* EL HEDOR QUE EXPELE LA MUERTE (por El Duque Albino)

Nosotros, obreros de San Petersburgo, con nuestras mujeres y niños, con nuestros padres, ancianos y desvalidos, hemos venido a ti, nuestro gobernante, en busca de protección y justicia”

                                                                                                                       Georguej Gapon

 

porreé numerosas puertas hasta que un joven obrero ruso, llamado Nikita Ilich Ulianov, tuvo la cortesía de ofrecerme el amparo del fuego y un techo herrumbroso bajo el cual poder cobijarme.

Ya me había hecho a la idea de que esa noche —tras interminables semanas durmiendo a la intemperie— la pasaría al calor del fuego, cuando, de pronto, atisbé la consternación reflejada en la expresión de un rostro vuelto hacia mí. Entonces, no me cupo la menor duda. Pensé que mi anfitrión había cambiado de opinión, respecto a la conveniencia de alojar a un extraño en su casa. ¿Qué otra cosa podía ser, si no?

Amparándome en conclusiones gestadas desde la pura hipótesis, me planteé cuán despiadada podía ser mi reacción, en caso de que se me negara cobijo. Aunque en tiempos pretéritos había alardeado de mantener un control absoluto sobre mis instintos, ahora no estaba tan seguro de poder calmar mi ira, si se desatara.

Era una sensación rara. Nunca antes me había preocupado la posibilidad de que la emoción pudiese nublar alguna vez mi buen juicio. Pensaba que era capaz de apaciguar mi ira, siempre que así lo desease. Todos mis actos habían estado regidos por la cordura. Sólo así, podía ocultar mi verdadera naturaleza de ojos curiosos.

Pero eso fue antes de partir desde Moscú, rumbo a San Petersburgo, donde ahora me hallaba. Porque, durante mi infernal travesía, algo cambió dentro de mí, algo casi imperceptible, pero que alcanzó su cenit en una loma nevada, envuelta por una gélida ventisca.

Sí, después de lo ocurrido, desconfiaba de mí, pues no me sentía señor de mis propias emociones. Y por lo tanto, tampoco de los actos derivados de éstas. En lo más hondo de mi ser, podía percibir la vehemencia, dormitando, regurgitando... Estaba convencido de que pronto, muy pronto, saldría a la superficie, rasgando el finísimo velo del raciocinio, y mi conciencia se apagaría como una vela sin oxígeno.

Nadie podía vivir siglos enteros sin que la locura brotase.

Un segundo insignificante bastó para que erigiese un bastión en los desoladores dominios de la reflexión y, ya en su cúspide, me enfrascara en todas aquellas elucubraciones.... Y otro más, sirvió para que mi furia contenida se tornara extrema ternura. La causa, unas palabras dichas en voz alta que, tal era mi abstracción, confundí con un susurro:

Está noche no podré ofrecerte nada que comer. No porque no quiera, sino porque no tengo. Ni para ti, ni para mí. Ninguno de los dos comerá; al menos, hasta mañana. Ambos tendremos que pasar la noche en ayunas. Creí haber guardado un mendrugo de pan por alguna parte, pero ahora soy incapaz de recodar dónde. Probablemente, me lo comí, y no me di cuenta de ello. Lo siento. En caso de que lo encuentre, cosa bastante improbable, lo compartiremos. De eso no te quepa la menor duda. Sí hay pan, lo habrá para los dos. Aunque, seguramente, si eso es así; es decir, si lo encontramos, será como masticar una piedra, pues hace días que lo guardaba.

No hice mención alguna, mas sus palabras, cargadas de sincera preocupación, decían mucho a favor de la buena voluntad de mi joven anfitrión. Y más, en un período donde la hambruna se extendía por todo el país.

 

El viaje había sido de una extrema dureza. No por el frío siberiano, o el viento huracanado, ni siquiera por la lluvia torrencial que me acompañó durante todo el trayecto, sino por la sed de sangre que me revolvió las tripas y me obligó a hacer un alto en el camino, para paliarla.

En lo alto de una loma nevada, a unos quinientos metros de mi posición, avisté un cervatillo, solo y desvalido. Nunca antes había arrebatado la vida con las manos desnudas, para procurarme mi sustento. Pero pudo más en mí, el instinto animal que toda una vida constreñida por el protocolo.

Sintiéndome más parejo a una bestia salvaje que a un hombre civilizado, emprendí la carrera en busca de mi presa. En segundos, estuve a su altura. El cervatillo se quedó paralizado, mientras yo saltaba sobre él y lo abatía con la virulencia de un depredador experimentado. Nuestros cuerpos cayeron, pesadamente, sobre un colchón de nieve. Sin dejar que hiciese si quiera ademán de incorporarse, situé mi cuerpo encima del suyo y rodeé con mis brazos su cuello, mientras con las piernas inmovilizaba sus cuartos traseros.

Comencé a ejercer presión sobre mi presa, arqueando mi cuerpo hacia atrás. Ofreció algo de resistencia, pero pronto dejó de forcejear. El cervatillo sacó un palmo de lengua y empezó a jadear angustiosamente. Debido a que el viento estaba a mi favor, pude oler la pestilencia que desprendía su aliento.

Nunca antes me había atrevido a mirar directamente a los ojos de la muerte. Pero esta vez, era distinto. Necesitaba ver como se extinguía, poco a poco, el fulgor de la retina, como se dilataban las pupilas, como el globo ocular se movía, espasmódicamente, como si quisiera saltarmás allá de las órbitas, como...

El cervatillo tardó una eternidad en morir. Me sorprendió oír el chasquido de su espinazo, antes de que exhalara el último estertor salido de sus pulmones. Pero no había tiempo para titubeos. Pronto, su sangre estaría tan fría como comenzaba a estarlo su cuerpo.

Acerqué mi boca a su cuello, separé los labios entre sí, lo suficiente como para permitir que mis colmillos perforasen la piel, y le hice dos pequeñas incisiones. Noté el calor y la viscosidad del plasma que se derramaba sobre mi lengua. El ansía me hizo mordisquear la piel, hasta unir las dos pequeñas heridas en una mucho mayor. Percibí como mi temperatura corporal aumentaba, a medida que mi corazón muerto bombeaba sangre ajena.

De repente, algo estalló en lo más hondo de mi ser, y mi conciencia se desvaneció en un fogonazo de luz blanca.

Nunca antes —ni en vida ni en muerte—, había experimentado nada remotamente parecido. Vagué sin rumbo por un océano de percepciones. Luego creí que por fin el mundo se esbozaba a mí alrededor, pero me equivoqué, pues no podía ser que arriba fuera abajo y que izquierda fuera derecha y que lejos fuera cerca y cerca fuera lejos...

Inmerso en mi particular delirio, transcendí más allá de mi prisión corpórea y pude contemplar mi sadismo desde mil perspectivas distintas. Era como si contemplara mi acción depredadora a través de los ojos de un insecto. Por un momento, incluso creí ser uno con el cosmos.

Pasó un tiempo indeterminado, no sabría precisar cuánto, y de nuevo sentí el frío invernal. Miré un buen rato sin ver. No sabía si tenía, o no, los ojos abiertos. La conciencia emborronó el paisaje psicodélico, con sucias tonalidades color ceniza, y trajo, de la nada, una realidad de parajes yermos y nevados.

Repentinamente, me sobrevino una terrible sensación de malestar. La debilidad, el martilleo en las sienes y las nauseas me impedían siquiera plantearme la posibilidad de incorporarme. Debido a lo cual, me limité a girar, como buenamente pude, y me puse boca arriba, recostado sobre el costado de mi presa —parcialmente enterrado por la nieve—.

Mientras jadeaba ruidosamente y clavaba mis ojos en los nubarrones que me negaban el firmamento, deseé dar rienda suelta a mi salvajismo. Proferir el más brutal de los aullidos.

Mas fui incapaz de hacer tal cosa. Algún mecanismo interno, me lo impidió. Era como si, inconscientemente, hubiese activado un dispositivo de seguridad, el cual me impidiese seccionar el cordón umbilical que me unía con lo que una vez fui. Podía estirarlo, retorcerlo si quería, pero nunca romperlo.

Quizá todavía necesitase de la compañía, de la conversación o del amor de los hombres. Esperaba que no, pero cabía la posibilidad de que sí.

 

Tras despojarme de mi ropa empapada y vestirme con la ropa seca y raída que me ofreció mi anfitrión, acepté su invitación silenciosa, y me senté junto a él, frente al fuego que chisporroteaba en la oquedad de una pequeña chimenea.

Sin forzar la situación, comenzó a surgir una amena y distendida charla. La conversación versó, principalmente, acerca de las miserias que había traído consigo la guerra contra Japón.

Me sorprendió que no tratara de saber más de mí y, a un tiempo, me agradó que respetara mi intimidad. Detestaba la malsana curiosidad que poseen la mayoría de los humanos, ésa que les induce a querer saberlo todo de la otra persona, sin que medie entre ellos complicidad alguna.

A los pocos minutos, sin que él pareciera percatarse de ello, fui prolongando mis silencios. Prefería escucharle, antes que hacer notar mi punto de vista. Su manera de exponer ideas, de argumentarlas… me cautivaba.

Ulianov estaba convencido de que delimitar el poder personal del zar, mediante una carta otorgada, sería el primer paso para impulsar todo un paquete de medidas, la cuales ayudasen a sanear la maltrecha economía del país. También me habló de la marcha pacífica, organizada por el pope Georguej Gapon, que se dirigiría hacia el Palacio de Invierno, con el propósito de que el zar abriese los ojos, y viese, por sí mismo —sin la intoxicación de los burócratas— que su pueblo se moría de hambre.

Si el zar no daba su brazo a torcer, entonces, afirmó tajante, sí que habría que obligarlo a abdicar. Pues tal como estaban las cosas, tarde o temprano, si no se tomaban medidas, estallaría una insurrección violenta, que se extendería por todo el país. Y eso, concluyó, sería un desastre para todos.

Mientras hablaba, enfatizaba sus palabras con gestos, y caminaba de un lado a otro, como si se hallase frente a un auditorio; lleno por un público al que se hubiese propuesto convencer de que sus ideas eran las más coherentes, dada la precaria situación socio-económica del país.

Desbordaba carisma. Su discurso podía pecar de falta de contenido, o de una excesiva simplicidad, pero la manera de exponerlo resultaba arrolladora; mucho más propia de un líder político, que de un joven obrero; como era el caso.

Sus palabras estaban cargadas de verdad. No porque lo fueran —que podían muy bien no serlo—, sino porque creía a pies juntillas todo lo que decía. Era un idealista.

Me dio pena pensar que sería de él, cuando tomara conciencia de que la realidad corrompe todo lo que toca; incluso las ideas.

Nikita calló, e interrumpió abruptamente su discurso, al mismo tiempo que me indicaba, con la mano izquierda, que le diera un momento, mientras se encaminaba hacía un rincón, y rescataba un mendrugo de pan de un pequeño cesto de mimbre. A continuación, me miró, como si quisiera dejar constancia de su estupidez. Luego se sentó a mi vera y, como buen anfitrión —y a pesar de que el hambre se perfilaba en su hermoso rostro—, quiso compartirlo conmigo.

Obviamente, decliné la invitación, procurando no parecer descortés. Entonces, como si supiese más de lo que daba a entender, comenzó a comerse el mendrugo de pan, y no trató de forzarme a comer.

 

Se hizo un silencio nada desagradable, aunque se respiraba una tremenda tensión en el ambiente. Pero dicha tensión no era fruto de la incomodidad. Más bien parecía los instantes previos antes de que uno de los dos se atreviera a tocar al otro.

Sus grandes ojos verdes iban del pan que aún sostenía entre sus manos, a mí; y de mí, al pan. Cuando nuestras miradas se encontraban, yo mantenía los ojos fijos en los del él, pues sentía que estaba demasiado cohibido para hacer algo, aunque lo deseara profundamente. Así que decidí tomar las riendas y acerqué mis labios a los suyos; y luego todo ocurrió de una manera natural.

Esa noche no hice el amor con otro hombre, hice el amor con él.

 

Llegamos casi de los primeros al punto de reunión y, un par de horas después, se inició la marcha pacífica, encabezada por el pope Gorguee Gapon. Entre la multitud podían observarse numerosos retratos e iconos de zar. Durante el trayecto no se registraron incidentes, pero flotaba en el ambiente una calma tensa, que amenazaba con reventar al menor conato de enfrentamiento.

Sin previo aviso, las tropas del zar comenzaron a disparar indiscriminadamente contra la multitud agolpada a las puertas del Palacio de Invierno. Muchos manifestantes dudaron, y fueron acribillados a quemarropa por las primeras ráfagas de balas. Otros fueron derribados por la espalda mientras huían.

Nikita y yo fuimos de los primeros en reaccionar, y pudimos salvar nuestras vidas escondiéndonos en un callejón cercano.

Permanecimos en silencio, acurrucados en un rincón, hombro con hombro. El tiempo pasaba y nadie venía a nuestro encuentro. Aún así, esperamos. Yo no podía evitar temer por la vida de Nikita. Estaba convencido de que ese 9 de enero de 1905 sería recordado como un domingo sangriento. Pues el estallido de violencia, sin duda, era el foco invisible que me había hecho venir.

Siempre ocurría igual. Era normal que, si yo me desplazaba a una ciudad, ésta se viese desbordada por la sangre o consumida por la enfermedad. No sabía cómo, pero así era.

El hedor a podredumbre parecía guiar mis pasos.

Mientras las calles de San Petersburgo se convertían en testigos mudos de una sangrienta masacre, nosotros podíamos distinguir perfectamente el silbido de las balas volando por encima de las cabezas, el sonido de la hoja de los sables al romper el aire, el ruido de la carne al ser perforada, o cortada, por los filos; las pisadas de gente corriendo, como pollos sin cabezas; y sobretodo, el alarido histérico, resultante de la suma de los chillidos de los hombres, mujeres, niños y ancianos que eran asesinados o mutilados por las tropas del zar.

A mí no me afectó demasiado, pues estaba bastante acostumbrado a contemplar la barbarie humana. Pero se me salía el corazón por la boca, viendo como a mi adorable Nikita se le desencajaba el gesto y sus ojos miraban, incrédulos, el espectáculos que estaba teniendo lugar a sólo unos metros de donde nos resguardábamos.

Parecía estar al borde de sufrir una crisis o un colapso nervioso. Debía de ser muy difícil para él aceptar lo que estaba sucediendo. Habían acudido para reclamar misericordia, y les soltaban a los perros. Su tabla de valores tenía que estar resquebrajándose, y su idealismo, muriendo a marchas forzadas.

Decidí sacarlo de ahí, fuera como fuese. El único modo de hacerlo, sin darse de bruces con la masacre, era yendo por los tejados. Rápidamente, comenzamos nuestra sibilina huída.

No encontramos a nadie que nos diese problemas, pero tuvimos que encaramarnos por tuberías, saltar estrechos muros y correr por encima de resbaladizas tejas. Más de una vez, Nikita estuvo a punto de caer.

Si no hubiera sido por mis capacidades sobrehumanas, probablemente él hubiese muerto descalabrado en una de ésas.

No era fácil moverse por los tejados en pleno mes de enero.

 

Después de que se cerrara la puerta de su casa tras nosotros, creí que Nikita se encontraba por fin a salvo. Mas, cuando vi sus ojos, me di cuenta de que no había logrado salvarle.

Le había advertido de que no mirase nunca abajo, a pesar de los gritos. Pero él, en algún momento, debió hacerlo. Debió observar el horror. Mirar directamente a los ojos de la muerte. Y eso, le hizo añicos el alma.

Nikita, incapaz de contener el llanto, reventó, y rompió a llorar. Yo traté de calmar su dolor y lo rodeé con mis brazos. Pero sabía que no serviría de nada. El pánico había matado su esperanza.

Lo abracé durante horas, antes de que él murmurase entre sollozos... Muérdeme...Retiré mi cabeza de su hombro y, asiéndole por la barbilla, levanté la suya, como si quisiera hallar una explicación... No deseo vivir en un mundo donde ocurren estas cosas...Sabía que yo era un vampiro... Te lo suplico... No podía hacerlo, no podía condenarlo a ser lo que yo era, por más que desease tenerle eternamente a mi lado... Sólo quiero desaparecer, evaporarme... Él alzo lo ojos... Repudio lo que soy, lo rechazo como la peste... Al contemplar la desesperación y la tortura escritasalvajemente en su gesto crispado... Muérdeme, muérdeme, muérdeme... tomé una decisión.

Con sumo cuidado, posé la palma de mis manos en la zona occipital de su cabeza y arrimé su rostro al mío. Nuestras mejillas se tocaron, y sentí el frío tacto de la muerte en un cuerpo vivo. No, ya no había esperanza.

El trató de decir algo, pero le interrumpí, y le dije que callara, mientras me llevaba el índice a la boca....Calla, por favor, amor mío, calla... Retiré los mechones de pelo de su frente, con el dorso de mi mano, y seguí hablando en susurros, pues la voz no me salía con suficiente fuerza...Te amo, ¿entiendes lo que te digo?.... Mis labios se posaron sobre los suyos, temblorosos... Te amo más de lo que puedas llegar a imagina, mi hermoso Nikita... Recorrí el mapa de su cara, besando cada fibra de su ser... Te amo, te amo, te amo...Acurruqué su cabeza contra mi pecho... Perdóname, amor...Las venas de mis manos se hincharon bajo la piel, como consecuencia de la presión ejercida... lo siento tantísimo...

Mientras mis labios besaban apasionadamente los de Nikita, brotó un vómito de sangre de su boca, y oí un crujido, idéntico al del espinazo del cervatillo al romperse.

 

El Duque Albino

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