* EL PECADO DE LA CARNE (por El Duque Albino)

e hallaba postrado en la cama persiguiendo un objetivo aparentemente inalcanzable. Eran las cuatro y pico de la madrugada, aunque también podría haber sido cualquier otra hora. El calor era sofocante y la humedad asfixiante.

 

Me quité las dos piezas del pijama y me quedé completamente desnudo. Imaginaba que así sería más fácil alcanzar el grado de concentración necesario para lo que me disponía a intentar.

 

Quise cerrar los ojos, pero los párpados parecían estar adheridos con pegamento a la piel que recubría las cuencas; así que decidí hacerlo, apretándolos, con la esperanza de que la presión ejercida se disipase poco después.

Sabía que debía concentrarme en la respiración y tratar de olvidar todos y cada uno de los problemas y agobios que, de una manera u otra, me habían empujado a embarcarme en semejante despropósito.

 

Primero, inhalé, profundamente, hasta llenar mis pulmones; y luego, exhalé todo el aire retenido… muy, muy despacio. Paulatinamente, mi respiración fue adquiriendo una cadencia pausada y rítmica, sin necesidad ya de la conciencia, y mi cuerpo dejó de ofrecer resistencia alguna.

 

Me sentí ligero y soñoliento. Entonces noté como la presión de mis párpados se disipaba por fin. Nunca me había sentido tan en calma.

 

Prolongué las exhalaciones, y las inhalaciones, soltando el aire cada vez con mayor ímpetu. Visualicé una playa de arena fina y aguas cristalinas. En mi mente sólo había cabida para los sonidos armónicos. El tiempo se trabó, y todo —o al menos así me lo pareció—, se detuvo en una especie de instante infinito.

 

De pronto, sentí que me ahogaba, como si alguien estuviera extrayendo todo el aire contenido en mis pulmones. Me entró el pánico, y quise despertar, gritar, patalear, abrir los ojos, incorporarme, lo que fuera... pero no pude. Mi cuerpo yacía inmóvil, y mi mente confinada en una playa paradisíaca.

 

No entendía nada. En la radio nadie había mencionado que esto pudiese ocurrir. Ellos dijeron que no había peligro alguno.

 

Sentía una presión terrible en la cabeza. Debido a lo cual, tenía la horrible sensación de que si no me mataba la falta de aire, mis sesos reventarían de un momento a otro. Me di cuenta de que algo tiraba de mí, hacia arriba, muy despacio. No opuse resistencia.

 

Otra vez podía respirar.

 

El pánico despareció, mientras yo ascendía, más y más alto. Atravesé el techo de mi habitación. Pero antes de hacerlo, pude contemplar, por última vez, mi cuerpo desnudo y tumbado boca arriba en la cama.

Dios, qué hermoso era. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Así era cómo me veían los demás?

 

Derramé una lágrima. Qué otra cosa podía hacer. Había contemplado un ser de luz, y dicho ser, tenía esculpido mi rostro en su faz.

 

Me encontré en el tejado de mi edificio, viendo como mi cintura emergía, poco a poco, a través de las tejas que, desde hacía mucho tiempo, permanecían peligrosamente sueltas.

 

No podía parar de reír, al mirar hacia bajo. Parecía un muñeco sin piernas, hecho de plastilina y pegado al tablero de un pupitre por la mano de un niño omnipotente.

 

¡Esto no puede estar ocurriendo, me decía, es demasiado absurdo!

 

Fuese real o no, había que reconocer que era un espectáculo portentoso, sobrecogedor. Pensé que ninguna película había sido capaz siquiera de acercarse a la hora de captar el mundo astral.

 

Vuelvo a insistir, si es que era el mundo astral.

 

Cómo podía trasladarse a imágenes semejante visión. Nadie podría plasmarlo. Era imposible. Por esa misma razón, no trataré de describir lo que vi, y me limitaré a decir que era algo majestuoso, indefinido, sucio y confuso a un tiempo.

 

Me sentí impulsado a saber más, a ir más lejos, a penetrar en la oscuridad. Así que vagué, sin rumbo, por los cielos de un Madrid fantasmagórico.

 

Estaba recorriendo las mismas calles por las que había paseado cientos de veces en el mundo físico. Siempre me movía por las mismas zonas, incluso tras haber abandonado la corporalidad. Pero no importaba, me gustaban aquellos lugares; y muchísimo más, a través de un filtro adulterado.

 

Dios, nunca había experimentado semejante éxtasis visual.

 

Entonces, aunque en su momento no lo supe, cometí el mayor error de mi vida. No me bastaba el torrente de sensaciones que me ofrecía el mundo etéreo. Quería más, sí; mucho más. Quería hacer realidad la fantasía de cualquier hombre visible o invisible. Quería observar, sin ser visto.

 

Comencé a curiosear, asomándome por las ventanas de los pequeños edificios que aún estaban iluminadas por la luz eléctrica. Me decía a mí mismo que sólo pretendía ver lo que la gente hacía, cuando cree estar en soledad. Es decir, sabía lo que hacía yo cuando me hallaba solo, pero, ¿qué hacían los demás?

 

Pasé horas observando a los noctámbulos, ya lo fueran por imposición o por elección. Me aburrí mucho antes de lo esperado. La gente hacía las mismas cosas anodinas que yo.

 

Salvando contadas excepciones, no había nada que me llamase la atención.

Una mala noche para salir del cuerpo y espiar a tus vecinos.

 

Dejé de cotillear las ventanas iluminadas y me colé en las que estaban sumidas en la oscuridad. Me divertí mucho más viendo a la gente dormir. Era increíblemente hermoso contemplar a una mujer dormida, cuando las tensiones provocadas por el estrés del día han sido dulcificadas por el sueño.

 

Me vino a la memoria lo mucho que me gustaba ver dormir a una novia que tuve tiempo atrás; incluso había pasado toda una noche en vela, observándola, en silencio, mientras ella dormía. Disfrutaba de veras, viéndola.

 

Se me pasó por la cabeza la idea de ir a su casa, pero la deseché con la misma rapidez con que surgió. No era una buena idea, nada buena.

 

Estuve muy cerca de marchar a la sierra y disfrutar de la naturaleza. ¿Cómo serían los sonidos y los colores de la naturaleza envueltos bajo el fino tejido de lo fantasmal?

 

Nunca me arrepentiré lo suficiente de no haber marchado al encuentro de la naturaleza. Si lo hubiera hecho, si me hubiese marchado, si no hubiera dudado un segundo, jamás habría sucedido todo lo que después aconteció. Y, por supuesto, nunca hubiese visto a la exuberante mujer que caminaba, rápidamente, por las desiertas callejuelas, y que, de inmediato, atrajo mi atención.

 

No era el barrio más adecuado para que alguien caminase solo, pensé, y más a esas horas.

 

Le seguí un rato, hasta que se perdió por un portal. Me quedé más tranquilo, cuando por fin traspasó la puerta del edificio.

 

Ahí podía haber terminado todo. Pero, entonces, la luz eléctrica manó de la buhardilla del edificio y, para cuando me di cuenta, ya me hallaba en lo alto, mirando dentro, a través de un pequeño ventanuco.

 

La idea de marchar a la sierra pasó a un segundo plano, o a un tercero... ya iría más tarde, me dije, sabiendo que mentía.

 

La mujer vivía en una buhardilla como tantas.

 

Probablemente, sería una aspirante a actriz que trabajaba de camarera para pagarse los estudios y la estancia en Madrid. No tenía nada en lo que basarme para hacer tal afirmación, pero la verdad es que me gustaba pensar que así era. Sí, una aspirante a actriz que, algún día, se convertiría en una gran estrella de cine. Era muy hermosa, a pesar de que el cansancio quedaba patente en forma de pequeñas bolsas bajos los ojos y la palidez de su rostro quedaba acrecentada por un maquillaje descorrido por el sudor.

 

Decidí que esperaría a que se acostara, la vería un rato dormir y me marcharía a la sierra. Nada más. Así, con casi toda seguridad, podría deleitarme con su cuerpo desnudo. Sí, sé que esto no dice mucho a mi favor. Pero quién, en mi situación, no hubiera hecho lo mismo.

 

Efectivamente, poco después, ella se sentó en la cama y comenzó a desnudarse. Primero se quitó la blusa, desabotonando los botones sin tan siquiera mirarlos. Una vez la tez morena de su abdomen quedó al descubierto, se sacó la blusa por los brazos y, tras un breve forcejeo, la dejó caer encima del colchón. Llevaba puesto un sujetador blanco, muy sencillo y sin encajes. El sensual que exhalaba por los poros de la piel, tersa y morena, provocaba que los pezones se le adhiriesen a la telilla de las copas. Se llevó las manos a la espalda y desabrochó el cierre del sostén, resoplando mientras se deshacía de él. Sus grandes pechos quedaron al descubierto. Eran tan deliciosos y voluptuosos que deseé palparlos, frotarlos, acariciarlos... Obviamente, no hice nada.

 

Enseguida, levantando un poco el culo, y se quitó las bragas, dejando al aire su sexo poblado de vello.

 

Cuando se levantó pude apreciar que la cinturilla de las bragas y el sujetador habían dejado marcas rojas en su piel. Ella también debió apreciarlo, y por su expresión, no debió hacerle ninguna gracia. Volvió a resoplar. Debía de estar bastante harta de la vida que llevaba. Es curioso lo poco que nos cuesta desnudarnos en algunas ocasiones y lo pesaroso que resulta la mayoría de las veces.

 

Se puso de pie, y se dirigió al interruptor de la luz.

 

Cuán hermoso era contemplarla caminar, desnuda, con la seguridad de no sentirse observada.

 

Después de apagar la luz, la estancia quedó envuelta por una luminiscencia azulada.

 

Regresó a la cama, y se tumbó, de costado, sin echarse la sábana por encima. Parecía una hermosa ninfa, extraída de las páginas de un cuento de Hadas. Dejé que pasara un rato antes de acercarme a su cama, pues no pretendía turbar su sueño. Prefería pensar que, de algún modo, mi presencia le hacía sentirse protegida; como si fuera su ángel de la guarda.

 

Los primeros rayos de luz solar se colaron por el ventanuco de la buhardilla Ella se despertó, se incorporó y, como un autómata, entró al cuarto de baño, arrastrando los pies. Instintivamente, la seguí.

 

A pesar de que era imposible que mi forma corpórea se viese reflejada en la superficie del espejo del reducido cuarto de baño, me quedé bajo en el quicio de la puerta. Ella, en cambio, se metió en la ducha y abrió la llave de paso del agua caliente.

Trasteó durante bastante rato con los pasos del agua, hasta que logró una temperatura que le satisfizo.

 

Antes de enjabonarse, dio un paso y se situó bajo el chorro de agua. Su expresión se tornó más viva y enérgica.

 

Tras pringar sus manos con el viscoso líquido del gel, comenzó a extenderlo por todo su cuerpo. Otra vez me sentí terriblemente excitado, y digo bien, terriblemente excitado, porque, dicha excitación, traía consigo desasosiego y malestar. Sabía muy bien lo que estaba haciendo y, peor aún, lo que deseaba hacer, y eso me turbaba. No había en mí más que el irrefrenable deseo de encaramarme a ella y poseerla con la virulencia de un animal cegado por el celo.

 

Me sentí enfermo, y quise regresar a casa. Entonces, comencé a desplazarme hacia atrás, como si otra vez, una fuerza invisible tirase de mí, como si alguien recogiera el cordel de mi existencia.

 

Probablemente mi forma corpórea comenzaba a despertarse. Pronto, mi imagen astral se desvanecería y, cuando abriese los ojos, me encontraría ya al amparo de la vigilia. Sabía que mi conciencia no me dejaría olvidarme fácilmente de lo que a punto estuve de hacer. Ya que, fuera real u onírico, lo quise hacer; y eso era lo único que contaba.

 

Pasarían muchas semanas antes de que pudiera dejar de pensar en ello.

 

Cerré los ojos, frunciendo los párpados. No quería mirar más a esa mujer... no debía. Estaba mal.

 

De pronto, la voz de la lascivia acalló súbitamente la razón. Mis párpados se alzaron, como si tuvieran vida propia, y mis ojos espiaron al amparo del telón de las pestañas.

 

Mi concentración se hizo pedazos. Una criatura de aspecto demoníaco emergía por las inapreciables hendiduras de las baldosas que revestían la pared. Era como si sus huesos fueran de gelatina.

 

Una vez traspasó la pared, y su fisonomía se hubo reconstituido, se quedó de pie, dentro de la bañera, entre la pared de baldosas y la mujer.

 

Por su reacción, inexistente, supuse que ella no podía verlo.

 

La criatura era muy alta; escasos centímetros separaban su coronilla del grifo de la ducha. Estaba completamente desnuda. Su piel, carente de vello, era tan granate que sus tejidos parecían estar cubierto de sangre y pus. Sus formas, del todo asexuadas, le proporcionaban una belleza indefinida. Sólo cuando salió de detrás de la mujer, y se dirigió hacia mí, pude distinguir su enorme sexo masculino, colgando, poderoso, entre sus piernas.

 

—No lo entiendo. Si tanto lo deseas, ¿por qué no la tomas?— su voz sonó como una psicofonía, apenas audible.

 

Inmediatamente, supe que, en aquel cuarto de baño, me hallaba a su merced. Eran sus dominios. Seguro. Nada podría hacer por imponerme al dictamen de sus caprichos. No necesitaba siquiera dar muestras de cuán poderoso era, para que supiese que podría hacer conmigo lo que desease. Y si en algún momento, dudaba, de que eso, era así, sólo tenía que echar un vistazo al fuego de su mirada impertérrita.

Si Satán existiera, pensé, debía ser clavado a aquella criatura.

 

Aunque también, tenía la certeza de que no me ocasionaría ningún daño. No por que no pudiera, sino por que daba la impresión de que su propósito era otro.

Imaginé que su pregunta eran de naturaleza retóricas, así que decidí callarme y esperar a que desvelase la clave del enigma.

 

—Te diré por qué no tomas lo que tanto ansías. Sí, sí, sí...— se interrumpió, de súbito. Sentí miedo; muchísimo. Aquella cosa frunció el entrecejo y miró al vacío, como si estuviera pensando. Inmediatamente después, nuestros ojos volvieron a encontrarse, y él, continuó: —Te ruego, me disculpes. A veces, la impetuosidad me pierde. Pues es bien sabido que, antes de que dos entablen conversación, uno al menos, tiene el deber de presentarse. Y como yo fui quien dio contigo, y no tú conmigo. Mía es la obligación de darme a conocer, y no tuya. Bien, me presento. Soy el Demonio de la Carne. Soy el instigador de Eva en el jardín del Edén. Soy la madre y el padre de Adán. Sí, sí, sí. Soy el Pecado Original. Soy Satán gritado en todas las lenguas…

 

En otra situación menos absurda, me hubiese dado un ataque de risa. Pero teniendo en cuenta que me encontraba en Dios sabe dónde, hablando con un ser que parecía sacado de una mala película de terror, de quien sólo me separaba una exuberante mujer, que se duchaba ajena a nuestra presencia... Bueno, por qué no podía ser. Además, ya me podía haber dicho que era la mismísima madre Teresa de Calcuta reencarnada en un diablo de casi dos metros, con un rabo enorme, que yo no iba a ser quien lo pusiera en duda.

 

Lo único que me importaba, en aquel momento, era despertar de la pesadilla; y para ello, necesitaba tiempo. Así que concentré todas mis fuerzas en hacerlo, en escapar de ahí, mientras fingía prestar atención a lo que fuera que le apeteciese contarme. Eso sí, esperaba que no se diera cuenta de lo que pretendía, pues no me atrevía ni siquiera a imaginar lo que me haría, en caso de que descubriese mi estratagema.

 

Como si no necesitara de mí, para entablar una conversación, prosiguió:

 

—La respuesta es bien sencilla. Temes el precio a pagar. Demasiado alto. Todo acto acarrea consecuencias. Tu mente, sometida a directrices impuestas, es incapaz de saltarse las normas establecidas. No es una cuestión moral. Nada tiene que ver con lo que está bien o mal. Se trata única y exclusivamente de castigos y recompensas.

 

— ¿A dónde quieres ir a parar?

 

 

Me di cuenta que había hablando, cuando ya lo había hecho. Al oír el sonido de mi propia voz, no la reconocí como mía. Sonaba ligeramente más grave, menos humana.

 

—Bien, parece que he logrado captar tu atención. —Su expresión se retorció en una mueca grotesca y me guiño un ojo, en un gesto de complicidad repulsivo— ¿Acaso, el nene, ya no quieres despertar de esta horrible pesadilla?

 

Se me heló la sangre. Todo mi ser quiso gritar. Sus ojos resultaban aterradores, cuando su gesto componía un tapiz severo.

 

—No te preocupes.... —Mientras lo decía, salió de detrás de la mujer, o a través de ella, no lo sé; y tras sortear el borde de la bañera, se dirigió hacía mí, con sus ojos clavados en lo míos y la mano izquierda, a modo de garra, separada ligeramente del costado— No tienes nada que temer... Debes confiar en mí.

 

Lo iba a hacer. Iba a desgarrarme la garganta. Había cometido el mayor error de mi vida. No debí haber pronunciado una sola palabra.

 

¿Por qué no me quedé calladito? ¿Por qué tuve que ser tan bocazas?

 

En cuanto estuviera lo bastante cerca de mí, me decapitaría de un zarpazo, o algo peor. Sí, algo mucho más horrendo.

 

Por mi cabeza pasaron un sin fin de formas distintas de morir.

 

Él llegó hasta mí. Entonces, noté su sexo, duro y grande, aplastarse contra el mío, invisible, flácido y pequeño. Al mismo tiempo que sentía como se hundían cinco filos de navaja contra mi hombro; ejerciendo la presión suficiente como para que mi piel inexistente se tensara, pero no se desgarrase.

 

Sentí algo más, probablemente su brazo derecho, rodeando mi espalda y apretándome contra sí. Estaba inmovilizado. No traté de forcejear, sabía que era inútil. El miedo había quebrado mi voluntad.

 

Satán, o lo que coño fuera, se había colocado enfrente de mí, y su cara estaba tan cerca de mi faz que, para ver todo su rostro, tenía que echarme hacia atrás.

Sentí como su aliento se filtraba por los poros de mi tez. Cosa que me resultó sumamente agradable; así, como el roce de su piel. Lo que acrecentó mi desconcierto.

 

Uno espera que un ser de aspecto demoníaco desprenda un hedor insoportable y su tacto resulte poco menos que repulsivo; no que huela mejor que una mujer recién perfumada y su tez sea tan suave como la del culito de un recién nacido.

 

Él levantó su mano izquierda y me cogió por la barbilla, empujando mi cabeza hacia atrás, hasta dejar mi garganta a su merced. Su rostro desapareció de mi ángulo de visión. Sólo podía ver el techo.

 

Debía de encontrarme en un estadio cercano a la histeria, pues a partir de este momento los acontecimientos se vuelven confusos y desordenados en mi mente. Por lo que, antes de continuar, he de decir que, en este preciso instante, todo lo que cuente puede ser tan cierto como falso. Yo juraría sobre la tumba de mi madre que todo lo que me ocurrió fue de verdad. Pero nunca lo sabré.

 

Comencé a oír otra vez su voz:

 

— ¿Te diré a dónde quiero ir a parar? He venido a ti, cierto. Pero lo he hecho, porque tú me pediste que lo hiciera. Estabas aquí, contemplado a una diosa desnuda. Pero no era suficiente. Por muy excitante que fuera, en nada difería de un vulgar sueño erótico. Necesitabas más. No te bastaba con una polución nocturna. Querías ir mucho más allá. Llevar la situación al límite. Deseabas someterla en pos de la virilidad. No te avergüences de tu naturaleza animal. Ni siquiera la civilización puede amansar el instinto. ¡Mira! —volvió mi rostro, obligándome a mirar a la mujer desnuda. Juraría que sentí, si eso fuera posible, el rastro húmedo de la sangre deslizándose por mi mejilla— Y ahora, dime —sus labios se aproximaron tanto a uno de mis oídos que, cuando hablaba, la punta de su lengua tocaba los cartílagos de mi oído—, dime que no deseas sacarla por los pelos, abrirla de piernas y penetrarla... ¡Dímelo!

 

 

Se me revolvieron las tripas, me sentí menos que humano, me di asco...

 

—No dices nada. No, no, no. Sabes que lo que digo es cierto. No te sientas mal. Lo que estás experimentando dentro de ti es algo natural. Sois depredadores. La racionalidad es un mero accidente, una aberración genética.

 

Una arcada revolvió mi estómago con tanta virulencia que barajé la posibilidad de que éste se hubiese abierto paso entre mis labios, como un recién nacido. Me sentí miserable, sucio... inhumano. Y no a causa del contenido de sus palabras. Era la sensación de que la bestia inmoral que habitaba en lo más hondo de mi ser, que había permanecido, hasta entonces, condenada al ostracismo, se agitaba en sueños. De alguna manera, sabía que necesitaba despertarla, para justificar lo que iba a hacer.

 

El deseo instantáneo mató la bondad. Y antes de que fuera consciente de que la voz me pertenecía a mí, y no a un tercero, dije:

 

-¿A dónde quieres llegar con...?

  •  
    •  

-Veo que he logrado captar tu atención —interrumpió.

 

Su boca comenzó a besar y a mordisquear con suavidad mi mejilla, como un amante entregado al placer del otro. Y, sin tan siquiera mirarme, preguntó: — ¿Por qué presupones que trato de llegar a alguna conclusión o hecho en concreto?

 

—Fácil— dije, con un hilo de voz, mientras estrechaba su cabeza entre mis manos y le ofrecía mis labios— en todas las historias de este tipo, el Diablo hace una oferta imposible de rechazar. Y después de firmado, el incauto que ha pactado, se da cuenta de que el precio a pagar es demasiado alto.

 

Quise justificar mi conducta, diciéndome a mi mismo que no hacía sino seguir la farsa nacida de aquel absurdo, parido por mi penosa imaginación. Pues cada vez estaba más convencido de que, en realidad, yacía en la cama, sumido en la totalidad; y nunca había habido transición astral.

 

Cuerpo y mente debían de estar inmersos en un sueño sadomasoquista del que, aunque nunca lo confesaría en voz alta, deseaba ser parte activa.

Mientras la sedosa palma de su mano se amoldaba a mi pene, el cual respondía como una cobra a la música, mis ojos se encontraron con la imagen reflejada del espejo.

 

—Bien. Sólo te equivocas en una cosa. No hay precio. Tú lo sabes. Pues si soy fruto de tu imaginación. Nada tienes que pagar por lo que ya es tuyo.

 

—Entonces, ¿cuál es la oferta...?

 

—Acción, sin consecuencias. Eso es lo que te ofrezco. Tómala. Te garantizo un mundo sensitivo inimaginable. Sentirás el calor de su aliento cuando ella esté dentro de ti. Tu ofensa, por supuesto, no será castigada, ni siquiera por ti mismo, gracias al olvido que precede al sueño. Te ofrezco la posibilidad de gozar del instinto. Sacia tu lívido, bañándote en una humedad irracionalidad. Dolor, sangre y placer, sin mala conciencia. Lo visceral del sexo, servido en pos del deseo más pertinaz y oscuro.

 

 

Era un sueño, ya no me cabía duda. Cómo, si no, podía sentir el calor de los cuerpos, la sangre fluyendo en su interior o la humedad filtrándose a través de los poros. Además, estaba convencido de que, fuera sueño o no, iba a aceptar la oferta...

 

Necesitaba hacerlo.

 

-¡Entrégamela!— grité, como el amo al perro.

  •  
    •  

El demoniose apartó de mí y, como si su brazo se hubiera estirado más de lo anatómicamente posible, enganchó a la mujer por los pelos y le sacó de la ducha. Ella bramó, aterrorizada, mientras su cuerpo se retorcía y chocaba brutalmente contra el mármol de la bañera, la pila y el suelo. Multitud de contusiones comenzaron a esbozar el dolor en su piel.

 

Un rastro de agua en el suelo conducía a la cama, hasta donde ella había sido arrastrada por la mano, inmisericorde, de quien se comportaba, ahora, como un fiel sirviente.

 

Mi futura víctima se revolvía y pataleaba. La demencia entre cuatro paredes acolchadas. Mocos, saliva y sangre se abría paso por los orificios de su corporalidad, mientras su hermoso rostro se deformaba y crispaba.

 

¿Cómo me podía resultar tan hermosa la destrucción de la hembra?

 

No lo sabía. Me costaba pensar. Un torrente de imágenes lapidaba cualquier atisbo de humanidad.

 

Me puse encima de ella, con la trascendencia de un ritual. Nunca antes me había sentido tan hermoso, tan poderoso. Pronto, mi cuerpo, inamovible y majestuoso, quedó también marcado por lo moratones.

 

No hubo besos, ni caricias que dilataran y humedecieran. La penetración le dolió tanto, que casi no logré frenar la eyaculación, cuando ella chilló como si se le escapara la vida entre los dedos.

 

Empapado de sangre, cubiertos bajo la telilla morada de la violencia, decidí negarle el aire y presioné su boca y nariz con la palma de mis manos, mientras mi sirviente acariciaba mi espalda con maternal ternura.

 

Incluso Dios hubiera cerrado los ojos en aquel orgásmico instante.

 

Todo acabó...

 

Cuando la flacidez erradico la lívido, me percaté de que un cuerpo de mujer yacía moribundo, adherido a mí a través de una telaraña blanquecina. Como el chico que destroza a golpes el juguete que ya no le satisface, corté el hilo que le separaba de la muerte, con mi mano cerrada en un puño que cayo repetidas veces sobre su rostro.

 

El demonio se acurrucó en mi regazo, apoyándose en el cuerpo rígido de la mujer —que aún permanecía debajo de mí—, y me besó. Yo le devolví el beso. Entreabriendo los párpados, le susurre algo que sólo le había dicho a una chica en mis veintiocho años de vida:

 

—Te quiero...

 

Él sonrío, maliciosamente, mientras sus párpados se desplegaban, de tal forma, que sus ojos parecieron desprenderse de sus cuencas, y sus labios, transformados en sonrisa, se distanciaron de los míos. Entonces, habló, con la misma ternura con la que yo le había abierto mi corazón:

 

—Lo siento. Pero tenía que mentirte. Así es el juego. Tú llevabas razón. No soy más que un tahúr. Las cosas sólo podían acabar de esta manera.

 

El demonio se apartó de mí y se levantó en silencio, como un amante que es consciente de que esa despedida será la última. Yo no sabía que hacer o decir, así que permanecí unos segundos sumido en el desconcierto, tratando de ordenar el torbellino de imágenes oníricas, de las cuales, había asumido el protagonismo.

 

Antes de que el demonio se filtrara más allá de la pared, más allá de las decrépitas baldosas, tome conciencia de lo que realmente estaba pasando, y lancé una pregunta retórica, que encontró una respuesta obvia, y no buscada.

 

—Sueño o no... ¿Nunca podré olvidar lo que he sido capaz de hacer?

 

—Nunca olvidarasrespondió, sin detenerse, y mirando por encima del hombro; envuelto su semblante, si eso era posible, en un halo de sentida tristeza— Porque, tanto, si todo esto, incluido yo, es real, como si es sólo fruto de tu imaginación... Lo has creado tú. Y eso, es lo único que importa.

 

El Demonio de la Carne despareció, junto con el mundo onírico, y sólo entonces, el hórrido rompecabezas se completó, por fin, en mi maltrecha mente. Los retazos de pasado, vividos en medio del frenesí, se habían instalado en mi memoria, quizá para siempre.

 

Cuando desperté entre las sábanas manchadas de semen, supe que no podría vivir con semejante carga, que sólo el sueño de los muertos podría aliviar y purgar la culpa de quien se ha dejado seducir por el pecado de la carne.

 

El Duque Albino

 

COMENTARIOS:

Comentarios: 1
  • #1

    Miriam Alonso (domingo, 27 marzo 2011 22:32)

    Creo sinceramente que lo que le falla al relato es el principio. Al prolongar las reflexiones del personaje, la acción se retrasa, por lo que al lector le cuesta imaginar cuando se pondrá fin a ese (entiendo) viaje astral. Otro de los motivos puede ser el cambio en el lenguaje del narrador. Hasta que topa con el demonio utiliza uno muy coloquial, sin embargo, cuando el otro aparece la cosa cambia, curioso esto al estar escrito íntegramente en pasado.
    Dejando eso de lado, el relato me ha parecido excelente. He de decir que el personaje del demonio es genial. No conozco en profundidad tu trabajo, pero si te referías a esto cuando decías lo de "mejores cosas que he escrito", no me cabe la menor duda. Sus reflexiones son geniales.
    Espero que la crítica te sea útil.
    Un saludo desde El estante!