* EL OJO DE MIRADA INTERIOR (por Kharvatos)

antasmas?- inquirió Sheldon, enmascarando su asombro tras un tono despectivo.


El coronel Edwards masajeó su reumática pierna y, renqueando, se acercó hasta la chimenea. Tras contemplar el fuego unos segundos cogió el atizador al rojo para encender de nuevo su pipa. En ese instante Aldridge, sentado en un aterciopelado butacón a un escaso metro de distancia, lanzó una carcajada cuyo resultado fue cortar, de forma tajante, el incómodo silencio que reinó tras aquella pregunta.
El viejo militar dio una gran calada a su bent billiard y expulsó dos grandes bocanadas de humo que cargaron, aún más si cabe, el ya enrarecido ambiente del salón.


-Eso he dicho si…- replicó Edwards- Y por favor… no ponga esa cara de incredulidad. ¿Acaso no es usted inglés?


La pregunta fue hecha con tanta ironía que, de nuevo, Aldridge no pudo reprimirse.

 

-Por favor…- farfulló entre risas.


Sheldon cambió el rictus y clavó una furibunda mirada en Aldridge. Acto seguido se dirigió a Edwards sin perder de vista al jocoso contertulio. El coronel le observaba cínicamente, removiendo el tabaco de la cazoleta con el punzón del atacador para oxigenarlo.


-Escocés- repuso realmente indignado.


-Pues mire, más a mi favor- puntualizó Edwards atusándose el bigote y sentándose en el sillón que, momentos antes, había dejado vacío.


Sheldon dio unos pasos hacia él y se inclinó. Como intentando reforzar de esta forma su actitud increpante.


-¡Eso ha sido una insinuación detestable! ¿Piensa usted que todos los hijos de Caledonia somos unos crédulos botarates?


El coronel carraspeó.


Por un breve instante nos ofreció a todos la impresión de que iba a rendir su postura solicitando el perdón de Sheldon. Pero el viejo Edwards había librado batallas muchísimo más cruentas que la que tenía lugar en aquel salón, durante nuestra habitual velada nocturna de los jueves. Y a su edad, nada podía ablandar un corazón que se había parado en dos ocasiones durante casi ochenta años. Tan solo la diplomacia, asignatura obligada en la mentalidad del noble soldado que respeta al enemigo, fue la que solventó el roce dialéctico entre los dos rivales.


-No me ha entendido bien amigo mío. Alegaba a las viejas tradiciones de su queridísima tierra para que fuera más comprensivo con mi aseveración. Las Highlands son un lugar poblado de fantasmas y leyendas hasta la médula. Por esa razón deduje que, lo más lógico, era que estuviera acostumbrado a este tipo de historias. Creerlas o no… es otra cuestión en la que, de momento, no entraré. De hecho… si me permite la redundancia… ¡Me sorprende que le sorprenda lo que acabo de contar!


Aprovechando la coyuntura de un nuevo silencio, producto de la sorpresa de Sheldon ante los argumentos del coronel, intervine yo.


-Su política es admirable Sir Edwards- dije sirviéndome una nueva taza de té- pero mi humilde opinión es que todo este tipo de cosas pasarán de moda. Como lo harán los tirantes, el jerez y el whist.


-¡Ah el whist!¡Eso si que no!- exclamó con una sonrisa en los labios Aldridge, y en un intento de aliviar la tensión añadió: - Por cierto, ¿qué les parece una partidita para relajarnos un poco?


Sheldon olisqueó la copa de bourbon que tenía en la mano y tras dar un buen trago, mirando de soslayo a Edwards, sentenció:


-No vendría mal.

***


Estuvimos jugando un par de horas, más o menos, sin que ninguno osara volver al tema de la conversación anterior. La crispación ya había tenido su buena oportunidad en aquella velada y no era cuestión de reavivar la vieja rencilla.
Cuando regresábamos al salón comentando algunas de las bazas el doctor Ravenport, que apenas había abierto la boca aquella noche, se detuvo en seco. Parecía realmente contrariado y nervioso. Observándole, me fijé en que no dejaba de palparse los bolsillos de la chaqueta y el pantalón.


-¿Ha perdido algo?- le pregunté.


Me miró unos segundos como si estuviera completamente absorto en sus pensamientos. Parecía no saber qué decir.


-Pues…creo…creo que sí.


Le contemplé unos instantes esperando una respuesta más concreta. Al no recibirla insinué:


-Si lo advirtió ahora es posible que haya sido en el cuarto de juego.


El doctor no disimulaba su expresión confundida, y con una voz apagada me respondió con un “quizás…”
No me cabía la menor duda de que aquella pérdida había afectado profundamente el estado de ánimo de mi viejo amigo. Le hice un gesto con la mano indicándole el pasillo por el que habíamos venido.


-No se altere. Si lo ha perdido en esta casa lo encontraremos. Le ayudaré a buscar. Cuatro ojos ven más que dos.


Cuando nos disponíamos a regresar al cuarto de juego aparecieron los demás.


-¿Qué les ocurre?- interrogó Sheldon - ¿Algún contratiempo?


-Si…,- me apresuré a contestar con tono despreocupado (intentando, de esa forma, calmar la ligera ansiedad de mi compañero) - … parece que el doctor ha perdido algo.


-¡No me diga!- exclamó el coronel Edwards - ¿Es posible que el bueno y diligente de Ravenport sea capaz de perder cosas?- añadió dándole al aludido una palmada en la espalda.


-Ya ve…- señaló Aldridge - …en ese sentido todos los mortales somos iguales. Sufrimos, sin distinción alguna, las conjuras del azar y la fortuna. Propongo que iniciemos la búsqueda cuanto antes. Es ya demasiado tarde y mi mujer podría estar imaginándose cosas. No me comprometan por favor. ¡Ay de mí si apareciera por casa a las tantas de la mañana!


-En ese caso démonos prisa: la reputación del viejo Aldridge está en juego… - bromeó Edwards.

 

Todos acompañamos el final del chiste con unas risas.


Todos excepto Ravenport.


Envueltos en un animado diálogo nos dirigimos de nuevo a la habitación donde había tenido lugar la partida de whist. Una vez allí comenzó la búsqueda.


-Por cierto… nos sería de mucha utilidad saber qué es lo que estamos buscando - dijo alguien.


Ravenport, que en ese instante estaba agazapado debajo de la mesa, se levantó bruscamente. Con tan mala fortuna que se dio un coscorrón contra la misma.


-Se trata de una cajita – precisó.


-¿Una cajita? – pregunté extrañado.


-Si…, una cajita metálica. Completamente lisa. De este tamaño más o menos.


Separó los dedos índice y pulgar de su mano derecha unos cinco centímetros, mientras con la izquierda se frotaba el chichón que le había salido en la coronilla.
De repente alguien lanzó un grito. Todos nos volvimos en la dirección de la que provenía y vimos a Sheldon, con aire triunfante, alzar un objeto del suelo.


-¡Aquí está!- nos lo mostró - ¡Voilá!


-Tres minutos – anunció el coronel mirando su reloj de bolsillo – ¡No ha estado mal!


Ravenport tomó, delicadamente y como temiendo romperla, la cajita de manos de Sheldon y, tras examinarla unos instantes, la deslizó en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta.
De repente Sheldon exclamó:


-¡Qué raro!


Me giré hacia él y vi que paseaba la vista por el suelo de la estancia. Se agachó y palpando la alfombra se incorporó de nuevo contemplando la palma de su mano. Acto seguido la volvió hacia mí.


-Esto está lleno de barro – declaró.


Me moví hacia donde él estaba y, efectivamente, apartando la cortina que velaba uno de los ventanales todos pudimos confirmar el hallazgo de Sheldon.


-Efectivamente…es barro.


Me agaché para examinarlo mejor.


-Y parece reciente…


-¡Pues si que es extraño!- exclamó Edwards – Esta noche no ha llovido. De hecho no ha caído una gota desde el lunes de la semana pasada.


Comprobé el pestillo de la ventana. Estaba perfectamente encajado en su sitio. Decididamente nadie hubiese podido entrar por allí. Permanecimos unos segundos completamente mudos. Observando la gran mancha parduzca que parecía desafiarnos con su inesperada presencia en aquella, hasta el momento, ordinaria velada.


-¡Bien! ¡No importa! - comenté – ¡La limpiaré y aquí no ha pasado nada!


Aldridge, mesándose la barbilla me agarró del brazo:


-Por cierto… ¿Se ha dado cuenta de otro detalle?


Le miré y pude observar que desviaba la vista hacia el otro extremo de la habitación.


-Dígame…


-Fíjese la distancia que hay entre la mesa donde hemos estado jugando y esta esquina del cuarto. ¿Cómo demonios explica que hayamos encontrado aquí la cajíta? Que yo recuerde nadie se movió de la mesa…


-Excepto para ir al aseo – interrumpió Sheldon.


-Si… pero la puerta queda en el otro extremo. – respondió el coronel dando la ligera impresión de querer iniciar un nueva contienda – Ninguno de nosotros se desplazó hasta aquí.


-¡No sea absurdo, caramba! ¡Es probable que, sin pretenderlo, alguien le diera una patada y la estúpida caja rodara hasta aquí!


-Bueno, no lo creo…- objetó Aldridge en un fútil intento de apagar el incipiente ardor del escocés – Fíjese. Hay demasiados muebles de por medio y…


En ese instante me di cuenta del estado del doctor. Parecía que iba a desmayarse de un momento a otro e interrumpí la discusión:


-¡Ravenport! ¿Se encuentra bien?


Fijó su mirada en mí y un ligero escalofrío recorrió toda mi espalda. Estaba completamente pálido y, a la luz de la lámpara, el sudor que bañaba su rostro reflejando, aún más si cabe, el brillo de su tez, le daba un aire sumamente cadavérico.


Cuando parecía que iba a responderme… se desplomó.


Reaccionamos todos casi al unísono, y le ayudamos a incorporarse. Nos costó un gran trabajo trasladarle hasta el gran sofá del salón. Ravenport no era precisamente una sílfide, y su gran estatura nos impedía maniobrar con facilidad por toda la casa. Al fin, logramos acostarle y yo me apresuré a traer las sales que mi mujer tenía en nuestro dormitorio. Afortunadamente ella no volvería de casa de su madre hasta dentro de un par de días y no presenciaría aquel lamentable espectáculo, mucho más propio del estado de embriaguez de un rudo estibador del East End que de un prestigioso médico británico.


Le acerqué el frasquito a la nariz y se lo di a oler. Resultaba, no obstante, un tanto paradójico el hecho de que la única persona con las aptitudes y la preparación suficientes como para hacer frente a una situación semejante fuera, precisamente, la que requiriese en ese momento de ayuda.


Poco a poco fue reanimándose, y la sangre volvía de nuevo a fluir con plena libertad por los capilares de su rostro.


Abrí el armario donde guardaba todos los licores -bajo llave desde que, Rachel y yo, tuvimos la mala idea de contratar un asistente con cierta insaciable apetencia por los placeres de Baco-, y saqué una botella de anís. Acto seguido vertí un poco del contenido en una copita y le puse el borde de la misma en los labios.


-Tenga. Beba despacio. Le sentará bien.


Tomo un pequeño sorbo y rechazó el resto.


-Gracias.


-¡Por el amor de Dios! - exclamó Edwards bastante aliviado al comprobar cómo Ravenport se iba recuperando - ¡Menudo susto nos ha dado!


-¿Puede saberse que le ha ocurrido? ¿Está usted enfermo? – indagó Sheldon.


Ravenport, ayudándose de Aldridge y de mí, se incorporó lentamente y exhaló un hondo suspiro.


-No se preocupen, gracias. Les aseguro que ya me encuentro bien. Tan sólo un ligero mareo. Hace tiempo que mi tensión me juega alguna mala pasada de vez en cuando. Nada que no se pueda curar con un poco de descanso y tranquilidad…


Luego, dirigiéndose a mí, añadió:


-Por cierto… su anís, querido Arthur, es excelente. Tiene que decirme la marca.


Sonreí ante el buen humor del que hizo gala y, entre bromas y algún que otro comentario jocoso, acabó aquella reunión. Recuerdo muy bien que todos se marcharon a eso de las once y media. Aldridge, en su inmaculada línea de generosidad se ofreció muy gustoso de acompañar al doctor Ravenport hasta su casa. Fue tan insistente que este no tuvo más remedio que aceptar.
El bueno de Aldridge. Algún día contaré más cosas sobre él. Pero este no es momento ni ha lugar. Así que continuaré con mi exposición detallada de todos los acontecimientos que tuvieron lugar aquella noche.


Al cuarto de hora de haberse ido mis invitados, y ya estando en mi dormitorio desvistiéndome para acostarme, recordé que aún no había limpiado la extraña mancha de barro. Acabé de ponerme el pijama y, cogiendo la lámpara de la mesita de noche, descendí hasta la planta baja y me dirigí al cuarto de juego. Una vez allí, aparté de nuevo la cortina de la ventana y, con un trapo húmedo, froté fuertemente el suelo hasta que hice desaparecer completamente el barro.
Rachel es una persona demasiado pulcra, y no quería disgustarla. Encontraría la casa tal y como ella la había dejado.


Ruego al paciente lector que, a partir de ahora, preste especial atención a toda la cadena de singulares eventos que se sucedieron a continuación. Pues a pesar del tiempo transcurrido, y a su vez muy probablemente debido en parte a ello, aún no he logrado racionalizarlos. Ni tan siquiera encontrar una explicación lógica y coherente para ellos. La única alternativa que me resulta plausible es, por el momento, aterradora y seguramente, precipitada. Por esta razón preferiría limitarme a mi papel meramente narrativo. Procurando no omitir ningún detalle por trivial que pudiera parecer. Tal vez así, algún día, alguien pueda analizar todo lo ocurrido con la mentalidad civilizada del hombre moderno. Al menos ese sería mi consuelo.


Había terminado de limpiar la enojosa mancha de barro cuando, al alzar la vista, vi algo que me llamó poderosamente la atención. En el marco de la ventana, justo donde la hoja golpea contra el batiente, había una serie de hilos finos y enmarañados que, en un primer momento, me parecieron cabellos humanos. Acerqué la luz para poder ver con mayor claridad, y pude apreciar que eran seis o siete de un color rubio tiñoso. Tiré de ellos muy despacio, con cuidado de no romperlos, y finalmente logré desengancharlos. Estaban completamente enmarañados. Hechos una madeja. Resultaba complicado separarlos entre sí para poder estudiarlos mejor. Su elasticidad y consistencia los hacían parecer de naturaleza sintética, casi metálica. En un principio pensé en una peluca. Reflexioné unos instantes. Mi querida esposa, Rachel, era morena y jamás en su vida había usado ningún postizo. Cierto es que tenía alguna amiga rubia. Pero a no ser que a la susodicha se le hubiera ocurrido la peregrina idea de entrar por aquella ventana, ser capaz de cerrarla por dentro para, acto seguido, volatilizarse completamente, no hallaba ninguna razón para encontrar allí aquellas hebras de pelo.


Decididamente mi hallazgo desafiaba toda lógica.


Estaba dándole vueltas a todo este asunto cuando, súbitamente, llamaron a la puerta. El corazón me dio un vuelco. Pues, como es razonable, no esperaba a nadie a aquellas horas, ya, tan intempestivas.


Atravesé el cuarto de juego y el corredor con la lámpara en la mano. Una vez en el recibidor me coloqué a un lado de la puerta principal y solicité, con cierta angustia en el tono, la ignota identidad del que llamaba.


-"Ravenport" – me confesó una voz apagada desde el otro lado.


Abrí apresuradamente y la alta y corpulenta figura del doctor se recortó a través del umbral. Tenía el rostro extraordinariamente macilento y demacrado. Unas finas arrugas le surcaban los pómulos de arriba abajo. Temblaba como una hoja y, gracias a la luz de las farolas que inundaba la calle en esos momentos, pude observar un rictus extraño en la manera de mirarme. Como si tratase de contener una tremenda ira a punto de desatarse. Debió darse cuenta de mi absoluta perplejidad ya que tomó él la palabra.


-¿Puedo pasar? – rogó.


Finalizado mi estupor inicial respondí:


-¡Dios santo, Ravenport! ¡Claro que si!


Entró yendo directamente al salón. Yo fui detrás de él como un sonámbulo.


-¿Qué le ha traído de nuevo aquí? ¿Se ha olvidado algo?


Parecía indeciso y reacio a dar muchas explicaciones. Me miró fijamente unos segundos para luego agachar la cabeza.


-Verá - musitó – cuando extravié la caja… ésta debió abrirse con el golpe. El caso es que, al llegar a casa, me di cuenta de que estaba vacía.


Se hizo un nuevo silencio y Ravenport apretó los labios. Parecía manar de él un torrente de sentimientos, tan contradictorios entre sí, que me sentía realmente confundido con su actitud. Esperó unos instantes como intentando buscar las palabras adecuadas y luego continuó:


-De veras no le hubiera molestado en absoluto si ello no representara para mí algo de trascendental importancia. ¿Usted me comprende, verdad?


Tuve la tentación, por un breve momento, de comentarle mi extraño descubrimiento. Mas la idea de compartir con alguien tamaña banalidad me hizo contenerme. Recordé que había guardado las hebras de pelo en el bolsillo izquierdo de la bata, y metí la mano para asegurarme de que aún continuaban allí. El contacto con ellas me provocaba un cierto desasosiego. Pero al mismo tiempo eran la prueba material de que no había soñado nada de lo que había ocurrido antes de la llegada de Ravenport.


-Si..., - respondí - …claro que le comprendo. ¿Quiere que volvamos a buscar…?


-¡Se lo agradecería muchísimo! – interrumpió.


-Muy bien – le indiqué que me siguiera- Volvamos al cuarto de juego.


Encendí todas las lámparas de la habitación e investigamos por todos los rincones. Pasaron varios minutos sin que halláramos nada. Ravenport, a medida que pasaba el tiempo, iba agriando su carácter y mostraba un nerviosismo que nunca antes había manifestado ante mí. Parecía realmente disgustado y no cesaba de maldecirse en susurros. Al cabo de casi tres cuartos de hora nos sentamos en sendos sillones para tomarnos un respiro. El doctor, tras quedar unos instantes pensativo, escondió la cabeza entre las manos y le oí sollozar. Yo no sabía qué hacer o qué decir. No tenía ningún control sobre aquella absurda situación; y no se me ocurrían palabras de consuelo que pudieran aliviar, en algún grado, el estado emocional en el que se encontraba mi visitante.


-¿Tan importante era el contenido de esa caja? – objeté al fin con el ánimo exaltado – ¡Porque le aseguro que mañana mismo estoy dispuesto incluso a levantar el piso con tal de no verle a usted así! ¡Ciertamente… no sé qué otra cosa puedo hacer amigo mío! ¡Si al menos me explicara…!


Interrumpí la perorata al ver que levantaba la cabeza y fijaba su mirada en mí.


-Tiene usted toda la razón – confesó – Le debo un sinfín de explicaciones. No sé cómo he podido actuar de esta manera. Sin embargo debe comprenderme, Arthur. Me hallo en una situación horrible y espantosa. Aunque se lo contara todo es muy posible que no me creyera jamás. ¡Hay ocasiones en las que incluso yo mismo creo estar viviendo una pesadilla de la que aún no he despertado!


Intenté tranquilizarle por todos los medios. Le dejé un margen de tiempo para que se sumiera en sus pensamientos. Al fin, cuando se relajó, logré convencerle para que me contara toda la historia. Yo, a través de mi pluma, intentaré reproducirla aquí con todo el lujo de detalles que me sea posible. Tal y como me fue narrada hace más de veinte años. Afortunadamente aún conservo los escritos y anotaciones que, por aquel entonces, redacté textualmente tras escuchar el extraordinario relato de Samuel Ravenport, académico de la Universidad de Londres, médico forense y neurocirujano del Real Hospital de Saint Andrews. Helo aquí:


“Todo comenzó la noche del veintiséis de abril de 1893. Hace ahora cinco años. Lo recuerdo nítidamente porque fue dos días antes del cumpleaños de mi adorable nieta Sarah. Y es ese día cuando mi mujer y yo salimos, habitualmente, a comprarle su regalo.


Regresábamos a casa a eso de la siete cuando, al enfilar la avenida donde vivimos, un carruaje se detuvo a nuestro lado. El conductor, sin bajarse del pescante, se dirigió a mí en un tono soez. A punto estuve de devolverle una mala contestación cuando, al fijarme en su rostro, me di cuenta de que conocía perfectamente la identidad de aquel personaje. Se trataba de un tal Edmond Blighter. Un buhonero del Soho cuyos ataques de demencia eran conocidos por casi todos los alienistas londinenses. Yo fui el último neurólogo que tuvo la oportunidad de estudiar su caso. Logré algunos resultados con una terapia a base de estricnina y gracias a ello había conseguido trabajo en una compañía de carruajes como cochero.


No cabía ninguna duda, tras bajarse ligeramente el embozo, de que era él.
Le comuniqué mi grata sorpresa de verle de nuevo y, acto seguido, sin darme apenas tiempo de terminar la frase me pidió – digamos casi que me exigió – subir al carruaje, pues había alguien que requería de mis servicios como médico. Al advertir la excitación de aquel hombre me di cuenta de que, ciertamente, algo andaba mal. Le dije a Ana que se fuera a casa. Yo no tardaría. Ella, mujer acostumbrada a que su esposo desaparezca del hogar a horas inusitadas, casi sin dar aviso, se limitó a asentir con la cabeza. Acto seguido desaparecí en el interior del coche, que partió a toda velocidad perdiéndose por las intrincadas callejuelas de Londres.


El viaje duró aproximadamente media hora. Bajamos desde Ringsland por Commercial hasta el cruce con Whitechapel y, una vez allí, enfilamos Leman hasta Dock Street. Cada cierto tiempo miraba por la ventanilla y me fijé que nos aproximábamos a los puertos. Nos desviamos por un laberinto de callejas y el vehículo se detuvo delante de una desvencijada casa próxima a unos almacenes de carga y descarga.


Edmond me abrió la portilla rápidamente y, con bastante premura, me exhortó a que le siguiera. Llamó a la puerta de aquella especie de chamizo y nos abrió un hombre de pelo lacio y grasiento que lucía una barba mal cuidada y sucia. Nos rogó que pasáramos sin dilación. El interior de la vivienda era una sala llena de bidones que parecían contener aceite rancio y algún que otro barril que apestaba a pescado. Por el suelo, esparcidos aquí y allá había montones de basura acumulada y restos de enseres hechos una piltrafa. En las desconchadas paredes colgaban, a modo de grotescos lienzos, aparejos de pesca y redes que, en modo alguno y en el lamentable estado en el que se encontraban, parecían poder cumplir ya su función original.


Rodeamos una mesa completamente carcomida y, apartando una cortina raída y apolillada, aquel hombre nos condujo, por un estrechísimo y hediondo pasillo, hasta una triste habitación donde nos encontramos un cuadro penoso.
Una mujer, arrodillada junto a un jergón de paja, lloraba desconsoladamente mientras, acostada en el lecho, yacía una niña pequeña y escuálida. La criatura sudaba copiosamente y, entre temblores y escalofríos, sujetaba entre sus brazos una vieja muñeca. Muy posiblemente el único juguete del que había disfrutado en toda su corta existencia. Su respiración, ahogada y desacompasada, se acompañaba de unos apenas audibles gemidos de dolor. Apretaba con tal fuerza los puños que pude observar unos regueros de sangre seca en el borde de las manos, producidos por el corte que habían hecho sus propias uñas en las palmas.
La examiné unos minutos y, volviéndome hacia Edmond y a los que parecían ser sus padres, les dije que aquellos síntomas sugerían que la pobre criatura sufría algún extraño tipo de ataque epiléptico. Aunque no podría asegurarlo a ciencia cierta. Era necesario trasladarla a un hospital. Pues su corazón latía débilmente y, en el estado febril en el que se encontraba, esa sintomatología podría producirle la muerte en muy poco tiempo.


En ese instante la mujer comenzó a escupir insultos de rabia con la cara completamente hinchada y surcada de lágrimas de ira y dolor. El padre, sujetando a la mujer, hizo un suplicante ademán para que nos lleváramos a la pequeña. Sin perder un segundo la cogí en mis brazos y, precedido de Edmond, subimos al carruaje que, de nuevo, volvió a ponerse en marcha a golpe de látigo y a la máxima velocidad que permitía el húmedo pavimento de las Docklands.
Cuando llegamos al hospital la pobre criatura era ya cadáver. El forense de guardia y yo, tras esperar la instrucción del juez, le hicimos la autopsia esa misma noche. Extrajimos varias muestras de hígado, pulmón y riñones. Así como de plasma y linfa. Abrimos la caja craneal y accedimos al encéfalo. No vi nada anormal hasta llegar al tronco cerebral. Mi compañero me llamó la atención sobre algo que había detectado en el bulbo raquídeo. Apartó los tejidos que recubrían, a modo de tapiz, el nervio trigémino. Allí había algo duro, como una especie de quiste sebáceo que abultaba bastante. Cogí las pinzas y seccioné con sumo cuidado toda la materia gris que lo recubría.


Entonces vi algo que me dejó estupefacto.


Adosado a toda aquella maraña de fibras había…un ojo.”


-¿Un ojo?- interrumpí.


Ravenport, con la mirada fija en el vacío, pareciendo recordar vívidamente aquellas imágenes almacenadas en lo más recóndito de su atávica memoria, tardó unos segundos en responder.


“Si, un ojo. Un ojo que no era humano, que jamás lo había sido. Un ojo que me miraba fríamente, sin vida, con una pupila tiznada de un amarillo enfermizo. Sin parpado. Un ojo encastrado en un lugar inusitado.


Aquello parecía tan irreal que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder volver a concentrarme en mi entorno. Durante unos segundos creí estar siendo presa de una extraña y pavorosa pesadilla. Repentinamente vi – repito: vi, no lo soñé, lo juro - como aquel ojo giraba sobre su órbita para escudriñar la habitación. El forense que estaba conmigo ahogó un grito de terror y yo, con toda la sangre fría de la que fui capaz, me dispuse a extraerlo. Cuando realicé la primera incisión hubo un inesperado estremecimiento en el cuerpo de la niña que, dada la tremenda tensión del momento, hizo que ambos nos separáramos unos metros. ¡Está viva! ¡Por amor de Dios! ¡Está viva! Exclamaba con muestras de pánico mi compañero. ¡No puede ser! Le contesté ¡No ahora, después de todo lo que hemos hecho con ella!


Consideré la posibilidad de algún tipo de galvanización en el cadáver y, con esa exánime explicación de por medio, nos acercamos de nuevo. Hinqué de nuevo el bisturí para abrirme paso entre los tejidos que afianzaban aquella “cosa” al bulbo raquídeo. Corté algo que parecía una fibra óptica y que estaba profundamente arraigado. ¡Le confieso, estimado Arthur, que me resulta imposible olvidar aquella noche!


Al fin logré sacar el globo ocular que, en un principio, asocié a algún posible proceso tumoral. En su lugar había quedado un hueco vacío, negro, en el que no se veía absolutamente nada. Al menos aquella fue mi primera impresión ya que, a los pocos segundos, se cerró solo como por arte de magia. Coloqué el ojo en una cubeta y llevamos la niña al depósito. El diagnóstico que redacté en el informe fue el de un carcinoma cerebral asociado a una desconocida pérdida de masa encefálica.


La niña fue enterrada al día siguiente. Esa misma tarde, completamente aislado en mi laboratorio, estuve estudiando la morfología de aquel extraño órgano. En un primer análisis comparativo semejaba un ojo humano, pero mucho más ovalado y con la córnea, aparentemente, dos o tres veces más gruesa de lo normal. Sin embargo, al analizarlo más detalladamente, un experto podría darse cuenta de que no tenía un patrón que se pudiera relacionar con criatura viva conocida alguna. El iris, observado con una lente de aumento, poseía unas estrías que seguían un diseño especular parecido a las alas de un coleóptero, al tiempo que la pupila mostraba una coloración verdeazulada y de un excelso cromatismo. Este detalle llamó tanto mi atención que, sin dudarlo, sometí el ojo al escrutinio del microscopio. Mi interés en conservar aquel órgano de una pieza era tal que, sin dudarlo, no lo laminé sino que simplemente lo coloqué sobre el portaobjetos e intenté enfocarlo. Me dio la sensación de que, al someterlo a la luz del aparato, la pupila se contraía ligeramente. Pero lo que más me aterró fue la imagen que nubló mi mente de todo ápice de racionalidad: ¡A través del cristalino se vislumbraba la espantosa impronta de un paisaje de pesadilla! En aquel momento el tiempo pareció detenerse. Aquel mundo que me devolvía la mirada a través de inenarrables dimensiones cósmicas estaba bullente de vida. Pude ver organismos de extrañas formas que se arremolinaban en torno a estructuras diamantinas que se quebraban y daban lugar a orgánulos que se replicaban infinitamente. Criaturas completamente amorfas e indescriptibles cuya única razón de ser parecía la de enloquecer al que las contemplara. Al fondo de la escena se vislumbraban esperpénticas figuras que, en un intento de que mi obnubilada mente las pudiera asimilar, tomé por edificios o construcciones de algún tipo. Lancé un grito y aparté la vista del ocular. Noté una quemazón en los ojos y caí de rodillas gimiendo como un niño. La cabeza...-¡oh por favor Arthur, si usted pudiera atisbar tan sólo un ápice de lo que vi, entendería el motivo de todos mis actos posteriores!-…la cabeza parecía que me iba a estallar de un momento a otro.


Recuperando fuerzas extraje el maldito ojo del portaobjetos y lo volví a meter en la cubeta. Pero al rato, y por favor no me pregunte la razón porque no tendría palabras que pudieran explicar el motivo, lo extraje de nuevo y, sujetándolo entre la punta de mis dedos, lo estuve contemplando durante un lapso de tiempo que me es imposible determinar.


De repente recordé algo.


Hacía unos días había comprado un reloj de bolsillo por habérseme roto el viejo que había heredado de mi padre y conservaba la caja en el gabán. Sin dilación me dirigí a la percha donde tenía colgado el abrigo y saqué la caja de uno de los bolsillos interiores. Era metálica y muy bonita. Además la tapa cerraba a presión y para la utilidad que yo quería darle aquel detalle era perfecto. Llené la caja de formol y coloqué el ojo en su interior para, acto seguido, volver a guardarla en el bolsillo. Jamás entenderé porque lo hice. Sólo sé que, desde un principio, me costaba separarme de lo que yo consideraba un pequeño trofeo.


Dios me perdone.


Una noche, varias semanas después, desperté bruscamente empapado en un sudor frío. No puedo recordar que clase de extraña pesadilla estaba sufriendo, pero la angustia que me torturaba era tal que me resultaba imposible volver a conciliar el sueño. Mi mujer dormía plácidamente a mi lado y no consideré oportuno despertarla por lo que me pareció una tontería. Sentado en el borde de la cama intentaba tranquilizarme cuando, súbitamente, oí un extraño ruido que parecía provenir del piso de abajo. Permanecí alerta unos instantes por si volvía a repetirse ya que no estaba seguro de la fiabilidad de mis sentidos tras aquellos singulares lances oníricos. Un minuto después se oyó de nuevo. Esta vez mas claramente. Era una especie de crujido hueco, como si arrancaran una tabla de madera o la partieran por la mitad.


Temiendo que algún ladrón hubiera entrado en la casa, pues tal fue mi primera inquietud, me dirigí muy despacio hacia la puerta y, sin hacer ruido, salí al pasillo. Llegué hasta el descansillo de la escalera. A tientas en la oscuridad, y guiándome tan solo por la escasa luz, proveniente del fanal callejero que entraba por el tragaluz de la galería, comencé a bajar lentamente. Una vez abajo fui hasta el salón y, cuando me hube percatado de que allí no había nadie, cogí una escopeta del armario, la cargué, y continué explorando la casa. Ayudado de la lámpara que tomé de una repisa, encima de la chimenea, registré habitación tras habitación.


No encontré absolutamente nada.


Algo más tranquilo me hice con la llave de la puerta que da al sótano. Intenté abrirla y comprobé, con cierta decepción, que estaba completamente atrancada. La intensa humedad que suele haber allí había hinchado la madera. Le di un fuerte empellón y conseguí abatirla dejando un hueco para poder pasar. La luz que llevaba en la mano hirió una densa oscuridad y me recibió un repugnante olor húmedo y rancio. Bajé los escalones y comprobé la reducida estancia atestada de barricas y baldas llenas de botellas y utensilios. Miré por todos los rincones sin ver nada que me llamara la atención. Estaba a punto de regresar al dormitorio cuando, detrás de una gran caja de madera llena de antiguos boletines médicos y periódicos que conservaba desde hacía muchos años, vi una serie de maderas rotas y astilladas que habían caído del recubrimiento de una de las paredes. Esa parte del sótano es la que da al subsuelo del jardín. Así que me fijé en el hueco que había quedado al aire. Había restos de tierra en el suelo y parecía que algo, una rata de gran tamaño quizás, se había abierto paso por allí. El agujero era relativamente grande. Aparté la caja y lo examiné mejor. Se vislumbraban unas pequeñas huellas en el barro formado por la mezcla de la tierra con la humedad del pavimento. Parecía el rastro de un animal que se desplazara reptando.
Absorto estaba en mis pensamientos cuando, súbitamente, vi cruzar una sombra unos metros a mi derecha por entre los barriles. Rápidamente, encañonando con el arma en esa dirección, me giré y escruté las densas tinieblas. Colgué la lámpara en un travesaño y cautelosamente avancé unos pasos para ver que era aquello. Separé cuidadosamente con el cañón del arma las lonas que cubrían unos toneles y no vi nada. Sin embargo, tras unos segundos de espera investigando mi entorno, noté que algo me rozaba el pie. Fue una sensación tan tremendamente repentina e inquietante que tardé unos segundos en reaccionar sin moverme un ápice. Tuve la espantosa sensación de que no estaba solo en aquel sótano frío y oscuro. Allí había una extraña presencia conmigo que, con toda seguridad, me estaba observando desde lo más profundo de aquella lobreguez. Haciendo acopio de gallardía miré al suelo y vi algo que me sobrecogió de tal manera que tuve que apretarme el pecho con la mano para intentar calmar los encabritados latidos de mi corazón. A mis pies, con una cérea y horripilante sonrisa, me observaba fríamente el rostro de una muñeca. Mi enardecida mente fue abordada de inmediato por la imagen de una niña muy enferma, que apretaba entre sus diminutas manos aquel juguete. Como si fuera un acto reflejo cogí la muñeca y salí precipitadamente del sótano. Subí los escalones de dos en dos. Atranqué de nuevo la puerta, cerrándola con llave, y me dirigí al dormitorio. Mi mujer seguía en el lecho con sueño sereno y procuré no despertarla. Dejé, eso sí, la escopeta apoyada a mi lado de la cama y me acosté de nuevo, no sin antes guardar mi hallazgo en el cajón de la mesita. Usted comprenderá que, después de aquello, el insomnio me acometió el resto de la noche.


La angustia que sentí en las jornadas subsiguientes a mi extraña aventura nocturna fue tal que, dos días después de aquello, me vi impulsado a hacer una nueva visita a los padres de la pequeña. Tan sólo quería confirmar si la muñeca era la misma que sujetaba la infeliz niña la noche que murió. Nunca olvidaré la expresión de sus rostros cuando les mostré el juguete. En unos segundos el padre se abalanzó sobre mí intentando golpearme. Mi reacción fue tan anticipada, como si hubiera adivinado que aquello iba a ocurrir, que logré inmovilizarlo contra la mesa del cuarto. Afortunadamente era un hombre pequeño y débil, de esta forma pude controlar la situación a pesar de los gritos de la mujer. Indagué sobre las razones de aquella violenta conducta. Mi oponente no dejó de insultarme, ni siquiera cuando me confesó que la niña había sido enterrada con aquella muñeca. Profanador de cadáveres, saqueador de tumbas, sacrílego, endemoniado hijo de Satanás. Hundí el rostro entre las manos y, mientras los dos se abrazaban llorando y escupiendo rabia, me fui de aquella casa con los nervios destrozados.


Llegué al hospital completamente fuera de mí. Exigí que me enseñaran de nuevo las pruebas tisulares realizadas al cadáver y, cuando revisé los informes, me llamaron poderosamente la atención los análisis efectuados a las muestras extraídas del hígado. Según la investigación realizada sobre las mismas por el doctor Reginald Bergen, del departamento de morfología, junto a los tejidos examinados de ese órgano se encontró unas hebras finísimas, de un par de milímetros de longitud aproximadamente, que semejaban pelos de un color parduzco a simple vista. En cambio, a mayores aumentos, parece ser que la estructura era similar a las sedas de los insectos.”


La revelación de Ravenport provocó en mí un fuerte estremecimiento y retiré la mano del bolsillo del albornoz. Un terror irracional, probablemente producto de la sugestión provocada por la pavorosa declaración de mi contertulio, comenzó a apoderarse de mí y, mientras el doctor continuaba hablando, mi imaginación comenzaba a recrear de forma realmente vívida todas las escenas de aquel macabro relato.


“Como usted supondrá aquello fue algo que me llamó poderosamente la atención ya que, muy posiblemente, podría haber sido uno de los agentes causales de la muerte. Quizás una serie de quistes fibrilares, sin razón aparente, invadieron algunos de los órganos vitales de la niña provocando el colapso de todo el organismo. Sin embargo, durante la autopsia que yo había realizado no hallé nada parecido. Salvo aquel horror que conservaba en la cajita que siempre llevaba conmigo.


Esa misma noche, aguijoneado morbosamente por un sentimiento de insaciable curiosidad, me dirigí al camposanto de Nunhead y soborné al vigilante para exhumar el cuerpo de la pequeña. Cuando abrimos el ataúd nos aguardaba un espectáculo dantesco. Incluso haciendo un gran esfuerzo para juzgar lo que vi desde un punto de vista estrictamente profesional me cuesta trabajo expresar con palabras aquel atroz cuadro. Los restos del cadáver estaban completamente destrozados. Era como si alguna fuerza sobrenatural los hubiera vuelto del revés, de tal forma que lo que antes eran los tejidos internos ahora estaban completamente visibles hacia el exterior y viceversa. Resultaba imposible cualquier tipo de reconocimiento ya que incluso observé que faltaban partes óseas de considerable tamaño. Todo aquello daba a sugerir que algo inhumanamente bestial y monstruoso se había abierto camino a través de aquel diminuto cuerpecillo, emergiendo desde su interior. Volvimos a cerrar el ataúd y lo enterramos de nuevo. Ni el vigilante ni un servidor fuimos capaces de articular palabra alguna hasta salir del cementerio. Al viejo guardián le di más dinero exhortándole a que no dijera nada a nadie.


Pasaron dos largos años durante los cuales pude olvidar, en parte, toda aquella serie de sucesos sin sentido aparente. En el mes de diciembre de 1895 recibimos una carta de Cynthia Bradford, prima carnal de mi esposa, que nos instaba a pasar las navidades con ella, su marido, y los dos hijos de ambos en su casa de Birmingham. Es una bonita villa rural donde habíamos veraneado en varias ocasiones anteriormente, y decidimos aceptar la invitación.


Cynthia y su esposo Frank, un adinerado fabricante de tejidos, son dos personas maravillosas. Transcurrió la Nochebuena entre risas, regalos y algún que otro recuerdo sentimental. Después de medianoche estuvimos charlando un buen rato hasta las dos de la madrugada, más o menos, hora en que nos retiramos a descansar. Algo más tarde, habituado desde hacía tiempo a mi consabido desvelo nocturno, comenzó a entrarme una sed espantosa y, procurando no despertar al resto de la casa ni molestar a la servidumbre, me levanté y fui hasta la cocina. Cogí una gran jarra de agua y llené el vaso dos o tres veces. Cuando me giré para volver de nuevo a mi habitación crucé la vista con una de las ventanas que dan al jardín exterior que, en esas fechas, estaba completamente cubierto de nieve. Comenzaba a despuntar el alba y una tenue luz se filtraba por los cristales tiznados de escarcha. Pero mientras mi entorno recibía el fulgor del crepúsculo de la mañana, mi alma se fundía de nuevo con la oscuridad del más profundo de los abismos, ya que a través de la vidriera vislumbré una faz grotesca que me observaba fijamente. Era un rostro deforme y viscoso, con una abertura putrefacta en lo que asemejaba la boca, y de la que colgaban tiras de carne negruzca entre una doble hilera de lo que parecían dientes afilados como cuchillas. Parecía como si cualquier proceso vital se hubiera visto obligado a no respetar las más elementales leyes biológicas en la génesis de aquel engendro. De algunas partes surgían mechones rubicundos que, vanamente, intentaban cubrir, de manera totalmente anárquica, determinadas zonas de aquella sanguinolenta y palpitante piel. Pero lo que más me espantó es que aquella entidad parecía tener un ápice de conciencia. Una conciencia preternatural y completamente al margen de los cánones humanos. Pareció hacerme un gesto con una abominable extremidad y advertí, al límite de mi juicio, que en lo que semejaba el rostro había un profundo hueco, vacío, negro…en el que no se veía absolutamente nada. ¡A aquella criatura le faltaba un ojo! La visión de aquello duró unos instantes que se me hicieron eternos. Mi mente, intentando conservar una pizca de cordura, no resistió más y caí desmayado.


Durante unas semanas tuve que guardar cama, acometido por intensas fiebres que parecían no remitir nunca. Fui hospitalizado temiéndose seriamente por mi frágil salud. Veía constantemente aquel rostro ante mí que, con espantosos ademanes, me reclamaba lo que era suyo. El secreto que yo escondía con tanto tesón. Sabía que jamás abandonaría la búsqueda. Que algún día me lo arrebataría y con él todo el motivo de mi fútil existencia pues, subyugado como estaba a la voluntad del ojo y de la turbadora realidad que éste representaba, sería tan sólo cuestión de tiempo que perdiera mi propia identidad en una vorágine de locura. ¡Qué trama diabólica mueve todos estos sucesos! Pero ahora la serenidad invade mi alma, estimado Arthur, la pugna ha terminado por fin.”


Tras escuchar la declaración de Ravenport enmudecí. Él, con calmo gesto, sin decir una palabra más, se fue. Reflexioné unos instantes intentando asimilar y sobre todo, ofrecer un resquicio de credibilidad a aquella historia. Para ello saqué las hebras de pelo del bolsillo y, contemplándolas con ancestral horror, las arrojé al fuego de la chimenea.


Una semana después recibí la imprevista visita de Aldrigde. Me informó muy impresionado que al doctor Ravenport le había dado un extraño ataque de apoplejía y había muerto la noche anterior. Su cuerpo había sido trasladado al hospital esa misma tarde.


Al día siguiente, tras hacer la consabida visita de rigor a la familia para darles mi sentido pésame fui al hospital. El hijo del doctor Ravenport había llegado de Southampton con su mujer y, tras haber sido informado con supuestas evasivas sobre las probables causas de la muerte, había reclamado mis servicios como abogado de la familia para presionar al hospital y sacar a la luz la verdad de aquel extraño óbito. Yo, por mi parte me las vi y me las desee para poder hablar con el forense. Al fin conseguí sonsacarle, y la respuesta que me dio hizo que, incluso años después de aquello, todavía me despierte algunas noches gritando y llorando como un niño. Porque lo que aquel hombre me contó, con cierto quebranto en la voz, fue que, cuando abrieron el cadáver, hallaron entre las fibras nerviosas del tallo cerebral un extraño quiste. Una horrible tumefacción que, lo recuerdo muy bien, describió, casi trastornado, como: “un ojo…un abominable ojo de mirada interior”.


Kharvatos

COMENTARIOS

Comentarios: 4
  • #4

    Kharvatos (viernes, 01 mayo 2009 09:22)

    Si lo recuerdo Sir Tyndalos ¿como no?. También recuerdo aquel entrañable y terrorífico relato tuyo: "El Gusano" (aún tengo el ejemplar de la revista "Mira" en el que se publicó). Sería fantástico que lo reescribieras y nos deleitaras con él de nuevo en EUO, pues se merece un lugar de honor aquí, en este pequeño reducto literario que vemos crecer poco a poco. Y en cuanto a una novela de "El Ojo" he pensado ya en ello muchas veces... quien sabe.

  • #3

    Tyndalos (jueves, 30 abril 2009 19:21)

    Este relato me trae recuerdos, Maestro Kharvatos. Yo "le
    vi nacer" en aquellas lejanas edades. ¿Recuerdas? En esta versión versión me parece mucho
    más pulido. Quizá también podría ser el embrión de
    un novela...Es genial.

  • #2

    Kharvatos (miércoles, 29 abril 2009 17:32)

    Gracias Duque. El “Ojo” es un relato al que le tengo mucho cariño, pues fue escrito hace mas de quince años (cosa que, por un lado, me entristece porque me doy cuenta de lo viejo que me estoy haciendo) y sigue siendo mi cuento mas popular. Ha sufrido algunas correcciones con el paso del tiempo (puliendo sobre todo un poco mas el estilo), pero la historia sigue siendo exactamente la misma. Estoy ahora trabajando en un par de ellos de ambientación victoriana. Espero terminar alguno de ellos en breve y que vean la luz por vez primera aquí en EUO.

  • #1

    El Duque Albino (miércoles, 29 abril 2009 16:33)

    Fantastico relato. He disfrutado mucho leyéndolo. Sobre todo el segundo acto. La parte en la que el doctor cuenta la historia de la niña y del ojo me ha parecido sobresaliente. Aunqne el primer acto también está bien. Pero insisto, la historia que narra el doctor, te mantiene en tensión todo el rato; casi puede sentirse el terror como algo vivo, ancestral... Muy bueno. Enhorabuena.