy distintos de conciencia, permite la preservación del orden social durante siglos. Pero, ya lo dijo una sombra más, la política se reduce a la oposición inevitable entre el amigo y el enemigo. La gente se da de cuchilladas en la calle y muere en las barricadas, muere en masa en la guerra, o cae fusilada en los paredones, todo ello por que sólo sirven para sumar, en pequeñísmas proporciones, en hórrida combinación, el color de esa ridícula banderola que llaman Historia. Pero la Historia se ha hecho --¡por fin!-- una cuestión de sombras, y no simples claroscuros. La Historia es el Reino de los Espectros. El fantasma es lo que ahora domina el Cosmos. Y las sombras son anónimas y repetibles, son emanaciones de un mismo foco.

Allí estaba él. Había que aniquilarlo.

"Eh, tú"

El hombre aceleraba el paso. Era de madrugada (las dos, las tres). Una fina lluvia sacudida por el viento le mojaba. Yo sabía uno de sus nombres. Un tal Fajardo. Pertenecía a una Logia Local. Era un pájaro de mucho cuidado.

Fajardo se dignó a mirarme. Y respondió a la Sombra:

"¿Qué quieres de mí?"

Estaba sólo. No veía a nadie. Fajardo se dirigía a los espectros. No. No eran las Gorgonas. No era el Aire. No era Dios. Le hablaba yo, una simple sombra.

"Se acabó" -- Y ese hombre descaradamente real, se desmayó en el suelo, incapaz de ver lo que normalmente nunca se ve detrás de un ser proyectado, como yo era, en efecto. Debió ver el foco emisor, el origen de la emanación. Y se murió.

Muchas entidades vinieron a buscar el cadáver. Otros colegas míos se cuidaron de atraparle en el tránsito hacia otras esferas existenciales. Sus reproducciones análogas fueron destruidas en todo tiempo y en todo espacio. No hubo región cósmica que albergase un resto del que aquí se llamaba Fajardo.

Pero eso no fue todo. Yo volví a los túneles y pasillos, donde las Medusas y los Incorpóreos corrían para apresarme. Así podrían absorber las no-partículas que componen mi sombra. Pero no les di la menor oportunidad.

Ya estoy a salvo. Empero, cada día estoy menos seguro de si soy tan descarnadamente irreal, tan verdadero como hombre proyectado. En especial, desde que he cometido un crimen...

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Glariss, el Incorpóreo, se presentó un día ante nosotros.

-- Nada malo traigo. Quiero ayudar.

El guardíán de los proyectados contestó:

-- ¿Qué pretendes?

Glariss señaló hacia donde yo estaba reposando. "Me llevaré a ese" --dijo-- "y así le mostraré el lugar donde los humanos reales hacen sus asambleas". Entonces, intervine:

-- Conocer eso es privilegio de las Gorgonas. ¿Cómo es que andáis los incorpóreos en tratos con ellas?

Glariss el Incorpóreo se limitó a decir, casi riendo:

-- Ven conmigo, y así te responderé a muchas más preguntas...

Y, ante una señal del guardián, le acompañé.

Pronto estuvimos delante de una mansión, y con los ojos del conocimiento vimos cuanto acaecía en su interior. Una pequeña multitud de seres reales se congregaba allí. En las esquinas existenciales se agitaban las Medusas y otras criaturas, todas en actitud vigilante. Un oficiante, al que llamaban Próspero de Guzmán, iba repartiendo fragmentos de un horrible mineral, al que los asistentes denominaban margul. También repetían al unísono el nombre de su familiar, o deidad local, que les amparaba: "Nelembé", "Nelembé", repetían sin cesar. Se podía observar fácilmente el hueco ontológico que producía la ausencia de Fajardo. No había sillas dispuestas para él, y nadie hizo mención alguna de sus desapariciones. Uno de los reales, alguien que debía ser el más bisoño, miraba sin cesar hacia las esquinas y los ángulos, como si las Gorgonas fueran a saltar encima de su ser en aquel instante. Aquella criatura tenía miedo y, realmente, percibía nuestra vigilancia. Glariss le señaló, y dijo: "ese es". Con ello, pretendía decirme que la criatura seleccionada sería fácil de apresar para su envío a alguno de nuestros infiernos. Un hombre tan joven y entusiasta de su propia genialidad, debería postrarse para siempre en el peor y más terrible de los abismos que agujerean el cosmos durante eternidades enteras. Era muy cómodo contar con la alianza de los incorpóreos. Con ellos, no existían barreras para los ojos del conocimiento. Y podíamos convertirnos en intrusos, como siempre han hecho las Gorgonas, incluso, en las mismas Asambleas.

Una irradiación de entusiasmo por mi parte, que en ese instante me hizo más real de lo debido, sorprendió de improviso al oficiante, ese tal Don Próspero. Como si se tratara de un picor en la nuca, el aristócrata miró en todas las direcciones. El Maestre intentaba revestir de significado aquel sutil estremecimiento. Glariss me observó enfurecido. Me sentí tan horrible como los humanos reales. Y el joven que habíamos seleccionado se puso a gritar como un enloquecido. El margul le estaba ocasionando picores por todo el cuerpo, y sus experiencias debían consistir, ahora, en imágenes horrendas de las que Glariss, la Medusa, y yo mismo, debíamos formar parte. El resto de los ceremoniantes arrojaron el blasfemo margul al suelo, causando mucho estrépito en la sala. Las chispas herían los cuerpos de los seres y de ellos emanaban múltiples formas. Glariss me instó: "¡A por él!". El bisoño cayó en nuestro poder y le enviamos rápidamente al agujero que le teníamos dispuesto.

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COLOFÓN:
RELATO DEL CONDENADO


Viento gélido. Pasillos y huecos, llanuras inmensas, formas proteicas, la nada, rellena de apariencias, de esquemas que permiten volver ese vacío a la vista, no la de los ojos, sino la del conocimiento.

He desaparecido para siempre. Detrás de mí, un hueco, una hendidura. Es como si cayeras por un abismo sin fondo, como si nunca hubieras existido, como si todo género de porvenir hubiera sido tragado para siempre. Nada. Nada. Nada. Y este espíritu sin cuerpo me transporta, rodeado por un cortejo de focos proyectantes, como cancerberos de esta terrible mansión de los desaparecidos. A mi paso veo caras distorsionadas, reflejos emitidos por las almas destruidas, hechas añicos por este reino de locura, por esta inefable desolación. Unos piden auxilio, otros se te encomiendan y venden caro su porvenir. No son nada. Nunca lo fueron. Gimen y gimen. Imploran y se degradan, El dolor, el más horrible dolor, aquel que trasciende las penas del cuerpo, eso es lo que impera en estos antros degradados, estos paisajes de inmundicia.

Me conducen a mi abismo. Dicen de él que nada tiene de particular. Tan enloquecedor como los billones de abismos dispuestos para cada uno. La puerta se abre. Millares de sabandijas de las profundidades chillan y se retuercen. Ciegas y torpes larvas saborean con anticipación su festín. Soy enteramente suyo...

Tyndalos

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