* DIGNIDAD (por Tyndalos)

o les tengo miedo. Miedo es una palabra demasiado estrecha para expresarlo. Les tengo asco, pavor, odio. Es todo un conjunto de emociones el que me predispone contra ellos. Emociones muy negativas, que me atenazan, me impiden por completo ser yo misma.

 

Vinieron hace unos meses. Al principio todo iba bien. Eran correctos, iban a lo suyo. Luego comenzó a apreciarse esa oscura obsesión suya por las tumbas.

 

Sí, obsesión.

 

Eran necrófagos. Al parecer, las autoridades trataron de dialogar con ellos. Les rogaron que dejaran de rondar los cementerios. Se les dijo que aquí, en general, respetábamos los cadáveres. Pero nada, ellos eran parte de una forma de vida que allá, a miles de años luz, acostumbraba a sobrevivir por medio de tan lúgubres prácticas.

 

Los humanos habíamos arrojado la toalla hacía mucho tiempo. Ya el error de partida consistió en dejarles un hueco en nuestro infestado planeta. Hace tiempo que carecemos de dignidad. Más de la mitad de la población de nuestra especie vive reducida a la esclavitud o dedicada a la prostitución. Otra cuarta parte, se cría en inmensas Plataformas de Engorde con el fin de suministrar órganos para trasplantes, hormonas vigorizantes, cosméticos de lujo… Nadie opuso resistencia a la venida de los necrófagos. Los cementerios eran, desde hacía un tiempo, hediondos campos de nichos reventados, de tumbas abiertas.

 

Pero debió darse en ellos, los forasteros, una mutación. Corrían rumores de que ya asaltaban a los vivos. Yo misma lo pude comprobar cuando me evadí del Campo de Reclutamiento de Concubinas (CRC). Los esbirros me perseguían con sus mastines cuando yo, de improviso, me metí en las ruinas del viejo cementerio. Ellos, los necrófagos, se dedicaban a comer humanos a los que retenían con sus largas pinzas y unas extrañas armas que nunca había visto en ellos. Uno de ellos giró sobre su caparazón y me vio. Unos ojos golosos me atravesaron el cuerpo.

 

Yo corrí, y corrí con todas mis fuerzas. Detrás venían los mastines y ahora, en esta otra dirección, un monstruo gigantesco quería devorarme.

 

Seguí corriendo hasta que crucé el Límite. Era este un paraje desolado al que no nos estaba permitido acceder bajo peligro de muerte.

 

Ahora sabía el por qué.

 

Sus naves, en número impresionante, aguardaban para alguna invasión definitiva de la Tierra en una proporción mucho mayor de lo que hasta ahora habíamos imaginado. Era la cabeza de puente de esa invasión a gran escala. Y columnas inmensas de soldados dotados de pinzas y enormes probóscides se disponían ya a aniquilar una raza tan inmunda como esta.

 

Era una invasión planeada, y con el consentimiento de los nuestros. Me dejé caer en el suelo arenoso, rendida y sin aliento. Varios insectos escalaron sobre mi piel. Deseé entonces ser tan digna y libre como ellos.

 

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A muchos nos llevan hacia sus naves. Debemos servirles…incluso como alimento.

 

Tyndalos

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