* EL LADRÓN (por Tyndalos)

e vi tan solo un instante. Fue como una ráfaga tenue de luz. Una especie de vahído luminoso, una nada que duró una simple fracción de segundo. Desde entonces no pude quitármelo de la cabeza.

Había salido al jardín a tomar un poco de aire. Necesitaba respirar. Quizás la tensión nerviosa se había apoderado de mí, pero es un hecho que lo vi. Era una noche clara. La serenidad propia de una escena griega, bajo la luna llena y gigante de verano. Las luciérnagas arrojaban su luz a los flancos del camino. El busto de una Venus, la estatua de un Cupido, todo ello relumbraba como el mármol de los primeros días, cuando la Tierra vivía su edad dorada. Y no se sentía el más mínimo ruido. Nada. Pero fue mirar hacia las hortensias donde ella había muerto, en aquel rincón tierno de mil tardes de amor y risas, y le vi: allí mismo donde lo vi. Y no puedo decir que era la sombra, el fantasma de ella. Eso es lo peor de todo. Hubiera sido lo más bello y placentero: reencontrarme con ella aun después de muerta. Pero no era ella. La sombra fugitiva, y el halo de luz no menos fugaz que la precedió, era de otro ser. No puede haber un Dios, si es que permite esto. Porque lo que yo vi era el rostro de un ladrón, de un espectro inhumano que había cruzado un maldito umbral. Había venido a burlarse de mí, y de mis sentimientos. Había viajado al mundo de los vivos para volverme loco. Sus ojos de fuego se clavaron en los míos. Eran los ojos del mismísimo Satán. Él era el Mal. Me vino la imagen de ella, y sentí en el corazón cómo “él” se reía. Sí, se reía a carcajadas. Cada espasmo me laceraba el alma. Nunca dejaré de sentir esas risas. Nunca dejé de verle furtivamente en cada esquina, en cada lugar oscuro y sórdido en que mis pies me colocaron en la vida. Solo o en compañía, única y exclusivamente visto por mí, ese monstruo habría de acompañarme siempre. En sueños y en vigilia.

Y ahora lo sé muy bien. “Él” me la robó.

Tyndalos

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