* EL ENCUENTRO (por Tyndalos)

yer descubrí al hombre del armario.

Vivo en una cómoda casa, no muy lejos de la ciudad. No hay mucha animación aquí. Mis vecinos son honrados aldeanos que se dedican a ver pasar el tiempo, trabajar sus campos y cobrar ciertas rentas. Apenas viajo a la urbe si no es para realizar alguna compra. Yo también me considero un hombre honrado y pacífico. Mi vida conoce tantos sobresaltos como la existencia lenta de una tortuga, vieja y adormecida, protegida siempre por un caparazón. Solterón y melancólico, convivo con un ama de llaves y un viejo criado achacoso. Ellos viven en la planta baja de mi vetusto caserón. Desde mi alcoba oigo el ruido de sus pasos, deambulando de aquí para allá, conversando en murmullos quedos, musicales, que se confunden con el lenguaje del viento. Así paso las horas, releyendo libros de Historia Sagrada y Teología, dormitando al calor de un viejo hogar, de lumbre mortecina, de grises cenizas que imitan el color de mis cabellos.

Pero ayer descubrí al hombre del armario.

Mis párpados ya se habían caído, intentando descifrar papiros escritos en griego. Sentí frío. El fuego se había extinguido. No habían avisado para bajar a la cena. El reloj cantaba sus campanadas de madrugada. Todo esto iba contra mis costumbres. Yo, asceta y madrugador, no comprendía lo que me había sucedido. ¿Cómo había llegado a semejante estado, cabeceando entre los Antiguos, sin probar un bocado desde el almuerzo, sin recibir atenciones por parte de nadie?

Entonces escuché al hombre. Al hombre que vivía en el armario.

Sus palabras parecían cálidas, susurrantes. Al principio le confundí con el mugido del viento, tempestuoso en el exterior. Luego, fui percibiendo sonidos familiares de gradual claridad, siempre ascendentes. Mi cuerpo fue víctima de sucesivos escalofríos. La voz provenía de algún lugar ahogado, recóndito, pero a la vez próximo… Agobiado por la gota, con dolores intensos y un terror pánico, me acerqué a las vitrinas. Aristóteles y Santo Tomás reposaban tranquilos frente a mí, con la modorra de los siglos, en estantes cargados de polvo. Y nada. La calma enmudecida en la biblioteca de un filósofo: libros y estantes ahogados por el cristal. Pero la voz surgía de allí, flotando entre el viejo roble, arañando cual termita el poco espacio liberado. Avanzando entre conductos sinuosos y restringidos. Era la voz de un hombre que se dirigía a mí en persona. Y sus palabras, que hoy no recuerdo, llegaron hasta mis oídos. Quise gritar, pero mis criados parecían ausentes, o acaso era yo el que entonces estaba muy lejos…. Abrí al azar una de las puertas. Como un enloquecido, giré las llaves de las cerraduras. Y los secretos que allí guardaba desde tiempos mozos se desnudaron ante mi conciencia: Uniformes y ropas de juventud, prendas de alguna amada a la que asesiné, libros prohibidos y heréticos, manos mutiladas a mis enemigos, escritos horribles, impregnados de mi repulsiva paternidad, huesos de niño, ídolos paganos esculpidos en mármol sangriento, objetos para oficios satánicos, calaveras de tumbas profanadas y misales del diablo, todo ello envuelto en mis ropajes. El infierno de mi pasado, siempre reprimido, apareció ante mis ojos. ¿Y si el ama abría la puerta sin previo aviso? ¿Qué desenlace fatal a mi vida no habría de suceder? Si alguien me sorprendiera con semejante colección de atrocidades, me volvería loco para siempre….

Nada me importaba. Busqué entre los despojos de mi pasado. Mi alma, condenada para siempre, había roto sus últimos diques para arrojar, desaforada, mis maldades y miserias. Yo, el erudito, con fama de santurrón, el buscador de la Belleza y la Virtud, había ofendido a Dios con ominosas prácticas. El desdoblamiento de mi Yo tuvo su fatal consumación. En mi cuerpo flotaban dos espíritus contrapuestos y ayer me encontré con el más maléfico de ambos.

Entonces me habló el hombre del armario.

El hombre tenía un aspecto vagamente familiar…Diría que él era la versión inmunda de mi Yo, una especie de copia o imagen especular que debía contener todos mis contrarios. Él dijo ser la refutación de todos mis proyectos de vida, de todos mis valores e ideales, el agente destructor de mis anhelos y teorías. El hombre dijo ser la encarnación del fracaso, la derrota de la virtud, el olvido de toda sabiduría. Él me habló. Y sus palabras, más que sus objetos, me ofendieron con punzadas continuas, lacerantes…El hombre que vivía en el armario, escudado también por los castillos del inconsciente, había sido liberado; ahora me juzgaba. Y hoy, todos mis crímenes y pecados regresan desde el pasado en forma de gritos de alienado, en forma de horrible locura.

Antes de perder totalmente el juicio, despedí a mis criados con un dinero y un último escrito, el que tenéis ahora entre manos. Mis dos almas se han encontrado para consumirse en el fuego de ésta casa maldita, como antesala de las hogueras que nos aguardan en el más allá.

 

Tyndalos.

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