* EL MISTERIO DEL CÍRCULO NEGRO (por Kharvatos)

as botas de Creed sudaban el limo que se había adherido a ellas durante todo el trayecto a través del pantano. Su rostro, hinchado y enrojecido por las insoportables picaduras de los tábanos, mostraba un rictus de abatimiento y desconsuelo. Desanudó el pañuelo del cuello y, con la mano dolorida todavía tras su última caída al resbalar en el fango, se limpió la cara de las costras de barro que cegaban parcialmente sus ojos.
Unos metros por delante Ramón calzaba pasos de gigante a través de la densa bruma. Y mientras avanzaba con tiento, pero de forma decidida, se enfrascaba en el profano arte de asear meticulosamente la hoja del machete; empapada aún con la sangre de la coral que acababa de decapitar. Caía la noche, y ninguno de los dos parecía dispuesto a rendir su larga caminata en favor de un siempre bien recibido descanso.
La humedad, respaldada por un bochorno insoportable, convertía sus ropas en una segunda, molesta y pegajosa piel. De tal forma que el tosco guía, al volverse para comprobar que su acompañante seguía su ritmo, no pudo evitar desviar la mirada hacia los insinuantes senos de la mujer, que ya se adivinaban bajo la sucia blancura de la camisa.
Deberíamos descansar, señorita- sugirió.
Allison Creed, la bellísima y caprichosa hija malcriada del magnate del petróleo Richard Creed, detuvo la marcha y, apoyándose en las raíces de un mangle, contempló con desdén al robusto guía colombiano.
¿Cuánto falta?- preguntó
Ramón agachó la cabeza al darse cuenta de que ella se había apercibido del deseo que estaba empezando a provocar en él. Furioso por el cansancio, y las continuas presiones de su cliente, concentró la mirada en el barrizal que se extendía más allá de la marisma que estaban atravesando en ese momento. Una densa penumbra comenzaba a invadir el entorno y, a pesar de su agudeza visual, apenas lograba distinguir los detalles de aquel, hasta el momento, inquietante y onírico escenario. Algo chapoteó en el agua unos metros por delante y una grulla, parcialmente oculta por el cañaveral, levantó el vuelo sorprendiendo a las diáfanas miasmas de vapor que formaron un tenue remolino tras el baile aéreo del emplumado. En ese mismo instante recordó, dejándose llevar por un primario instinto de supervivencia, el haber colocado la recortada en la bandolera de la mochila que portaba en el costado. Llevó la mano hacia atrás, acariciando el cañón, y sintió una punzada de alivio al notar el metal en la yema de los dedos. Sin apartar la vista de las brumas que flotaban frente a él dirigió una contundente respuesta a su interlocutora.
Al menos unas seis o siete horas. Pero le aseguro que oscurecerá mucho antes de que lleguemos, y entonces daremos vueltas en círculo o, peor aún, nos internaremos en el lodazal con riesgo de hundirnos en él.
La mujer se humedeció los labios y miró al cielo como esperando alguna señal divina que le inspirara a tomar una decisión. El ramaje de la arboleda dibujaba extrañas e inquietantes formas recortadas contra el grisáceo tapiz del firmamento; y ya se adivinaba el evanescente fulgor de algún lucero. Luego se volvió hacia el guía y, con un rictus impasible, paseó su vista de arriba abajo por la fornida figura masculina.
¿Y qué sugieres? ¿Acampar aquí en medio del agua?- ironizó con desdén.
Ramón observó como ella extraía un paquete de cigarrillos de uno de los bolsos del pantalón para, acto seguido, calarse uno en la boca.
Además…-objetó mientras lo encendía- …dejé bien claro cuando te contraté que el asunto era urgente y no podía demorarme. Así que si no puedes cumplir esa parte del trato tu conciencia debería obligarte a que me devolvieras el dinero ¿No crees?
Expulsó una gran bocanada de humo que acompañó con un gesto de desprecio clavando la mirada en el rostro del colombiano.
Cuando salgamos de la laguna hay unos tres kilómetros de barro que, le aseguro, preferirá atravesar de día – respondió él – Si seguimos ahora usted se agotará, entonces yo me veré obligado a llevarla, y al no poder detenernos en esa zona también me agotaré…
Interrumpió su discurso cuando una enorme masa, cubierta de fango y vegetación putrefacta, se alzó desde el agua en un veloz e inesperado ataque dirigido contra la mujer. Ramón, ágil como un rayo, desenfundó la recortada y realizó dos breves pero certeros disparos. Allison cayó de espaldas chillando aterrada y aquella cosa se hundió de nuevo casi tan rápido como había emergido; dejando tras de sí un repugnante rastro púrpura que, en seguida, se mezcló con la untuosa viscosidad de aquel caldo infecto en el que ambos estaban imbuidos desde hacía horas. Sin perder un segundo el hombre agarró por el brazo a la mujer que, medio sumergida, apenas atinaba a ponerse en pié. Ella notó un fuerte tirón y, dejándose llevar, fue elevada en volandas hasta que, erguida otra vez y con el cigarrillo completamente empapado entre los labios, encontró el rostro del colombiano a escasos centímetros del suyo.
Eso sin contar con los caimanes – puntualizó él.

2
Cuando al fin lograron encender las astillas, que cubrían la parva madera reseca que habían encontrado, la luz de la hoguera hirió como un faro desnudo aquellas densas tinieblas. Las nubes habían cubierto el cielo de forma tan repentina e inesperada que la pareja apenas tuvo tiempo de vislumbrar aquel islote; un pedazo de tierra seca cubierto de un herbazal en medio de la ciénaga. Ramón, sumido en sus pensamientos, y con el arma tumbada sobre las piernas, permanecía inmóvil sentado junto al fuego y con la vista fija en la hipnótica danza de las llamas.
En el interior de la tienda la indómita mujer intentaba conciliar el sueño tras aquella agotadora jornada. Sin embargo, a pesar del cansancio, su mente divagaba repasando la cadena de singulares acontecimientos que la habían llevado a aquella incómoda y peliaguda situación. Recordó claramente el gesto de profundo asombro de su mentor, el profesor Gideon Hofmann, cuando le mencionó su intención de viajar a Colombia a buscar la tercera losa antes de que tuviera lugar la insólita alineación planetaria. Aquel año el presupuesto del departamento se había disparado con la adquisición del más moderno microtomo. Un capricho del viejo catedrático que había justificado, frente al claustro universitario, con todo un menú de argumentos documentados sobre el analítico estudio de los tejidos que envolvían las dos momias recuperadas en Nazca, durante la última expedición arqueológica financiada por la Universidad.
Resultaba por tanto una auténtica sorpresa que la joven licenciada se mostrara completamente indiferente, cuando le fueron denegados los fondos para organizar la búsqueda del mítico artefacto. Dada la frialdad con la que su proyecto había sido recibido, todo apuntaba a que aquel año estaba destinada de nuevo a paralizar el desarrollo de su tesis en favor de las malditas clases de apoyo. Pero Allison no se arredró, y convenció a Hofmann y al rector de los fines concretos de su empresa. Instándoles, simplemente, a que secundaran su iniciativa frente al órgano de gobierno de la honorable institución. Facilitándole la labor de convencer a las mentes más cicateras sobre los posibles beneficios, o al menos el nulo efecto que supondría sobre las arcas y el buen nombre del paraninfo. Ya que, en caso de tener éxito, gran parte del mérito y la gloria se los llevarían los que respaldaran aquella investigación; y en caso de fracaso, a fin de cuentas, la responsabilidad y los costes del viaje recaerían plenamente sobre su persona. Necesitaba, no obstante, el apoyo universitario para poder otorgar un riguroso carácter científico a su labor. Las riquezas de su progenitor otorgaban medios pero no prestigio, y la ambición de Allison Creed no había tocado techo todavía.
Acostada sobre el saco alargó el brazo y sujetó por la correa la bolsa que contenía el preciado tesoro de Hofmann. Acercándola hacia sí abrió la solapa e, introduciendo la mano, acarició las otras dos piedras. ¡Qué razón tenía el viejo! ¡Y pensar que al punto casi se malogra el viaje por el estúpido antojo de unos carcamales acartonados en sus malditas poltronas! Pero no podía ser. El antiguo manuscrito hacía una referencia clara a aquella ubicación. Y los cálculos del profesor eran correctos, corroborados incluso por su colega del MIT. Sin embargo tan sólo había compartido este secreto prohibido con ella.
La adoraba.
Y Allison, dejándose llevar por sus propias aspiraciones académicas, había hurgado en lo más profundo de los sentimientos del sabio, con el fin de asentar su futuro profesional sobre las cenizas de un distinguido, anciano y apolillado arqueólogo de despacho. A fin de cuentas era la única alumna de postgrado que había sobrevivido a las manías persecutorias de Hofmann. Y eso debía tener su recompensa.
Fuera, Ramón daba sus primeras cabezadas. Y antes de caer totalmente presa de la habitual narcosis nocturna alimentó el fuego con más leña de forma que, si se dormía, al menos las brasas y el olor a quemado serian capaces de mantener a distancia cualquier peligro que rondara el campamento. La cacofónica mezcla de admonitorios sonidos le puso en guardia al respecto y abriendo el saco de dormir se embutió en él; no sin antes revisar la munición de la escopeta y apañar el cuchillo bajo la almohada. El cansancio pronto hizo mella, y su consciencia dejó paso al quimérico teatro de los sueños. Como es habitual para el común de los mortales, no tuvo noción de cuánto tiempo tardó su mente en errar por los reinos de pesadilla y ensueño. Pero lo que sí le quedó claro desde el principio es que las visiones no eran reales. A pesar de esto la sensación de angustia que le hizo prisionero en aquel momento reclamaba todo su ánimo. Y desde que tuvo consciencia de su incursión en el reino de Morfeo sintió aquella extraña y turbadora presencia a su lado. Muy cerca de él. Susurrándole impudicia y tentándole con lo vedado. Una mortecina luz, concentrada en un haz oriundo de ninguna parte, le marcaba la senda. Con una terrible punzada de inquietud la siguió y se dio cuenta de que no era más que un muñeco en manos de un espantoso titiritero. Quiso gritar para despertarse, pero tan sólo la intención le resultaba un acto irreverente y continuó caminando en pos de la nada.
Por su parte Allison, derrengada por el terrible cansancio, también claudicó y cayó profundamente dormida. La respiración se hizo más lenta y, sufriendo un breve espasmo, de su garganta comenzó a brotar un leve siseo acompasado que se hizo apenas audible cuando la joven comenzó a soñar. La tenebrosa sensación de abandono y soledad que invadió su alma se manifestó desde el agónico momento en que fue rodeada por aquellas profundas tinieblas. No había estímulo alguno que reclamara su atención y su mente tuvo que habituarse, en un brevísimo espacio de tiempo, al turbador solipsismo que no le quedaba más remedio que adoptar. De esta forma se encontró receptora de la inventiva de su propia consciencia. Y comenzó a imaginar…a crear. Pero, sin saber la razón, solo halló acicate en la manifestación de lo pavoroso. De tal manera que, en su realidad interior, comenzó a extenderse un paisaje de pesadilla iluminado por una dantesca aurora chispeante y multicolor que parecía querer arrancar, de un infinito letargo, las torvas sombras de aquel mundo. En la distancia, y a medida que iba paseando la vista por aquel extraño entorno, se iban desdibujando formas que, enclavadas en el lejano horizonte, bailaban ante sus ojos construyendo un paisaje surrealista donde parecían pugnar lo orgánico con lo baldío. Notó la brisa en el momento en el que se acordó de inhalar. Y el aire, como una criatura que acaba de nacer y comienza a explorar el terreno con cierta insolencia, invadió sus pulmones con total impunidad. Eso causó en ella la remembranza de un pasado humano. Pues sintió que su cuerpo, o la carcasa de vida que ahora ocupaba, no le pertenecían, lo cual le hizo albergar dudas sobre su propia identidad. De tal forma que, en un enfermizo y enfrentado maremágnum de escalofriantes sensaciones, se dio cuenta de que era una exploradora en una dimensión alienígena. Se había convertido en una intrusa de su propia obra. Con esto y todo quiso gritar, pero el miedo que tuvo a que la descubrieran profanando, violando con su presencia, una realidad en la que era foránea la hizo contenerse.
Fue entonces cuando vio la ciudad.
Vardath la Eterna, la llamaban los antiguos escritos ascéticos. ¿Pero cómo diablos era consciente de ello? La Ciudad Sin Luz. Así era nombrada cuando los sacerdotes que servían a los Dioses Prohibidos no se atrevían a pronunciar su nombre por miedo a ser objeto de la vesania divina. Un ciclópeo mausoleo negro que alzaba sus siniestras, oscuras, y misteriosas torres a modo de inmensas garras que pretendían arañar la bóveda celeste; hiriéndola como una bestia que quisiera arrancarle las vísceras al Hacedor en un trance de desafiante actitud. Quiso caminar hacia ella. Desentrañar todos sus horribles secretos. Pero algo la detuvo. Miró hacia arriba y la luz de la aurora fue velada por una oscuridad creciente. Primero un pequeño punto negro. Luego un inmenso círculo que cubrió todo el firmamento.
Cuando despertó Ramón recogía el campamento.
Los rescoldos de la hoguera crepitaban aún, y el olor a podredumbre la devolvió a la áspera inmediatez de la cruda realidad del pantano. Salió de la tienda tambaleándose y, con un desperezo, contempló como el otro completaba su labor.
He dejado una jarra de café caliente sobre las brasas- informó él.

3
Reemprendieron la marcha a los pocos minutos. Mientras la escasa luz de la alborada se filtraba por entre el ramaje y envolvía en un tenue fulgor la irreal apariencia del entorno. El bochorno ya resultaba insoportable a horas tan tempranas; sin embargo la jornada se anticipaba más liviana que la anterior debido a que su destino estaba cada vez más cerca. Eso infundía en ambos vigor renovado, otorgándoles un paso más ligero como si fueran atraídos, a modo de burdo metal, por un gigantesco imán que les concediera el don de avanzar mucho más rápidamente sin consumir apenas energías. De vez en cuando Ramón detenía la marcha para asegurarse de la posición del sol; o consultar la brújula cuando una imprevista cortina de niebla se fundía con el paraje y les aislaba de cualquier punto de referencia. En esos momentos Allison aprovechaba para revisar sus notas y comparar los cálculos de Hofmann con el texto del manuscrito. ¿Cómo era posible que una antigua civilización de más de 12.000 años tuviera escritura y, lo más sorprendente, conocimientos astronómicos y matemáticos tan precisos? Las teorías de su mentor divagaban entre la superstición y lo empíricamente categórico. Los hechos eran irrefutables, y las pruebas aportadas por los métodos de datación cronológica eran concluyentes. Pero el anciano se movía en un terreno resbaladizo debido a su excesivo entusiasmo por la teosofía y el misticismo. El arrobo del que hacía gala, en conjunción con su exigua disciplina científica de los últimos años, había puesto en peligro toda su credibilidad y buen nombre. Lo más destacable de aquel trabajo, y aquello que había salvaguardado su prestigio, fue la extraordinaria habilidad para descifrar el texto del manuscrito. Utilizando, a modo de piedra Rosetta, un códice sin fechar y de autor desconocido; hallado hacía un par de años en el archivo de una antigua abadía a pocos kilómetros de la castellana villa de Toledo. De cualquier forma circulaban ya rumores del posible nombramiento de Hofmann como emérito. Cosa, que desde el punto de vista de la joven Creed, significaría la muerte académica del viejo profesor; tanto en cuanto había dedicado una grandísima parte de su vida a la investigación.
Eso acabaría con él.
Allison cotejó de nuevo los resultados de sus propios cálculos con los datos aportados por el MIT y las anotaciones de Hofmann sobre el texto primitivo. Resultaba increíble la precisión con la que los antiguos habían predicho aquella extraña conjunción planetaria. ¿Pero por qué aquel lugar? ¿Qué había de peculiar en ese remoto rincón del mundo?
Un atronador disparo la sacó abruptamente de sus reflexiones.
El guía, unos metros por delante, sujetaba firmemente la recortada con el cañón todavía humeante. Recargándola de nuevo escrutaba atentamente la niebla, encorvado y medio agazapado entre los juncos.
¿Qué ocurre? – indagó la mujer
Ramón, volviéndose hacia ella con el rostro tenso, hizo un gesto de silencio y le indicó que se acercara despacio. Cuando estuvo al lado de él la sujetó por el brazo para que se agachara.
¡Ahí había algo! – murmuró señalando con la cabeza hacia la dirección en la que viajaban.
Allison sondeó la zona que le indicaba el colombiano pero, intentando penetrar con la mirada el velo de densa bruma, no vio nada.
¿Qué era? – preguntó.
Se movía señorita. Algo grande. Una sombra entre los árboles. Desapareció por allí. Creo que le di de lleno porque oí un grito.
¿Un grito?
El guía enmudeció y luego desvió la vista de soslayo hacia la mujer. A lo lejos se oyó el gorgoteo de un ánade para, acto seguido, imperar el silencio más absoluto. Los dos continuaban inmóviles esperando acontecimientos.
¿Estás seguro de lo que viste? – cuestionó ella.
Si, si…- respondió incorporándose - …un animal supongo. Era como una especie de mono enorme.

Allison esbozó una falsa sonrisa y se irguió también.

Un mono… - reiteró con deje cínico.
Ramón contempló unos instantes la apetecible belleza de la muchacha. En ese momento su turbadora cercanía provocaba en él gran lascivia. Notaba la agitada respiración de la joven en el rostro y tuvo la tentación de atraerla hacia sí y besarla. Poseerla allí mismo. El estímulo era tan fuerte que apenas sintió la tremenda bofetada que ella le propinó en la cara.
Quiero llegar antes del mediodía – exigió la inefable Allison Creed.

4
Hacía un cuarto de hora que habían dejado atrás la marisma, y la ruta que seguían atravesaba un inmenso terreno cenagoso que parecía dispuesto a impedirles avanzar más. Una extraña y helada brisa impropia de aquellas latitudes comenzó a soplar tenuemente, y su cadavérico contacto les laceraba la piel; como si con su presencia hubieran despertado de su letargo a una terrible y gélida entidad guardiana de aquellas latitudes. Al cabo de unos minutos el guía se detuvo de nuevo y señaló en una dirección.
Aquel es uno de los afluentes del Cauca – indicó – Varias millas hacia el sur se unen los dos ríos y desembocan en el Magdalena. La corriente es fuerte pero forma un meandro en esa zona, así que será mejor desviarse hacia allí para no tener que cruzarlo. Nos quedará aproximadamente una media hora de viaje.
Allison reclamó su atención.
¿Qué es aquello?
El colombiano desvió la vista hacia el punto indicado por la mujer y pudo contemplar una extraña forma cilíndrica que, desde el suelo, se alzaba entre la frondosidad del ramaje.
El Árbol de Piedra. – respondió Ramón - Lleva ahí muchísimo tiempo. Indica el límite del territorio conocido. Como ya le advertí nadie ha estado jamás en el sitio al que nos dirigimos.
Hizo una breve pausa y tragó saliva.
O al menos nadie ha vuelto nunca de allí.

Avanzaron unos metros y, al atravesar la maleza que la ocultaba parcialmente, se toparon con la singular estructura. Resultó ser un viejo macondo carbonizado por la caída de algún rayo. El agua del tronco se había evaporado totalmente y las sales minerales habían invadido los tejidos provocando su fosilización. Mudo centinela, testigo de una edad olvidada. La arqueóloga examinó la superficie del tronco y pudo apreciar una serie de extrañas marcas que lo circundaban a modo de estela. En seguida se percató de que no eran sino trazos de una escritura semejante a la plasmada en el manuscrito y las losas. El corazón comenzó a latirle más deprisa a medida que acariciaba las que se encontraban a su altura con las yemas de los dedos. Tan sólo habían transcurrido unas pocas horas desde el amanecer y, sin embargo, una oscuridad creciente iba apagando el mundo a su alrededor tiznando en matices de gris la variedad cromática que, momentos antes, marcaba aquel paraje.
“Está empezando” advirtió Allison. La idea le cruzó por la cabeza como la tremenda impronta de un mensaje telepático enviado por algún numen que guiara sus pasos. Alzó la vista y, entrecerrando los ojos consideró la posibilidad de que las primeras señales del eclipse ya fueran tremendamente evidentes. Pero la luz del sol, incluso en aquellas condiciones, la impedía determinar el concreto estadio en el que se encontraba el fenómeno astronómico.
¡Hay que darse prisa! ¡Apenas tenemos tiempo! – exclamó nerviosa.
Al volverse notó el fuerte brazo del guía frente a ella impidiéndola avanzar. Enfurecida, clavó la vista en el rostro del hombre y casi al instante se dio cuenta de la horripilante realidad. Pues la tez del colombiano, otrora bronceada y saludable, había tornado tremendamente pálida y demacrada. Pero lo que más espanto causó en la joven fue la abrumadora expresión de horror plasmada en aquella cara. Frente a ellos, y como mudas estatuas talladas en una era primigenia, se erguían, con un halo de salvajismo ancestral, unos seres que parecían surgidos de algún tiempo limítrofe con el origen del mundo. Sus vagas formas antropomórficas recubiertas de lo que parecía una pútrida vegetación apenas bastaban para sugerir en ellos algún signo terrenal. Eran del tamaño de un hombre pequeño y poseían una oleosa piel, negra como el azabache, así como unas extremidades absurdamente largas y delgadas acabadas en dedos extremadamente finos con una especie de agujas a modo de garras. Lo que parecía la cabeza, sostenida por un extravagantemente largo cuello, semejaba la de una especie de carey sin ojos. A ambos lados de la misma colgaban una serie de palpos carnosos que se movían y retorcían como grotescas culebras. Allison, a pesar de no aceptar en un primer momento la silenciosa realidad de aquellas criaturas, dispuso de un margen de cordura otorgado por la cuidada educación recibida que la permitió aferrarse a su racionalidad; y no quedar paralizada como había ocurrido con su compañero. La luz del sol iba minorando y la fría brisa dio paso a una tenue neblina que envolvió la escena con matices feéricos.
El primer ataque no se hizo esperar.
La mujer lanzó un grito y Ramón, saliendo de su inicial estupefacción, desenfundó el arma disparando casi a bocajarro sobre el ser más cercano. Este cayó hacia atrás sin emitir ningún sonido y salpicando, a través del boquete abierto, un chorro aceitoso y negruzco que alcanzó al guía. Otra de las criaturas se abalanzó sobre Allison pero ésta, en un instintivo acto reflejo, se hizo a un lado y extrayendo el machete que le colgaba de la cintura le asestó un fuerte tajo en el cuello. El impulso fue tan grande que la mujer resbaló en el barro y rodó hacia atrás dejando caer la mochila. Esta se abrió con el golpe y las dos losas de piedra se incrustaron en el fango.
Súbitamente el resto de aquellos entes detuvieron el combate.
Uno de ellos señaló hacia las piedras y todos desaparecieron saltando entre los juncos y la vegetación sin dejar rastro. Tan sólo los cuerpos abatidos de los dos muertos por el hombre y la mujer.
El pantano, en su siniestro silencio, evocaba la imagen de un cementerio.
“Los custodios” pensó Allison. Ahora lo veía claro. Era uno de los detalles a los que hacía referencia el manuscrito y que, a priori, no habían comprendido al descifrar el texto. Los que vigilan el círculo negro y no permiten que nadie ni nada se acerque a él. Pero entonces… ¿Qué había ocurrido? Algo les había impedido cumplir su misión. Habían visto las losas y quizás servían como salvoconducto para entrar en aquel reino prohibido. Se giró hacia Ramón y pudo observar como el colombiano, extremadamente alterado, recargaba el arma y no dejaba de escudriñar el entorno por si regresaban.
Debemos continuar – dijo la mujer – Sólo quedan unos minutos.
El hombre la miró con los ojos desorbitados y la cara desencajada.
¿Está loca? ¿Ha visto esas cosas? ¡Moriremos los dos si nos adentramos ahí!
La joven recogió las losas y las introdujo de nuevo en la mochila.
Muy bien – respondió – Entonces iré yo sola. Tú puedes quedarte aquí si quieres jodido cobarde. No te necesito. A fin de cuentas estamos muy cerca y yo puedo hacer el resto del camino sin tu ayuda. Me debes dos mil pavos.
Ramón se maravilló del arrojo, ¿o quizás locura?, de aquella mujer. Nunca antes había conocido a nadie con tamaña determinación. La soberbia manipulación a la que le sometía la joven hizo efecto en él de tal manera que el miedo se transformó en insólita admiración. La vio caminar sola, desvalida pero decidida, entre la bruma y sin mirar atrás. Se sorprendió a sí mismo cuando reaccionó a los dardos envenenados que escupió la arqueóloga con un arrebato de machismo.
Nadie dirá que una mujer tiene más huevos que Ramón Castro – sentenció.

5
Los jirones de niebla, acechándoles constantemente e impidiéndoles ver más allá de unos pocos metros, parecían gesticular inquietantes señales de advertencia exhortándoles a volver por donde habían venido. El silencio, no obstante, era tan espeso que profanarlo daba la sensación de ser anatema. Lo cierto es que perdieron toda noción del tiempo transcurrido hasta que el manto de algodonosa blancura que los envolvía se hizo más tenue y pudieron vislumbrar las primeras sombras cuyo perfil contrastaba con la agreste naturaleza en la que estaban inmersos.
Ahí estaban las ruinas.
Invadieron un claro entre los árboles anegado de agua. Justo en medio se alzaba un trozo de tierra que servía de base a una serie de enormes estructuras cristalinas de formas completamente irregulares. Conformaban un conjunto surrealista, sin una función claramente definida, pero que parecían sugerir una naturaleza alotrópica en relación con algún tipo de mineral carbónico. Estaban flanqueadas por cuatro enormes pilares de piedra negra que se alzaban majestuosos y terribles, plagados de extraños bajorrelieves que representaban signos y símbolos que a Allison le resultaban familiares; pues no eran sino semejantes a todos los que había visto y estudiado en relación con aquella terrible aventura.
En el centro de aquel extravagante conglomerado pétreo se abría una especie de pozo, perfectamente circular, de gran diámetro pero de tan sólo un par de palmos de profundidad. Orlando a éste, en una elegante y armónica disposición triangular, se hallaban cuatro tarimas, del tamaño aproximado de una lápida sepulcral, cuya naturaleza marmórea parecía completamente inmaculada a pesar de su aparente antigüedad. Allison dio un respingo cuando se apercibió que en una de ellas había una losa semejante a las que ella portaba. Sin embargo, lo que más llamaba la atención era el innegable y enardecedor hecho de que la agresiva vegetación, por algún oscuro motivo, no había osado tocar aquellos vestigios del pasado; manteniéndose ésta en todo el perímetro a una prudente distancia desde los límites de aquel peculiar marjal.
Allison maldijo su mala suerte al habérsele destrozado la cámara fotográfica en una de sus numerosas caídas durante el viaje hasta allí. Contempló la sobrenatural materialidad de aquel lugar, y se encontró sometida a la grandeza de la obra creada por alguna civilización pre humana completamente desconocida hasta la fecha. Acercándose cautelosamente a aquellas majestuosas reliquias, arrancadas a los confines del tiempo, tuvo la sensación de que esperaban su llegada y le daban la bienvenida. Lo cierto es que apenas se inmutó cuando oyó el grito de Ramón a su espalda. Un giro de cabeza, una mirada impasible y observó al hombre paralizado de horror rodeado de las amenazantes criaturas que les habían atacado antes y que ahora le impedían el paso de nuevo. No hubo agresión. No hubo sonido alguno exceptuando la jadeante angustia del colombiano que contaba los minutos como si fueran horas y esperaba que, al menos, el fin fuera rápido. En el firmamento hacia algunos minutos que había comenzado el eclipse y pronto alcanzaría su cénit. Allison comprendió en ese instante que no habría vuelta atrás. Que nunca la hubo y que todo aquello estaba perfectamente urdido por una fuerza cósmica de poder desmesurado que tenía el espantoso privilegio de decidir su suerte. Caminó hasta el islote y avanzó por entre las formaciones cristalinas. Vistas de cerca emitían un tenue brillo iridiscente que pulsaba induciendo una especie de trance hipnótico. Ramón, con la recortada en la mano, no dejaba de dar vueltas sobre sí mismo esperando que aquellos seres se abalanzaran sobre él en cualquier momento. Allison, maravillada por lo que le rodeaba, llegó hasta el centro de las ruinas y contempló el pozo con la mirada absorta. Estaba festonado por una serie de dibujos, con patrones extraños, y que al ojo experto parecían representar constelaciones o mapas estelares de algún tipo. Vio las tres tarimas de piedra en disposición perfectamente triangular y, sin perder un segundo se acercó a la que tenía encastrada la losa. Efectivamente, sin lugar a dudas era la tercera piedra que buscaba. Sin embargo, en aquel momento comprendió que tenía una tarea que hacer.
Debía comprender el motivo de todo aquello.
Extrajo las otras dos losas de su mochila y, aproximándose a los pedestales huecos, las encajó cuidadosamente en su sitio. Miró al cielo y esperó impaciente. El eclipse estaba a punto de completarse y fuera en el espacio, a millones de kilómetros de distancia, el resto de la corte planetaria completaba su danza de eones para, en una elegante contingencia universal, alinearse perfectamente y consumar la conjunción. Murió el último destello solar y la oscuridad se abatió sobre aquel remoto lugar de la amazonia.
Algo bulló en el interior del pozo.
Primero una sombra que no era sombra. Un jirón de negrura que, en poco tiempo, se convirtió en una miríada de tentáculos, de apéndices intangibles que se abrían camino a través de la piedra y comenzaban a extenderse invadiendo completamente el perímetro formando un negro círculo que, como un cáncer, parecía querer emponzoñarlo todo con su roce. De las altas columnas azabachadas surgió un penetrante silbido que castigó los oídos de la mujer. Luego, poco a poco, las mismas mastodónticas estructuras comenzaron a llorar, desde la cúspide, una intensa luz azul que tiñó el lugar de un monocromo matiz enfermizo.
Oyó el espantoso grito del guía tras ella pero no se volvió. Contempló como aquellas vivas tinieblas la envolvían con sus terribles extremidades y sintió un profundo éxtasis que le insufló un hálito vivificador. Ramón disparó a sus enemigos pero, tras alcanzar a dos de ellos, notó que la vida se le iba despacio. Como si tuviera la oportunidad de degustar cada instante de su muerte. No supo lo que ocurría hasta que se dio cuenta de que el agua insalubre hervía como en un caldero puesto al fuego. Un dolor tan lacerante le recorrió todo el cuerpo que fue incapaz de exhalar un solo grito. Su piel comenzó a borbotear como el líquido que le rodeaba y las burbujas de tejido, incapaces de retener por más tiempo la presión interior, reventaron en una explosión carmesí y la existencia del hombre quedó reducida a una pulpa sanguinolenta que pronto quedó sumergida bajo el cenagal. Los seres, completamente inmunes e impertérritos a aquella situación, se movieron rápidamente hacia la arboleda perdiéndose entre la frondosidad.
Allison cayó de rodillas y se inclinó sobre el pozo. Los inmateriales tentáculos la atraían hacia sus profundidades acariciándola y confortándola como un padre mima a su hijo. Ella, dejándose llevar por aquellas agradables sensaciones, se dio cuenta de que se iba a producir el evento más importante de toda su vida. No opuso ninguna resistencia y la conciencia de la joven se fusionó con la de su abominable anfitrión; sufriendo una vorágine de horripilantes visiones que revelaban cual era su verdadera naturaleza.
Despertó en su nuevo mundo. En su nueva existencia. Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue la aurora multicolor recortada contra el cielo y el maldito círculo negro creciendo, consumiéndolo todo con ansia devoradora. Y ella, como muda espectadora de aquel atroz espectáculo, consideró la posibilidad de que la locura campara ya a sus anchas por su mente enardecida. Pero esa fue tan sólo una idea fugaz. Había renacido de nuevo y tenía cosas más importantes en que pensar. Le esperaba una gran labor. Contempló su nuevo cuerpo con ínfulas de semidios. ¿En que se había convertido? No importaba. Ya lo averiguaría. Miró hacia el horizonte y allí estaban aquellas moles ciclópeas y amorfas entre cuyos muros se guardaba el mayor de los Misterios no revelado todavía.
En ese instante supo que todo aquello era el comienzo. Que su universo había muerto y ella, elegida por el Poder Supremo, era una ciudadana más de aquella renovada existencia. ¿Qué otra cosa podía hacer más que habituarse a ella? Notó una suave brisa que parecía darle la bienvenida y Allison Creed, buscando su destino, comenzó a moverse hacia las oscuras torres de La Ciudad Sin Luz mientras, desde las alturas celestes, era atentamente observada.

Kharvatos

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