* DEMASIADO TARDE (por Tyndalos)

ra una ocasión perfecta para dar fin a toda la historia. Allí, en medio del bosque. Era la tarde de septiembre ideal para mi gusto. La lluvia, el frío viento que barría todos los recuerdos del verano. No había nadie por allí. Hasta las ardillas y los pájaros se habían largado. Todo era hojarasca seca y barro en los senderos. Los altos robles se inclinaban, azotados por el vendaval. La casa de los pastores, en ruinas, solo era un montículo de piedra en la lejanía. Las huellas me conducían a ella. Eran sus pisadas enormes. La hilera me llevó hasta el claro que otras veces habíamos frecuentado, allá en el pasado, cuando éramos jóvenes y yo le enseñaba el mundo. Un mundo de hombres y de seres naturales, un mundo transfigurado en misterio.

 

Pero el verdadero misterio estaba por llegar. Aguardaba detrás de cualquier tronco, detrás de la rama más insignificante. Era el misterio de por qué hay vida todavía en la Tierra, y de por qué los dioses antiguos la habían respetado. Ella debía tener la respuesta.

 

Los gemidos salvajes de su garganta me pusieron de nuevo sobre el acecho. En efecto allí, en nuestro viejo claro del bosque. Una figura encorvada y negra se arremolinaba en el suelo. Maldecía y aullaba. Nada de humano se mostraba en su figura, apenas una bolsa de huesos y músculos mal guardados bajo harapos mojados. Y su fino olfato condujo sus ojos hacia mí. Unos ojos negros, grandes, unos ojos que se mostraron inflamados por la cólera, unos ojos que te podían atravesar el alma, se fijaron en mí. Un día la había amado. Un día quise con ternura esos ojos cuando eran humanos…

 

Vete.

 

Al darme su orden se contenía. Era evidente que ya no disponía de fuerzas para matarme. De sus pechos manaba sangre y cientos de culebras y sanguijuelas acudían al festín. En las piernas desnudas pude ver una especie de placas o escamas, que en medio de la oscuridad más bien semejaban ser pústulas de un animal infectado. Se transformaba. Por momentos su aspecto humano se desvanecía y la forma de un enorme lagarto o insecto acorazado se hacía más y más evidente.

 

Les he llamado. Es el fin de vuestra raza.

 

Nunca fue humana, lo sé. Quise engañarme, quise redimirla. Nunca vino a este mundo con otro propósito distinto: destruirnos. Y pensar que yo he sido su juguete…

 

Pero habíamos hecho el amor. Quizá mi semilla podría dar lugar a…

 

Te leo el pensamiento. La descendencia ya se ha desarrollado.

 

-- ¿Dónde están, por Dios? ¿Dónde?

 

Ella miró hacia los arbustos cercanos, y de ellos salieron los híbridos. Primero dos, detrás cuatro o cinco. Eran una turba de seres sauriformes que venían hacia mí. Había matado a la madre, pero aquella horrible progenie se iba a desparramar por el mundo. Yo introduje la semilla del mal en la tierra, y debía pagar por ello.

 

Sin fe ninguna en mi arma, casi por automatismo, descargué sobre ellos el tambor entero de mi revólver. Los disparos sonaron huecos en medio de las ráfagas del viento, bajo una lluvia sucia, mezclada con el lodo. Ellos avanzaron sin retroceder ante los impactos. Las vísceras colgaban de su torso, y una sangre azulada brotaba de ellos para mezclarse con los charcos.

 

Tus hijos requieren de ti. Tu les has de dar su substancia. El mundo entero ya es sustancia para ellos.

 

Yo le dije que la había amado de veras. Quise convencerla en aquel último momento: si le había dado muerte fue por un prejuicio, un absurdo prejuicio humano, demasiado humano. Salvar a la especie. Salvar al planeta.

 

Demasiado tarde. Ahora nos perteneces.

 

Tyndalos

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